León XIV: El Papa que el Perú profundo le regaló al mundo
"León XIV es la consecuencia de una vida dedicada a los más pobres en un país tan diverso, en una Lima desconectada de la realidad del interior del país, menospreciando siempre al hermano de provincia y subestimando la inteligencia de las comunidades andinas"
Ubicarnos en la real dimensión del papado de León XIV es un verdadero desafío. Superada la resaca del inolvidable ‘Habemus Papam’, es momento de preguntarnos si estamos listos para acompañarlo en su misión como Pastor de un mundo convulsionado, consumido por la cultura de la inmediatez y el horror de la guerra que arrasa con cientos de miles de inocentes. Además, está el delicado problema de la credibilidad en la Iglesia, habituada por siglos a esconder bajo la alfombra los dolorosos casos de abuso sexual, así como la obstinación de algunos sectores ultraconservadores y políticos que instrumentalizan la fe para socavar nuestras endebles instituciones democrática, que, aún frágiles y defectuosas, continúan resistiendo a la amenaza de quienes buscan perpetuarse en el poder apelando a discursos de odio.
A un año de su pontificado, León XIV va marcando su liderazgo, con pronunciamientos cada vez más enérgicos. Ya ha respondido sin titubear a la administración de Trump, empleando la mesura de un hombre sabio, prudente y audaz. La paz desarmada y desarmante que define a Robert Prevost se expresa en sus palabras y gestos, oponiéndose al “evangelio de la destrucción” que invoca lo religioso para desatar muerte y exclusión. Resulta profundamente simbólico que haya elegido desembarcar en Lampedusa este 4 de julio, recordando que la “Iglesia de frontera” está en el centro de los problemas, denunciando con voz profética las políticas agresivas de migración.
¿De dónde sacó toda esta fuerza? ¿Quién lo ayudó a forjar las bases de su ministerio petrino? Sin duda, la formación agustiniana moldeó su carácter y templanza, pero pienso que la principal respuesta radica en el Perú, tierra milenaria donde convergen todas las sangres, las lenguas originarias y la vastedad de la Amazonía. La identidad espiritual del Perú no se forjó por simple imposición, sino mediante un encuentro de inculturación profunda y compleja que dio luz a una fe con rostro propio. Fue Toribio de Mogrovejo el misionero que se enfrentó a la Corona española para defender la dignidad y los derechos de los indígenas; fue un esclavo angoleño quien pintó el muro del Señor de los Milagros; fue Martín de Porres, primer santo mulato de América, quien encarnó la caridad extrema. Todo este mestizaje de culturas y rostros nos ha traído a este momento de la historia para devolverle al mundo, de esta “tierra ensantada”, al peruano más ilustre.
Aquel 8 de mayo de 2025, cuando el cardenal protodiácono, Dominique Mamberti, anunció el nombre de Robert Prevost, un gran desconcierto se sintió en la Plaza de San Pedro. “Robert, ¿qué?”, “¿norteamericano?” - Se miraron unos a otros. Sin embargo, del otro lado del mundo, en los márgenes del Perú, un fuerte gritó resonó en todo el territorio, porque el “pequeño” misionero agustino había logrado enraizarse allí donde el Estado olvidó su rol.
Desconocido para la élite mundial, pero reconocidísimo en las periferias de Chulucanas, Chiclayo, Ventanilla o Mi Perú, resultaba que el Santo Padre había caminado entre nosotros, vio de cerca la informalidad y el caos del tráfico diario, y conoció de primera mano cómo la corrupción y la frivolidad se enquistaron en la sociedad y en la Iglesia. León XIV es la consecuencia de una vida dedicada a los más pobres en un país tan diverso, en una Lima desconectada de la realidad del interior del país, menospreciando siempre al hermano de provincia y subestimando la inteligencia de las comunidades andinas. Pero, para sorpresa nuestra, el Papa estuvo con ellos y supo reconocer que Dios habitaba en el corazón de los pueblos, en sus expresiones y en sus intuiciones más profundas. Allí está escondido, de forma misteriosa, como así de misteriosa fue la presencia de Prevost durante 40 años.
Por todo ello, es momento de ver más allá de la efusividad que despertó su elección en el Cónclave y, sobre todo, del oportunismo de quienes buscan la fotografía con el pontífice para ganar influencias, prestigio y anquilosarse en sus puestos. Conviene, también, ver más allá de lo anecdótico: que si el Papa comió aquí, que si baila cumbia o es hincha de Alianza Lima… No perdamos el horizonte. Tenemos por delante la bellísima misión de desarrollar un cristianismo maduro y crítico capaz de dialogar con el mundo secular, generando espacios que contribuyan a la gran reconciliación nacional.