Más allá de la orientación sexual: el verdadero desafío del discernimiento vocacional
La Iglesia lleva décadas preguntándose quién puede acceder al sacerdocio. Quizá haya llegado el momento de preguntarse qué estructura psicológica necesita una persona para vivir el celibato (la promesa que hacen los sacerdotes en su ordenación) y la castidad (el voto que hacen los miembros de las órdenes religiosas). Y la cuestión decisiva, a mi modo de ver, es la integración de la sexualidad dentro de una personalidad madura
En relación al excelente artículo de James Martin, sj, publicado el pasado 24 de julio titulado: "¿Deberían los hombres homosexuales (célibes) ser ordenados sacerdotes?", me surgen algunos cuestionamientos desde lo psicológico, mi campo, que quiero compartir.
La Iglesia lleva décadas preguntándose quién puede acceder al sacerdocio. Quizá haya llegado el momento de preguntarse qué estructura psicológica necesita una persona para vivir el celibato (la promesa que hacen los sacerdotes en su ordenación) y la castidad (el voto que hacen los miembros de las órdenes religiosas). Y la cuestión decisiva, a mi modo de ver, es la integración de la sexualidad dentro de una personalidad madura.
Desde la psicología sabemos que la sexualidad no constituye una función aislada del ser humano. No es un impulso que pueda analizarse independientemente del resto de la personalidad. Forma parte de la identidad, del modo de vincularse, de la regulación emocional, de la historia afectiva, incluso, de la capacidad para establecer relaciones libres. Por eso resulta llamativo que, con frecuencia, el discernimiento eclesial haya prestado una atención extraordinaria al objeto del deseo* —si la atracción se dirige hacia hombres o hacia mujeres— y mucha menos a la forma en que ese deseo está organizado psicológicamente. No toda heterosexualidad es madura. No toda homosexualidad es inmadura. La orientación sexual, por sí misma, dice muy poco acerca de la capacidad de una persona para vivir el celibato.
No toda homosexualidad es inmadura. La orientación sexual, por sí misma, dice muy poco acerca de la capacidad de una persona para vivir el celibato
La experiencia clínica enseña que muchas formas de abuso, algo que también tiene que ver con lo afectivo/sexual, no nacen principalmente de la orientación sexual, sino de una personalidad insuficientemente integrada. El abuso espiritual, la manipulación emocional, las relaciones de dependencia, las dinámicas narcisistas o la utilización del poder pastoral suelen hundir sus raíces en necesidades afectivas no elaboradas, en heridas de apego, en identidades frágiles que buscan sostenerse mediante el reconocimiento o el control. Todo ello puede existir incluso cuando no existe ninguna conducta sexual. Escasa capacidad para regular la soledad. Confusión entre intimidad y posesión. Dificultades para reconocer lospropios límites. Vínculos que llevan a utilizar al otro para calmar la propia angustia, sin percibir realmente su subjetividad. En otras palabras, personas cuyo mundo afectivo no ha alcanzado una integración suficiente. Y esa realidad atraviesa todas las orientaciones sexuales.
Un sacerdote heterosexual puede establecer relaciones afectivamente dependientes con mujeres de su comunidad parroquial. Puede buscar admiración, refugio emocional o compensaciones afectivas incompatibles con la libertad que exige su ministerio. Del mismo modo, una religiosa puede desarrollar vínculos exclusivos con otra hermana que terminen anulando la libertad interior propia de la vida consagrada. Y, al mismo tiempo, existen sacerdotes y religiosos —heterosexuales y homosexuales— cuya integración afectiva les permite vivir una entrega serena, libre y profundamente fecunda.
La variable determinante no es la dirección del deseo. Es la estructura desde la que ese deseo es vivido.
El celibato no consiste únicamente en renunciar al ejercicio de la sexualidad; consiste en aprender una nueva forma de amar. No vive igual el celibato quien ha aprendido a transformar el deseo en don, que quien solo ha conseguido reprimirlo. La diferencia es enorme
La tradición cristiana nunca ha entendido la vocación como la simple ausencia de determinados comportamientos, sino como la configuración progresiva de toda la persona con Cristo. El celibato, en ese sentido, no consiste únicamente en renunciar al ejercicio de la sexualidad; consiste en aprender una nueva forma de amar. No vive igual el celibato quien ha aprendido a transformar el deseo en don, que quien solo ha conseguido reprimirlo. La diferencia es enorme. Porque el celibato no hace desaparecer el deseo. No extingue la necesidad de intimidad. No elimina el anhelo de ser amado. No suspende los mecanismos de apego. No modifica automáticamente las heridas de la infancia. Todo eso continúa existiendo. Y precisamente por eso necesita ser elaborado. Quien no integra su mundo afectivo termina buscando compensaciones. A veces mediante relaciones ambiguas. Otras, refugiándose en el trabajo pastoral. En ocasiones, a través del ejercicio del poder. O mediante formas de dependencia emocional revestidas de lenguaje espiritual.
Habría que preguntarse también cómo esa persona atraviesa la soledad. Cómo tolera la frustración. Cómo integra la agresividad. Cómo maneja el poder. Cómo establece límites. Cómo vive la intimidad. Cómo responde a la admiración de los demás. Cómo afronta el rechazo
Centrar el discernimiento en la orientación sexual corre el riesgo de simplificar una realidad infinitamente más compleja. Todo ello conduce inevitablemente a una pregunta que quizá la Iglesia deba afrontar con creciente profundidad: ¿estamos discerniendo suficientemente la madurez afectiva de quienes serán llamados a vivir el celibato durante toda su vida? Y para responderla, estoy convencida que no basta con preguntar por la orientación sexual. Habría que preguntarse también cómo esa persona atraviesa la soledad. Cómo tolera la frustración. Cómo integra la agresividad. Cómo maneja el poder. Cómo establece límites. Cómo vive la intimidad. Cómo responde a la admiración de los demás. Cómo afronta el rechazo. Cómo reconoce sus propias vulnerabilidades. En definitiva, cómo ama. La vocación no suspende la condición humana. En el mejor de los casos, la eleva.
Quizá por eso haya llegado el momento de ampliar el horizonte del discernimiento vocacional. No para sustituir los criterios espirituales por criterios psicológicos, sino para comprender que ambos pertenecen a una misma visión integral de la persona.
La Iglesia siempre ha sido experta en discernir los movimientos del espíritu. Hoy dispone también de un conocimiento mucho más profundo sobre los movimientos de la psique. Ignorar esa aportación significaría renunciar a instrumentos que pueden ayudar a custodiar mejor las vocaciones, proteger a las comunidades y acompañar con mayor verdad a quienes entregan toda su vida al Evangelio. No para “psicologizar” la vocación, sino para custodiarla; no para sustituir la gracia por la psicología, sino para reconocer que la gracia actúa sobre una humanidad concreta, siempre necesitada de seguir creciendo.
Porque la madurez humana no es una meta que se alcanza antes de la ordenación ni un requisito que, una vez verificado, garantice el resto del camino. Es una tarea permanente. Nadie puede considerarse definitivamente integrado ni inmune a sus propias fragilidades. La vida, las relaciones y el ejercicio del ministerio nos siguen confrontando a cada persona con aspectos de nosotros mismos que requieren ser reconocidos, elaborados y transformados.
Al fin y al cabo, una vocación auténtica no pertenece a personas perfectas, sino a hombres y mujeres que, conscientes de sus límites, aprenden a responder cada día con mayor libertad, humildad y verdad a la llamada de entregar su vida por amor. Y esto es un trabajo que dura toda la vida, nadie tiene un carné de salud mental. Pero sí, con acompañamiento, con psicología, no sintiéndose “abandonado”, se podría llegar a ser una persona que responde humildemente, desde sus fragilidades. al llamado a entregar su vida. Porque, en último término, el Evangelio nunca dirigió su mirada únicamente hacia las conductas. Siempre la dirigió hacia el corazón.
*en psicología se llama “objeto” a todo lo que no es uno mismo, sujeto.
