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Todo sobre la tragedia de Urda, #primeroRD

Nuestros ojos mirando a Urda con dolor y esperanza

"Ante una tragedia como la que acabamos de vivir las actitudes cristianas que, en mi opinión, en este momento debemos trabajar son fundamentalmente sentir a Dios acompañándonos en nuestro dolor, sufriendo y llorando nuestras lágrimas, y además ofreciéndonos el consuelo de la esperanza de que, con Él, la vida renace siempre"

Oración por Urda

Ayer, día 28 de octubre, comenzábamos nuestra jornada, y muy de mañana nos impactó la noticia del accidente ferroviario en Urda, Toledo. En el momento de escribir este artículo son ya 69 los fallecidos y más de un centenar de heridos, 15 de ellos aún en estado crítico. Un brutal accidente como este nos impacta a todos, y surgen en nuestra mente y nuestro corazón pensamientos y sentimientos que a menudo nos desbordan. Aún resuena en mis oídos el evangelio del sábado pasado (Lc 13,4-5): “O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”.

Oración por Urda

Una catástrofe como esta toca también nuestra fe y es normal que, en alguna medida, dicha fe tiemble. Nuestra fe, siempre imperfecta, por hacer, en camino, nuestra confianza depositada en el Dios de Jesucristo que es Amor y que vela por nosotros, no nos evita ni el dolor, ni las preguntas, ni la rabia. ¿Por qué? 

A nivel humano y psicológico debemos dejar fluir en nosotros los sentimientos que surjan. Maquillarlos, ocultarlos, quitarles importancia o distraernos con otros temas sólo servirá para empeorar nuestra reacción. Hablar de ello, comunicarnos, desahogarnos, permite elaborar nuestros duelos y recolocar nuestro dolor para poder seguir adelante de manera sana. No saturarnos en exceso con las noticias e informaciones que nos vendrán de los medios de comunicación, manipulando en ocasiones nuestros sentimientos, es también una buena manera para situar adecuadamente esta tragedia sin sumergirnos en el pozo de lo que algunos, interesadamente, utilizarán sin duda para uno u otro objetivo.

Dejar fluir sentimientos y lágrimas por los fallecidos y homenajear a víctimas y heridos es humano y necesario. Pero perdernos en los sentimientos de rabia y de búsqueda de culpables en este momento, desde mi punto de vista, puede manipularnos y llevarnos donde no queremos. Ya habrá tiempo para depurar responsabilidades de lo ocurrido. Subrayemos también la impresionante respuesta de los servicios de emergencia que se han volcado en la atención a las víctimas, lo ola de solidaridad que una vez más inunda nuestro gran país y la gran cantidad de buenos samaritanos anónimos que han sabido reaccionar sin demora en atención a los que han sufrido esta catástrofe. En nuestras horas más oscuras, siempre surge la luz de las personas de bien.

Los que somos y nos confesamos creyentes hemos de llevar todo esto a nuestra oración, personal y comunitaria, a nuestras celebraciones, a nuestras comunidades. Recuerdo la hermosa e impactante vigilia de oración que tuvo el Papa León XIV en su reciente visita a nuestro país en el Estadio de Montjuic de Barcelona. Una de las jóvenes que le presentaron sus inquietudes, cuyo nombre es Carmina y es profesora de educación secundaria en Hospitalet, dio testimonio de la superación de una depresión que sufrió en primera persona, y le planteó la siguiente pregunta al Papa: “¿Dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más?”.

Esta es la pregunta que podemos hoy hacer nuestra frente al dolor de la pérdida, la que se harán los familiares y amigos de los fallecidos en el accidente. Es, en definitiva, la pregunta que se hace el ser humano desde siempre sobre dónde está Dios en nuestro dolor. La respuesta que dio el Papa me parece magnífica, y que estuvo a la altura de la valiente pregunta planteada. Aconsejo su lectura pausada y orante, accesible de manera sencilla por numerosos medios digitales.

Pero me voy a hacer eco de algunas de las partes de dicha respuesta que creo que pueden ayudarnos en este caso. Dice el Papa: “En esas horas oscuras, muriendo en la cruz, Jesús comparte nuestro dolor y nos revela el rostro de un Dios compasivo, que carga con nuestras penas, que sufre con nosotros, llora nuestras lágrimas y permanece a nuestro lado con su presencia llena de amor y misericordia”.

Y acaba su respuesta diciendo: “Estas experiencias ofrecen un mensaje también para nosotros creyentes, a toda la Iglesia: no debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante.

Recordemos lo que decía el Papa Francisco: con Dios, la vida renace siempre.” Ante una tragedia como la que acabamos de vivir las actitudes cristianas que, en mi opinión, en este momento debemos trabajar son fundamentalmente sentir a Dios acompañándonos en nuestro dolor, sufriendo y llorando nuestras lágrimas, y además ofreciéndonos el consuelo de la esperanza de que, con Él, la vida renace siempre. Dios, por supuesto, no ha querido ésta ni ninguna de nuestras tragedias, y tampoco está lejos de nosotros, de las víctimas, de los heridos, de sus familias y amigos. Llora también nuestra pérdida y nuestro dolor. Y también nos invita a mirar el horizonte de lo ocurrido y descubrir levemente, casi sin notarse, su esperanza que nos hace renacer siempre. Como Iglesia, las víctimas y sus familias siempre nos tendrán a su lado. Mi más sincero sentimiento y profunda oración por las víctimas y sus familias, y mi deseo de que lo antes posible los heridos se recuperen.

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