¿Es menos Iglesia la formada por comunidades que carecen de ministros ordenados?
Un aspecto fundamental para comprender el clericalismo es la identidad teológica del llamado ministerio ordenado, configurada a lo largo de los siglos desde su inexistencia… Veamos cómo abordar el tema desde la raíz y, sin andarnos con rodeos, planteémonos algunas preguntas cruciales
Un aspecto fundamental para comprender el clericalismo es la identidad teológica del llamadoministerio ordenado. Una identidad teológica que se ha ido configurando a lo largo de los siglos. No existía en los primeros siglos, ya que el clero ni siquiera existía en las primeras comunidades cristianas. Fue el clericalismo el que modificó el papel del presbítero y del obispo, pasando de ser ministerios carismáticos-laicales a ministerios institucionales-clericales. Posteriormente, a través de un proceso (denominado proceso de sacerdotalización), que duró varios siglos, se llegó a una sistematización doctrinal de la identidad de los ministerios del presbítero y del obispo. Y el resultado es lo que hoy llamamos ministerio ordenado. Veamos, pues, cómo abordar el tema desde la raíz y, sin andarnos con rodeos, planteémonos algunas preguntas cruciales.
En la concepción católica del llamado sacerdocio ordenado subsiste una concepción ontológica según la cual el sacramento del orden confiere un «plus» queinviste a los candidatos de un poder espiritual particular. Me pregunto cómo se relaciona, desde esta perspectiva, la gracia «bautismal» con la gracia «ordenada». ¿Añaden los presbíteros y los obispos algo más a su bautismo? ¿Algo que los haga diferentes en esencia respecto a los «simples» bautizados? ¿Y cómo se puede concebir este «plus» con respecto a la dignidad y la igualdad de los bautizados, todos reyes, sacerdotes y profetas?
Allí donde no está presente el llamado sacerdocio ordenado y, por tanto, en ausencia de este poder espiritual particular, la Iglesia es menos Iglesia? ¿Era menos Iglesia la Iglesia de los orígenes, donde no existía el clero?
La vida nueva en Cristo, que es una conversión laica y existencial continua, ¿cómo se conjuga en el presbítero y en el obispo, dado que a ellos se les asigna una condición sacra, ontológicamente diferente? ¿Allí donde no está presente el llamado sacerdocio ordenado y, por tanto, en ausencia de este poder espiritual particular, la Iglesia es menos Iglesia? ¿Era menos Iglesia la Iglesia de los orígenes, donde no existía el clero? ¿Es menos Iglesia la Iglesia formada por aquellas comunidades que carecen de ministros ordenados? ¿Son menos Iglesias las comunidades de ámbito protestante que no tienen ministros reconocidos por las cúpulas institucionales de la Iglesia católica? ¿Es posible obtener respuestas no autorreferenciales a las preguntas anteriores? ¿O debemos resignarnos al hecho de que el clero tiene «esa» identidad porque es el mismo clero quien lo afirma?
La exégesis y la teología modernas han aportado respuestas importantes a las preguntas anteriores, pero el magisterio clericalista se resiste a asimilar dichas respuestas. Mientras tanto, la situación, a falta de las reformas necesarias, acumula cada vez más retraso y el proceso de desclericalización avanza muy lentamente, frenado por la resistencia del frente conservador.
Los años pasan inexorables y los nudos siguen sin resolverse
La lentitud de la Iglesia jerárquica ya ha causado enormes daños, dado que el clericalismo sigue produciendo diversos abusos que minan la credibilidad de la Iglesia. Se ha producido cierta aceleración con Francisco, pero con León parece que se ha vuelto a caer en una cierta inercia. Digo «parece» porque ha pasado poco tiempo para poder expresar una valoración más completa. Pero la impresión es que León no tiene el coraje profético de su predecesor. Parece andar con pies de plomo.
Los años pasan inexorables y los nudos siguen sin resolverse. Uno de estos nudos, como decía antes, es la reformulación doctrinal del llamado sacerdocio ordenado. Muchos consideran que la solución radical al problema del clericalismo reside en la redefinición de la identidad de los ministros ordenados. Pero sabemos bien cuánta vacilación (y cuánta adversidad) presenta cualquier reforma doctrinal. Sin embargo, es un nudo que necesita ser deshecho. También con la contribución de los laicos y las laicas.
La personalidad de los fieles ya no puede ser aniquilada y la gracia bautismal ya no puede ser menospreciada ni subestimada
La autoridad doctrinal de los fieles no puede quedar confinada en el limbo de las buenas palabras, sino que debe traducirse en actos y gestos concretos. La personalidad de los fieles ya no puede ser aniquilada y la gracia bautismal ya no puede ser menospreciada ni subestimada (véase la Carta al Pueblo de Dios del papa Francisco).