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8M: hasta que la igualdad se haga costumbre

Marisa Vidal: "Una ocasión para anunciar que estamos aquí, que no nos vamos, que somos hijas de Dios"

Este es mi cuerpo: Reflexión para el 8M

"Sabemos que nos toca, como hizo Jesús con ciego Bartimeo, abrir los ojos de nuestros hermanos para aprender todos juntos a mirar a nuestra iglesia con una mirada nueva, libre de discriminaciones"

·Exeria

Es fácil caer en el reproche, en la herida. Tantos siglos haciéndonos de menos, cerrándonos la boca, arrinconándonos por el hecho de ser mujeres… Subidas en los altares o arrastradas por el barro. Para nosotras nunca había “parvedad de materia”. 

Podíamos habernos marchado. 

Podíamos haber construido un muro de silencio. 

Salir dignamente, con la frente alta, sacudiéndonos el polvo de las sandalias... pero hemos elegido quedarnos. Por Jesús, el maestro (habría entendido nuestra marcha, pero habría llorado como lloró por Jerusalén) Se lo debemos a él, que nos sentó a su mesa y partió con nosotras el pan diciéndonos “este es mi cuerpo”. Él, que nos puso en medio de la comunidad y nos llamó hijas de Abraham, que lloró con nosotras la muerte de nuestros hijos y la muerte de nuestras ilusiones. Tantas muertes!! Él, que nos prometió la resurrección, el triunfo de la vida, la verdad y la justicia.

Revuelta de Mujeres en la Iglesia

¡¡Este es mi cuerpo!! 

Lo hemos gritado en la puerta de más de 30 iglesias y catedrales este mes de marzo. A veces temblando, a veces con miedo, pero decididas a no dejar pasar una ocasión para anunciar que estamos aquí, que no nos vamos, que somos hijas de Dios

Lo hemos gritado sabiendo que somos el cambio que queremos ver en la Iglesia. Porque hemos aprendido el feminismo, hemos aprendido a reconocer las desigualdades, a ponerles nombre, a mirarlas a los ojos… Y sabemos que nos toca, como hizo Jesús con ciego Bartimeo, abrir los ojos de nuestros hermanos para aprender todos juntos a mirar a nuestra iglesia con una mirada nueva, libre de discriminaciones. 

Este es mi cuerpo, que es también parte del cuerpo de la Iglesia. Nuestra iglesia está construida de cuerpos: de carne y de sangre, de heridas y cicatrices. Cuerpos que atienden, que cuidan, que generan vida, que bendicen. Cuerpos que se recogen y oran, cuerpos que se expanden y construyen Reino. La desconfianza hacia el cuerpo no puede ser la medida de nuestro credo. Es hora de reconocer nuestras manos, nuestros brazos, nuestras piernas, nuestros vientres, nuestros pechos y cabezas, y ponerlas todas al servicio del Reino. Es hora de ser cuerpo en comunidad. 

Pongámonos cada uno de nosotros, nosotras, delante de un espejo, mirémonos y repitamos como un mantra

Este es mi cuerpo. 

Esta es mi realidad y mi finitud, 

el lugar de Dios en el mundo, 

la casa al servicio de la comunidad. 

Y ya no importará si estamos encorvad@s o coj@s, si tenemos hemorragias o estamos cieg@s, si tenemos fiebre o epilepsia, si estamos postrad@s en una camilla o nuestra piel se cae a pedazos. Porque en nuestra finitud, en nuestra precariedad, Dios nos reconoce y nos ama, camina a nuestro lado. Sólo quiere que, asumiendo nuestro desperfecto, nos pongamos en sus manos, abandonemos nuestro cuerpo a sus cuidados. 

Todo nuestro ser (cuerpo, mente, relaciones, emociones) está atravesado por lo divino. Somos cuerpo, mente, relaciones, emociones por medio de las que Dios actúa en la historia. Sus manos son nuestras manos… lo hemos repetido tantas veces… y tantas veces hemos pensado que a la altura de las muñecas acababa esa identificación… 

Es necesario rellenar esa expresión de nuevo significado, restañar la herida, recomponer lo disociado para, en unidad y unión, caminar una Iglesia pueblo, que se embarra, que sufre, que muere… soñando con la resurrección. 

¡Por que este es mi cuerpo. Estos son nuestros cuerpos!

Marisa Vidal Collazo

Mulleres Cristiás Galegas Exeria

Revolta das Mulleres na Igrexa - Galicia

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