La libertad de Ignacio de Loyola: el discernimiento como antídoto de la fusión cognitiva
Decimos que somos libres cuando hacemos lo que queremos realmente. Resulta fundamental aquí un proceso de discernimiento, donde distinguir entre posibilidades con razones, pero no sólo con ellas ni tampoco solos. San Ignacio de Loyola vivió en carne propia este proceso
A veces decimos que somos libres cuando hacemos lo que nos da la gana. Pero también que lo somos, y aún más, cuando hacemos lo que consideramos que queremos realmente, aunque no siempre nos acompañen las ganas. Resulta fundamental aquí un proceso de discernimiento, donde cada cual distingue entre distintas posibilidades ponderando con razones, pero no sólo con ellas ni tampoco solos. San Ignacio de Loyola vivió en carne propia este proceso, llevándolo del ejercicio de las armas sirviendo a Castilla a "servir a las almas", consagrado a las cosas de Dios como modo de vida. Un giro ligado a una conversión y a un método espiritual en los que resultan protagonistas las "mociones" o "movimientos del alma" (deseos, pensamientos, emociones). Pero trascendiendo el soliloquio, expuestos a la conversación, el acompañamiento y la toma de distancia intersubjetiva. Sin estos es más probable ver mucho menos, empobrecerse, equivocarse, autoengañarse.
El filósofo, teólogo y estudioso de los ejercicios espirituales, Juan Antonio Estrada, ha calificado a san Ignacio como "maestro de la sospecha". Y es que, al tratar de hallar el propio camino y la inspiración de Dios en la vida, no serían admisibles la ingenuidad, cualquier cosa con apariencia de bien, ni dejarse llevar por una presunta espontaneidad emocional. Detrás de ellas y de la supuesta inspiración divina pueden estar el engaño de la propia subjetividad, intereses de otros y hasta el mal.
Esto lo experimentó el propio Ignacio, ávido lector de novelas de caballerías, sabedor de que la libertad está mediada por diversos modelos de deseos, de comportamientos y opciones de vida; por el mimetismo del deseo, que diría René Girard. Lo vemos en la vida del santo relatada en su autobiografía. Convaleciente en Loyola, por la herida de cañón en Pamplona, experimenta y discrimina, más allá de satisfacciones y deleites inmediatos, los posos de desolación, sequedad y descontento interior que le deja la lectura de las gestas de los caballeros que admiraba. Y, por el contrario, los sedimentos de consolación, contento y alegría, tras leer vidas de santos que otrora pudieron resultarle indiferentes y ahora las quisiera como propias. No podemos entendernos sin nuestros contextos y bagaje social, cultural, educativo, familiar. Incluso cuando Ignacio peregrina a Nuestra Señora de Montserrat, motivado por Dios, reconoce tener aún "todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros", y hace el ritual de velar sus armas ante ella, decidiendo "dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo".
El discernimiento ignaciano podría considerarse un antídoto de la fusión cognitiva. Esta noción psicológica expresa la identificación excesiva con los propios pensamientos y emociones, asumidos como verdades incuestionables o reflejo de la realidad. Estar "fusionados" con ellos, hasta el punto de no poder mirar más que a través de ellos, incapaces de mirarlos y cuestionarlos, supone un elemento de rigidez mental y un escollo para la libertad, obstaculizando la atención a las circunstancias de la vida y nuestro movimiento entre ellas. Edgar Morin, recientemente fallecido, subrayaba una de las mayores fuentes de desilusión y desengaño, también de liberación: descubrir nuestra confusión al hacer equivaler sin más nuestros subjetivos sentimientos de certeza con certezas objetivas. Él mismo asumía que no podemos navegar sino por el misterioso océano de incertidumbres que es la vida, a través de archipiélagos de certidumbres, entre razones y pasiones, impulsos de fe y decepciones que se alternan.
Miguel de Cervantes, elogioso con la educación jesuítica, no fue ajeno a su legado y a sus fuentes. Don Quijote expresa, como Ignacio de Loyola, una búsqueda de libertad, ideales, un proyecto de vida, que atraviesan no pocas dificultades, discernimiento y desengaño. ¿Cuáles son nuestras novelas de caballería, aquellas que nos nublan la mente, nos merman la libertad y nos dificultan la vida? Don Quijote, al reivindicarse como Alonso Quijano y agradecer a Dios su misericordia con él, ya libre y cuerdo, afirma: “Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa, sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros que sean luz del alma”. Esta expresión de la libertad, como la ignaciana, no es abstracta. Se ejerce a través del discernimiento, la consciente elección de nuestros modelos de deseo, el desapego de lo que no nos lleva a nuestro fin y el auxilio de la gracia.