La Semana Santa en Jerusalén más atípica de la historia: "Los cristianos de Tierra Santa os esperan y necesitan"
El franciscano español, desde Jerusalén, escenario litúrgico y vital de la Salvación, comparte en RD sus sentimientos y esperanzas en unos días centrales para el cristianismo, pero donde debido a la situación de guerra, han de celebrarse sin la presencia de fieles y con los históricos templos cerrados
Estamos en los días de la Semana Santa y no sabemos cómo podremos celebrarla. Quiero decir, si podrá mantenerse el programa que hemos preparado como todos los años, pero que no hemos impreso porque, ya de antemano, no pudo hacerse la Procesión de Ramos desde Betfagé a la explanada junto a la Piscina Probática, cerca de la explanada del Templo.
Esto nos recuerda los años del covid. Por entonces la ausencia de celebraciones se impuso por restricciones sanitarias y, hoy, se debe a motivos de seguridad. La bendición de los óleos también se ha pospuesto al Tiempo de Pascua, al no poder reunir al clero de la diócesis y a los fieles.
Vivimos en una tierra de contrastes, de contradicciones, de tensiones, pero nada nos aparta de seguir creyendo que esta tierra permanece abierta siempre a la esperanza. Es algo a lo que no podemos, no debemos y no queremos renunciar. Porque esta tierra es geografía de Salvación y en ella está la memoria actualizada del Misterio de Cristo: Cristo encarnado, nacido, muerto y resucitado. El mismo Jesús fue quien transformó esta tierra en espacio sacramental, viniendo al mundo en ella, predicando en ella el Reino de Dios, aceptando en ella su propia muerte, y celebrando, también en ella, la gloria de su resurrección. Los trayectos procesionales pisan los recorridos que hizo el Señor, muy especialmente en la Semana Santa. Aunque tristemente este año no pueda hacerse así.
No obstante, en los santuarios y en las parroquias, pese al acceso limitado, se celebrarán los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Los frailes franciscanos, junto a otras familias religiosas y diocesanas, garantizaremos esta vivencia, tratando de ser fieles al Evangelio y atender a los cristianos que en esta tierra habitan. Aún con la pena de no poder compartir estos días santos con peregrinos y cristianos de otras partes del mundo, ellos nos ayudarán a vivificar la historia y a renovar en unidad nuestra fe. Encomiable ejemplo de pertenencia, permanencia, comunidad e Iglesia, cuando tantas son las dificultades que en la tierra de Jesús se encuentran para subsistir. De ahí que el número de cristianos que vive en Tierra Santa sea progresivamente menor.
Pero, a pesar de las circunstancias, este será un tiempo de espera y de solidaridad en la fe, al que el mundo puede unirse de muchas maneras, particularmente desde la oración. Sabemos que los cristianos de fuera de esta tierra están espiritualmente a nuestro lado y nosotros agradecemos su apoyo y cercanía.
La incertidumbre y dificultades no nos privarán de mantenernos en la esperanza. Cristo, una vez más, vencerá a la muerte y la Resurrección será el aliento de nuestros corazones. Desde cualquier parte del mundo, pensémonos en el Cenáculo y en Getsemaní, caminemos en silencio por la Vía Dolorosa hacia el Calvario, y, después, maravillémonos y demos gracias ante la Tumba luminosa de la Resurrección porque el Señor ha vuelto a la vida y las Sagradas Escrituras se han cumplido. Es entonces cuando nuestros corazones cristianos se expandirán de luz, vida y esperanza, para que pronto la tierra de Jesús vuelva a recibir y abrazar la alegría de los peregrinos. ¡Aleluya, Aleluya! ¡Felices Pascuas de Resurrección! Los cristianos de Tierra Santa os esperan y necesitan.