¿Qué haría hoy San Pedro Claver en Ceuta?

Claver
Claver

La reciente invasión de Ceuta se inscribe, sin duda, en un contexto que trasciende el problema de la inmigración y se extiende al de la geopolítica. Pero no cabe duda de que está implicando a miles de seres humanos instrumentalizados por unos y por otros. Hoy, como ayer, las víctimas no cuentan. Tampoco las de Gaza, el Sahel y tantos otros lugares donde son explotados por un capitalismo salvaje y por la adoración al dinero. El reciente triunfo de la ultraderecha en Alemania refuerza la idea de que este desprecio por la vida de los pobres y marginados se está convirtiendo en una plaga en Europa, con un rechazo creciente hacia nuestros hermanos indefensos para proteger por encima de todo nuestro “estado del bienestar”, deshumanizándonos y encerrándonos en un egoísmo que, a la larga, destruye los ideales con los que se fundó la Unión Europea y a nosotros mismos como personas.

Quiero recordar que este fenómeno no es nuevo y que la historia atesora modelos que convendría resucitar. Este 9 de septiembre, celebramos la fiesta de San Pedro Claver, una figura que creo que puede arrojar luz sobre cómo hay que luchar a contracorriente para defender a las víctimas en todo tiempo y lugar.

Las “piezas de ébano”

Puerto Negrero de Cartagena de Indias, siglo XVII. Los armazones —así llamaban a los cargamentos de esclavos— llegan con las bodegas repletas de negros bozales, encadenados y hacinados, medio muertos de sed y mezclados con sus propias heces. Esta cacería cruel continuó durante cuatrocientos años.  Desde el siglo XV al XIX el continente africano llegó a perder a más de cien millones de hombres y mujeres jóvenes, cuyo veinticinco por ciento moría durante la captura, y otro tanto en el ominoso trayecto de los barcos negreros.

Disposición de los esclavos negros en la sentina del barco
Disposición de los esclavos negros en la sentina del barco

Como es sabido, navegaban en condiciones deplorables. Encadenados en las sentinas de los barcos de seis en seis, aherrojados por cuellos y pies y alimentados por una sucinta escudilla de maíz o mijo y un vaso de agua, a veces morían víctimas de la viruela o el tabardillo y envueltos en sus propias heces. Los que sobrevivían habían de continuar aún en camino hacia las minas y plantaciones de los colonos.

Los factores más importantes para la introducción de negros en Indias fueron las solicitudes de mano de obra esclava por parte de mineros, comerciantes, cabildos, funcionarios civiles y eclesiásticos, comunidades religiosas, etc., ante la crisis demográfica agudizada junto al favoritismo real traducido en mercedes y concesiones graciosas, el sistema de los juros, el desarrollo de las compañías negreras, la recesión económica, y, paradójicamente, como hemos señalado, la intervención y denuncia del propio fray Bartolomé de las Casas.

Las piezas de ébano se aclimataban además bien, por similitud de condiciones de geografía y clima, especialmente para los trabajos más duros de mineros, estibadores, bogas de los champanes (embarcaciones del río Magdalena), servicio doméstico y personal, pescadores de perlas, vendedores ambulantes, o en la explotación de haciendas agrícolas y ganaderas, trapiches, obrajes, trabajo artesanal e incluso como artículo de lujo y ostentación, pues también eran símbolo y factor de status socioeconómico alto del blanco, y finalmente como propiedad pública de ciudades, villas y puertos, adquiridos por los cabildos.

Los teólogos afirmaban que no tenían alma

 Cuando los teólogos pensaban que no tenían alma y eran cazados, vendidos y utilizados como bestias, Pedro Claver entra en las sentinas de los barcos, los envuelve en su manteo, les da agua y aguardiente, perfuma sus cuerpos y les enseña que Dios los ama y Jesús los libera. Luego, haciendo de tripas corazón, descendía heroicamente a la sentina del navío, donde, por más de cuarenta o cincuenta días, venían “sepultados” entre trescientos y cuatrocientos negros. Ante los ojos desorbitados de terror de los pobres africanos, les decía que él quería ser su padre y pretendía tratarlos bien; que no iba con intención de comérselos, como creían, o maltratarlos, sino para quererlos y enseñarles el camino de Jesús. Si algunos llegaban en peligro de muerte, él mismo los envolvía en su manteo y los llevaba a un hospital. Las relaciones de la época de estos desembarcos son escalofriantes, incluso alguna como esta, escrita de mano del propio santo:

Echamos manteos fuera y fuimos a traer de otra bodega tablas y entablamos aquel lugar y trajimos en brazos a los muy enfermos, rompiendo por los demás. Juntamos los enfermos en dos ruedas, la una tomó mi compañero con el intérprete, apartados de la otra que yo tomé. Entre ellos había dos muriéndose, ya fríos y sin pulso. Tomamos una teja de brasas, y puesta en medio de la rueda, junto a los que estaban muriendo, y sacando varios olores, de que llevábamos dos bolsas llenas, que se gastaron en esta ocasión, y dímosles un sahumerio, poniéndole encima de ellos nuestros manteos, que otra cosa ni la tienen encima, ni hay que perder tiempo en pedirla a sus amos, cobraron calor y nuevos espíritus vitales, el rostro muy alegre, los ojos abiertos y mirándonos.

Pedro Claver Corveró, SJ
Pedro Claver Corveró, SJ

Catalán corto en palabras y largo en hechos, había sido un niño huérfano en Verdú (n. 1580) y tras estudiar en el colegio de Belén de Barcelona se hizo jesuita. No quería ordenarse sacerdote porque le atraía el trabajo humilde de los hermanos coadjutores. Sobre todo, el santo hermano Alonso Rodríguez, que le mostró que Jesús estaba en la gente sencilla que llegaba a su portería del colegio de Montesión en Mallorca. Este le convenció para que se fuera a trabajar en América, y Pedro llevaría al otro lado del charco sus cuadernos de apuntes como un gran tesoro.

En Cartagena de Indias conoció a otro jesuita, este intelectual, el padre Jerónimo de Sandoval, que había escrito el primer gran libro sobre la situación de los esclavos negros. Pedro aprendió de él, le superó en su entrega. Pero, además, tras ser ordenado sacerdote, atendía a los leprosos, a los enfermos abandonados y a los reos de la Inquisición, a quienes consolaba y socorría en el patíbulo, en medio de una sociedad corrupta y pretenciosa y una ciudad amenazada por los piratas y la brujería. Apenas duerme, su oración es mística y se le atribuyen prodigios como conocer el futuro y curar a incurables.

Incomprendido en vida

Claver besaba las llagas y apostemas de los infecciosos, hacía esperar a las linajudas damas que presumían de guardainfantes (armazón de moda colocado alrededor de la cintura para ahuecar las faldas) obligándolas a hacer cola detrás de las esclavas negras. Decía a las religiosas, si alguna se escondía para oírle, que él no iba a hablar a blancas sino a las criadas negras del convento. Conservaba frasquitos de aguardiente en el confesonario para sus penitentes morenos, y murió cumpliendo al pie de la letra la divisa de su vocación, que había escrito al pie de la fórmula de sus votos (3 de abril de 1622): “Esclavo de los esclavos para siempre”. Paralítico por la peste que asoló la ciudad y que también se llevó a Alonso de Sandoval, al final de su vida fue maltratado por el esclavo negro Manuel, que le despreciaba, le sisaba el alimento, le zarandeaba al vestirlo o le dejaba que se le comieran las moscas y mosquitos de una de las ciudades más calurosas e insalubres del mundo.

Incomprendido en vida, León XIII, que dijo "Es la vida que más me ha impresionado después de Cristo", lo canoniza el 15 de enero de 1888, junto a los también jesuitas San Juan Berchmans y su querido San Alonso Rodríguez. Como recuerda Juan Pablo II, que lo llama en su encíclica Sollicitudo rei socialis "modelo de solidaridad y testimonio para nuestros tiempos", gracias a Sandoval y Claver, Cartagena de Indias fue declarada "Cuna de los Derechos Humanos".

“Todavía hoy, en Colombia y en el mundo, millones de personas son vendidas como esclavos, o bien mendigan un poco de humanidad, un momento de ternura, se hacen a la mar o emprenden el camino porque lo han perdido todo, empezando por su dignidad y por sus propios derechos”. Papa Francisco

La muerte del santo, ocurrida a las dos de la madrugada del 8 de septiembre de 1654, conmovió a toda Cartagena de Indias, que desfiló ante el cadáver a besarle las manos y tocar su cuerpo con rosarios. Las autoridades pidieron que se retrasara un día el entierro para hacerlo con mayor solemnidad. Todos lo proclamaron santo. El propio gobernador, dos alcaldes e ilustres caballeros de la Armada condujeron su ataúd a hombros. Fue enterrado en la iglesia de los jesuitas, hoy de San Pedro Claver, donde en la actualidad reposan sus restos. Los negros cantaron en su misa y, transcurridos los años, su estatua cercana al mar se ennegreció con la brisa.

Como recordó Juan Pablo II, que lo llama en su encíclica Sollicitudo rei socialis «modelo de solidaridad y testimonio para nuestros tiempos», gracias a Sandoval y Claver, Cartagena de Indias fue declarada “Cuna de los Derechos Humanos”.

El 11 de septiembre de 2017, el papa Francisco, durante su visita a Cartagena, evocó de nuevo a san Pedro Claver y denunció que “todavía hoy, en Colombia y en el mundo, millones de personas son vendidas como esclavos, o bien mendigan un poco de humanidad, un momento de ternura, se hacen a la mar o emprenden el camino porque lo han perdido todo, empezando por su dignidad y por sus propios derechos”.

¿Qué haría hoy Pedro Claver con los miles de emigrantes que perecen en las pateras, llegan exhaustos a Canarias o Lampedusa, o son enviados como carne de cañón por Marruecos a Ceuta? Como dijo León XIV en Canarias, “No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?” “No podemos acostumbrarnos a contar muertos”, ni tampoco pensar que “la dignidad humana pierde valor al cruzar una frontera”.

Valga este recuerdo de un santo muy olvidado como homenaje a los voluntarios que actualmente los acogen y ayudan.

Santuario de San Pedro Claver en Cartagena de Indias (Colombia)
Santuario de San Pedro Claver en Cartagena de Indias (Colombia)

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