Reflexiones para cada día de esta Semana Santa
Jueves Santo
Jesús vivió en un permanente éxtasis,
una palabra cuyo significado es
“salir de sí mismo”,
comunicando así con su existencia
lo que sentía dentro y le impulsaba
sin cesar a dar y darse.
Su existencia fue un absoluto compartir.
Se convirtió de esta forma en el auténtico compañero
(en latín cum panis, es decir, “quien comparte el pan”),
haciendo realidad la fraternidad, solidaridad y unión
que se crea al comer juntos en una misma mesa.
Compartir conlleva convivir y repartir.
No puede existir una verdadera convivencia si no se colabora
y no se comunica la intimidad, la alegría, los sufrimientos,
si no comporta la plena aceptación
y la unión de sentimientos con quienes
se comparte la mesa de la fraternidad/sororidad.
Así lo compartió cada día Jesús con quienes
sentía como sus compañeras y compañeros de camino:
“Vosotras, vosotros sois mis amigas y amigos,
habéis visto lo que he hecho durante estos años juntos,
seguidlo viviendo, seréis felices y regalaréis felicidad.
Yo, sin embargo, hoy estoy profundamente apenado,
porque sé que me voy a enfrentar
a los poderes religiosos y políticos
y esta vez no creo que salga con vida.
Separarme de vosotras y vosotros
me hace sentir un dolor que no podéis ni imaginar.
No obstante, quizá por última vez, celebremos,
repartamos el pan para que no haya más hambre,
brindemos con el vino, para que no acabe la fiesta del compartir.
Hoy sé que mi entrega será la última y definitiva.
Pero intuyo también que, de alguna forma,
estaré a vuestro lado siempre que me necesitéis.
Porque no se puede borrar el cariño de un plumazo.
El amor y el recuerdo no morirán nunca.
Mis acciones, mis palabras, mi compromiso
y mi forma de compartir os lo hará presente la Ruah de mi Padre y Madre,
nadie os podrá quitar ese espíritu de vida y plenitud.
Sirviendo, estando junto a los últimos y las últimas,
se aprende por completo el misterio de la vida,
y por lo tanto, el Misterio de la Divinidad.
Pero basta de tristeza, comamos y bebamos,
para que ese otro mundo posible y tan necesario
llegue a nuestro mundo como un don y una tarea ineludible”.
Viernes Santo
Oh Dios mío, Padre y Madre,
Misterio de bondad, de vida, de ternura…
Todos estos títulos se difuminan
en mi mente y mi corazón
cuando la noche del mundo continúa extendiéndose
como un manto de ti nieblas que todo lo abarca
y los dolores y sufrimientos de tanta gente inocente,
mujeres, hombres, personas ancianas, niñas, niños,
ascienden a los cielos del poder y la divinidad
sin que nada ni nadie responda a la desesperación,
la angustia y el sinsentido de millones de vidas
clamando hasta perder la voz y las lágrimas:
Es el desespero de las madres refugiadas
por no poder alimentar a sus hijas e hijos.
El terror de miles de migrantes
que por su color de piel son acosados
como animales en el país de la libertad.
La persecución y violencia contra las personas LGTBIQ+
en muchos países de nuestro mundo.
Los seres humanos ahogados en las aguas del Estrecho
o asesinados en tantas fronteras de nuestra tierra.
Las niñas y niños agredidos sexualmente
por personas adultas, muchas de su máxima confianza.
Las mujeres víctimas de violencia física y emocional,
degradación psicológica, injusticia, desigualdades,
incluso el asesinato, en un auténtico feminicidio a escala mundial.
Las guerras infames contra el derecho internacional,
por el control de las riquezas naturales,
por mantener o incrementar la dominación geoestratégica.
Los genocidios, el hambre que sigue matando a millones de personas,
la crueldad del narcotráfico, de las mafias de la trata de personas,
la profanación de los derechos humanos en los países
sometidos a feroces dictaduras,
muchas veces, con piel de corderos democráticos…
Es tanta la vesania que optamos por la ceguera
para no contemplar tanta locura e injusticia.
Aún así un rayo de luz ilumina el horizonte:
miles y miles de personas que no se dan por vencidas
y que en medio de la más absoluta oscuridad
se siguen entregando día a día a los demás,
con una dedicación tan absoluta y gratuita
que llenan nuestros corazones de una nueva esperanza.
Como también lo fue la vida de un tal Jesús de Nazaret.
Sábado Santo
Hay muchas personas que después de haber dado una vida
dedicada a las causas justas, pacíficas, humanitarias,
han abandonado al haber perdido los ideales,
por haber sufrido la desilusión al comprobar
la corrupción o la pérdida lenta de las aspiraciones,
al haber sido embaucados por la sociedad de consumo,
la apariencia, el poder, la riqueza…
Caminan como almas en pena,
aunque la apariencia sea la de seres humanos
satisfechos de sí mismos, realizados,
henchidos de orgullo, rebosantes de palabras grandilocuentes
y que muestran sin tapujos la necesidad de vivir la vida
disfrutando a tope sin pensar en nada ni nadie más:
“La existencia es así y debemos aceptarlo. Los perdedores no triunfan.
Hay que unirse al carro de las influencias,
la imagen y el dinero para poder llegar al puesto ansiado”.
Nuestra sociedad muestra excelentes ejemplos de personas
que se han comportado y lo siguen haciendo así cada día.
Como salen en los medios de comunicación
y en las redes sociales, tienen miles, millones
de followers (seguidores), a veces discípulos
que siguen a su guía como auténticos dobles
en su forma de actuar, de vestirse, de pensar…
Los discípulos y discípulas de Jesús quedaron
sumamente desconcertados ante el asesinato de Jesús.
“¿No era este el Mesías, quien nos iba a librar
de la opresión de los romanos,
de la tiranía de las élites religiosas,
del hambre y la miseria,
del desespero ante la existencia?
¿Ahora, qué vamos a hacer?
Le hemos seguido durante tres años para nada.
Se dejó atrapar y todas las esperanzas que teníamos
depositadas en él, se han esfumado como el agua entre los dedos.
Como dice el Eclesiastés, mejor bebamos y comamos
pues nuestro destino es ir al Seol, al reino de los muertos...”.
Sin embargo, otros aguardaban orando,
recordando todo lo que hizo y predicó Jesús.
Quizá no serviría para nada, pero al menos
se encontraban juntos y aquellos recuerdos
aliviaban un poco el dolor y daban algo de calor al corazón.
Domingo de Resurrección
A veces los hombres y mujeres que han sido vencidos,
a quienes han derrotado y se sienten fracasados, hundidos,
solo necesitan que alguien les llame por su nombre
para sentirse reconocidos y recuperen la ilusión.
Nombrar a alguien es devolverle la identidad perdida,
restituir su dignidad, su valor como ser humano,
retornarle sus derechos, que se sientan en plena igualdad
y que las relaciones interpersonales basadas en la empatía y la igualdad
vuelvan a relanzarles a la existencia como personas en plenitud.
Algunas mujeres, entre las que se encontraban María Magdalena,
Juana, María la madre de Santiago, Salomé y “otras con ellas”,
fueron el primer día de la semana al sepulcro
muy temprano por la mañana, con aromas, perfumes y ungüentos
que habían preparado para ungir el cuerpo de Jesús.
María de Magdala se había unido un día al grupo de los seguidores
de Jesús y desde entonces no se había separado de su lado.
Entre los dos fluía una intimidad profunda,
un reconocimiento mutuo, una amistad intensa.
Con una sola mirada ya sabía María lo que pensaba Jesús.
Con un solo gesto ya sabía Jesús lo que deseaba María.
La muerte del Maestro había supuesto un cataclismo interior,
un abatimiento sin medida, una sima honda y abrupta
que sumía el futuro en una oscuridad total y absoluta.
No obstante, había decidido seguir compartiendo con el grupo
que se mantuvo en Jerusalén después del asesinato de Jesús.
Al llegar al sepulcro con los ungüentos, deseando ver y acariciar
por última vez el cuerpo del amado de su alma,
escuchó una voz que le resultó profundamente familiar: ¡María!
No quería dar crédito a su intuición, pero volvió a oír: ¡María!
Y le dio un vuelco el corazón. Se volvió y vio a Jesús,
le abrazó y comenzó a ungirle con sus lágrimas
rebosantes de entusiasmo y alegría.
“María, mi querida amiga, siempre que lo desees
estaré a tu lado, no nos podremos abrazar más físicamente,
pero sentirás mi presencia, mi vida en tu propia vida,
en lo más hondo de tu corazón.
Mi recuerdo, mi huella han quedado indelebles en tu hondón interior.
Tú ya tienes un manantial que saciará tu sed cada vez que lo necesites.
Ese manantial lo seré yo para ti, ese agua lo serás tú también para mí.
Es el amor que nos une y que ya sentimos como vida eterna.