Un cura en el basurero mexicano de Guayacanes, en Hermosillo
"Cada año, si la salud lo permite, viajo al basurero de Guayacanes, en Hermosillo. Allí he aprendido que la pobreza más profunda es sentirse invisible"
Vivimos en una época que habla constantemente de progreso, de derechos humanos y de dignidad. El lenguaje público está lleno de palabras nobles: inclusión, igualdad, respeto. Y, sin embargo, hipócritamente, al mismo tiempo, se abre paso una lógica silenciosa que aparta a las personas cuando dejan de ser útiles. Cuando alguien deja de producir, cuando estorba o simplemente no encaja en los criterios de eficacia del sistema, empieza a quedar fuera de la sociedad de bienestar. Nadie lo declara abiertamente. Ocurre de otra manera: simplemente se deja de mirar a esa persona. Y termina volviéndose invisible. A esta mentalidad perversa el papa Francisco la llamó con una expresión que describe con precisión una de las enfermedades morales de nuestro tiempo: la cultura del descarte.
No es una expresión exagerada. Describe una lógica social que aparece cuando el valor de las personas se mide por su utilidad. Entonces la dignidad deja de ser un principio firme y pasa a depender de la productividad, la eficacia o la fuerza.
Francisco lo formuló con claridad en Evangelii Gaudium: “Los excluidos no son explotados, sino desechos, sobrantes” (EG 53). La expresión resulta dura, pero nombra algo que todos percibimos. Cuando una sociedad se acostumbra a valorar a las personas por lo que producen, inevitablemente termina considerando prescindibles a quienes no encajan en esa lógica.
El proceso suele ser lento y casi imperceptible. Primero aparece la indiferencia. Después llegan las justificaciones: argumentos económicos, discursos sobre la eficiencia y apelaciones al progreso. Con el tiempo, lo que al principio parecía impensable acaba aceptándose como algo normal.
Lo vemos cuando los ancianos pasan a ser tratados como una carga. Lo vemos cuando los migrantes son reducidos a números antes que a personas concretas. Lo vemos cuando la pobreza se interpreta como un fracaso individual sin preguntarnos por las condiciones que la provocan.
Pero hay lugares donde esta realidad aparece sin disimulo. Desde hace años viajo cada año al basurero de Guayacanes, en Hermosillo, Sonora (México). No voy solo: me acompaña el P. Luis, y pasamos allí un mes con las familias que viven en aquel basurero infecto y polvoriento.
Entre montones de residuos cercanos, polvo, plástico y restos de lo que otros han tirado, hombres y mujeres buscan algo que todavía pueda servir: metal, botellas, cualquier objeto que pueda venderse por unas monedas.
Entre todo aquello hay también muchosniños. Suelen llegar en fila bajo una estructura metálica sencilla esperando recibir algo de comida o algún pequeño regalo. Algunos llevan la ropa cubierta de polvo y suciedad. Otros observan con una mezcla de timidez y curiosidad. Han aprendido demasiado pronto lo que significa crecer en los márgenes.
Recuerdo especialmente a uno de ellos, Panchito-Francisco. Se acercó con una pequeña bolsa de dulces entre las manos que le habíamos regalado. Caminaba despacio. Vestía un overol rojo, demasiado grande para su cuerpo. Su piel estaba herida y marcada por una enfermedad visible. Había perdido el cabello a causa de aquella afección terrible. El polvo del lugar se pegaba a su piel y a su ropa. Después supe que muchos evitaban acercarse a él. Solo su madre lo tocaba con naturalidad y ternura.
El niño se detuvo frente a mí. Durante un momento bajó la mirada, como si dudara. Me acerqué despacio, sonriéndole; puse la mano sobre su hombro y comenzamos a hablar. No recuerdo exactamente qué nos dijimos, pero sí recuerdo lo que ocurrió después. De repente se acercó y se abrazó a mí.
Aquel abrazo fue inesperado. Su ropa estaba sucia, como ocurre con los niños que viven entre la basura de aquel lugar. Pero en ese gesto había algo que ninguna pobreza puede ocultar: la necesidad profunda de ser reconocido.
En ese momento comprendí algo que no he olvidado: la pobreza más profunda no es la falta de cosas, sino la sensación de que nadie espera nada de ti.
El Evangelio lo dice con una claridad que atraviesa los siglos:
“Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). No es una frase devota. Es un criterio evangélico y ético para medir la verdad y la humanidad de una sociedad.
La filósofa Hannah Arendt observó algo parecido cuando estudió los procesos de deshumanización del siglo XX. En The Origins of Totalitarianism señaló que la tragedia de quienes quedan fuera de la comunidad no consiste solo en perder derechos, sino en algo más radical: no pertenecer a un mundo que los reconozca. Es una afirmación profundamente triste, pero también muy verdadera.
Algo semejante advertía Romano Guardini al reflexionar sobre la cultura moderna. El peligro aparece cuando el ser humano deja de ser contemplado como un misterio y empieza a ser tratado como una pieza dentro de un sistema. Entonces la persona se vuelve reemplazable.
La fe cristiana afirma lo contrario. La dignidad humana no depende de la utilidad, del éxito o de la fuerza. Nace del hecho de haber sido creada y amada por Dios. Por eso las primeras comunidades de creyentes llamaron tanto la atención en el mundo antiguo. En una sociedad donde los débiles podían ser abandonados con facilidad, recogían a los niños expuestos, cuidaban a los enfermos y acompañaban a los pobres.
Esa intuición atraviesa también la espiritualidad de Francisco de Asís. En sus Admoniciones escribió: “Bienaventurado el que ama a su hermano cuando está enfermo e inútil como cuando está sano y puede servirle” (Admoniciones, 25).
Quizá uno de los desafíos morales más urgentes de nuestro tiempo sea precisamente este: recordar que ninguna persona es un residuo de la historia, porque cada vida humana posee un valor que no puede calcularse ni sustituirse
Amar al otro cuando ya no puede ofrecernos nada es precisamente lo que rompe la lógica del descarte. Una sociedad verdaderamente humana no se mide por la fuerza de su economía ni por la velocidad de su progreso tecnológico, sino por la forma en que trata a quienes son más vulnerables. Quizá uno de los desafíos morales más urgentes de nuestro tiempo sea precisamente este: recordar que ninguna persona es un residuo de la historia, porque cada vida humana posee un valor que no puede calcularse ni sustituirse.
Porque cuando un ser humano termina viviendo entre la basura de los hombres, lo que está realmente en peligro no es su dignidad, sino la nuestra.