Jueves Santo: un día clave
"En el Jueves Santo, Jesús transforma la traición en don. El amor convierte la crisis de confianza, la herida del pecado, en ocasión para la gratuidad y salvación para todos. Por eso, los discípulos de Cristo acogiendo su gracia, un amor desmesurado e inmerecido, estamos llamados a abrazar a quienes el mundo considera impuros o descartados y a reunirlos en el Reino"
La noche previa a su pasión, Jesús vivió el momento más crítico de su vida, pero la manera como lo afrontó fue una auténtica lección de esperanza. No una esperanza ingenua ni evasiva, sino una esperanza arraigada en el amor, en la confianza y en la entrega total.
Con Jesús hemos aprendido que los seres humanos solo podemos florecer atravesando crisis sucesivas. No crecemos como crecen las plantas, desplegando sin más su plenitud vegetal. Maduramos pasando por pequeñas muertes y resurrecciones. Hacerse humano no es otra cosa que una crisis tras otra, a medida que abrimos paso a una intimidad cada vez más profunda con Dios y entre nosotros.
También nuestro tiempo está atravesado por grandes crisis. Crisis sociales que empujan a muchas personas a la exclusión; crisis globales marcadas por guerras prolongadas, migraciones forzadas, desigualdades sangrantes y una grave herida ecológica; y crisis eclesiales que nos confrontan con nuestra fragilidad, con pecados que avergüenzan y con el cansancio de comunidades que a veces se sienten pequeñas o desorientadas. Todo ello puede generar miedo, repliegue o resignación. Pero la fe nos invita a una lectura más profunda.
La historia de la salvación es una bendita sucesión de crisis: la expulsión del Edén, el asesinato de Abel, el diluvio, la torre de Babel, la llamada de Abraham dejando su tierra, la esclavitud en Egipto. La Tierra Prometida es dada y arrebatada, el reino cae, el Templo es destruido y el pueblo vuelve al exilio. Sin embargo, cada una de estas crisis supuso un ahondamiento en la intimidad de Israel con Dios. Israel iba perdiendo imágenes de Dios para descubrirlo cada vez más en lo hondo del corazón.
La crisis culminante acontece la noche anterior a la muerte de Jesús, el Jueves Santo. No fue simplemente el final injusto de un hombre bueno, sino la crisis última en la relación entre Dios y la humanidad. Dios se había encarnado, había venido a abrazarnos con su vida y su amor… y nosotros dijimos “no”.
Todos atravesamos momentos en los que nos preguntamos si nuestra vida tiene sentido, cuando el amor fracasa, el trabajo decepciona, la enfermedad irrumpe o la muerte nos visita. En esos momentos, el mundo parece hacerse añicos.
La Última Cena parecía el hundimiento no solo del mundo de una persona concreta, sino de todo sentido posible. Y, sin embargo, en ese instante aparentemente desesperado, Jesús pronunció unas palabras y realizó un gesto decisivo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros».
¿Cómo podía hablar de don cuando acababa de ser vendido? ¿Cómo anunciar una alianza nueva cuando la comunidad se estaba desmoronando? Las palabras de Jesús estaban cargadas de esperanza porque apuntaban al contexto en el que cobrarían pleno sentido: el Domingo de Pascua. Apuntaban a la victoria. Así, la muerte de Jesús se convierte en revelación de la santidad de Dios, fuente de toda vida. Pero Jesús nos enseñó aún más: lavó los pies a todos, incluso sabiendo que sería abandonado. Desafió toda forma de violencia y encarnó una nueva manera de ser comunidad, donde nadie es excluido.
Jesús nos enseñó aún más: lavó los pies a todos, incluso sabiendo que sería abandonado. Desafió toda forma de violencia y encarnó una nueva manera de ser comunidad, donde nadie es excluido
En el Jueves Santo, Jesús transforma la traición en don. El amor convierte la crisis de confianza, la herida del pecado, en ocasión para la gratuidad y salvación para todos. Por eso, los discípulos de Cristo acogiendo su gracia, un amor desmesurado e inmerecido, estamos llamados a abrazar a quienes el mundo considera impuros o descartados y a reunirlos en el Reino. Nuestra esperanza se hace visible cuando reconocemos como hermanos y hermanas a quienes otros rechazan. Perdonamos y acogemos porque fuimos perdonados y acogidos. Debe haber un lugar para ellos alrededor de nuestros altares, en la hospitalidad de Cristo.
Como Jesús, en tiempos de incertidumbre podemos decir «mi cuerpo se entrega por vosotros». Mirándole a Él, nos atrevemos a confesar: si amamos, nos crucificarán; si no amamos, ya estamos muertos. ¿Nos lo creemos? En ello nos va la alegría.
Confiemos en la fuerza de la comunión con y en Cristo, no unos de espaldas a otros, sino unos junto a otros y unos para otros. Ubi caritas et amor, Deus ibi est.