Domingo de borriquita

La procesión de la borriquita era para los niños de entonces no solo el arranque de las vacaciones de Semana Santa, sino una explosión de alegría a nuestra medida.

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La procesión de la borriquita era para los niños de entonces no solo el arranque de las vacaciones de Semana Santa, sino una explosión de alegría a nuestra medida. Salía por la tarde, a diferencia de otras cofradías nocturnas de la ciudad, y respiraba la algarabía del Domingo de Ramos.

Jesús es rey, pero el rey de los pequeños, no a lomos de un blanco caballo de caudillo mesiánico sino de un humilde asno mediterráneo, manso y amable bajo el sol. Con armas tan inofensivas como las palmas y olivos y con el aplauso del pueblo sencillo que abarrota los caminos.

Siempre me ha impresionado el contraste de este domingo: la entrada triunfal en Jerusalén frente a la soledad que queda después de la fiesta, con los ramos pisoteados y marchitos, con un Jesús solitario en el sendero de Emaús y la amenaza pesando sobre sus hombros. Es duplicidad de fiesta/sufrimiento, éxito/fracaso, alegría/tristeza, trasunto de la vida humana.

Una vivencia inefable que he intentado sugerir en este soneto:

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Domingo de borriquita

Sabe a domingo y agitar de palma

este triunfo con perfume a olivo

este gritar del pueblo redivivo

en honor del rey y señor del alma.

Sabe a pobreza, pequeñez y calma

este asno que se lleva altivo

hacia el dolor glorioso y decisivo

al Hombre Dios sobre su humilde enjalma.

Y tanto ramo en la niñez se queda

en un hosanna que suena a melodía,

en un recuerdo que nos llora y canta,

como si luego con la luz tardía

se nos pierde Jesús en la vereda

 a solas sólo en su Semana Santa.

Pedro Miguel Lamet

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