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Adviento es esperar misericordeando en vez de nostalgiar condenando
El Adviento no es, como muchos suponen, un simple preludio ritualista y consumista de Navidad. Es un tiempo de espera para discernir, cuestionar y transformarnos. Esperar al Mesías no significa regresar al pasado, ni reconstruir cristiandades.
La espera cristiana no es nostalgia, sino un acto profético de cambio. Es vibrar con Isaías y Juan Bautista: "Una voz grita en el desierto: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos»"(Mc 1,2), arriesgando, "porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá" (Lc 9,23).
El fundamentalismo repite viejos esquemas que convienen a un grupo y se presenta como una solución cómoda en tiempos de incertidumbre. El adviento, en cambio,nos llama a esperar activamente, desde las víctimas del presente, y no desde falsas seguridades en glorias pasadas.
"La teología nace cuando la fe se hace esperanza para los pobres” (G.Gutierrez), y esta esperanza se da en la realidad de quienes sufren hoy, en la historia, no en idealizaciones fuera de ella. Se compromete con el Dios presente y rechaza los ídolos de la nostalgia. No es el regreso a un pasado idealizado, sino la apertura a un futuro liberador.
Existen sectores preconciliares que simpatizan con proyectos políticos populistas de ultra derecha que prometen orden, identidad y defensa “no negociable” de algunos (no todos) valores morales. Son peligrosos: en vez de formar conciencias maduras capaces de discernir, estos clérigos preferirían delegar a gobiernos de mano dura la imposición coercitiva de normas que no han logrado contagiar mediante el testimonio evangélico.
Su nostalgia confunde seguridad con fidelidad y busca restaurar una cristiandad de control cultural. Su esperanza no es de Adviento, no mira hacia adelante; es una retrotopía clericalista que proyecta salvación en un pasado mitificado, incapaz de escuchar las heridas del presente.
Esta visión —que promete orden frente al caos, identidad frente a la pluralidad, pureza frente a la complejidad cultural— implica una espiritualidad del miedo. Pero el miedo y la resignación no son cristianos. La esperanza de Adviento es audaz, histórica, concreta: nace entre los pobres, no en los despachos del poder; se hace camino con los últimos, no con los fuertes. Quien espera al Mesías que viene desde los márgenes no puede depositar su confianza en proyectos autoritarios que excluyen en nombre de Dios.
Dios camina delante del pueblo, no detrás de los guardianes del pasado. Por eso, la Iglesia está llamada a resistir la tentación de asociarse con ideologías moralistas que instrumentalizan lo religioso. Su misión no es asegurar hegemonía moral mediante el Estado, sino testimoniar el Reino mediante la compasión, la justicia y la libertad interior.
Además, en estos tiempos de crisis y fragmentación surge la tentación restauracionista de refugiarse en estructuras rígidas y en un control clerical que prometa seguridad sin conversión. El fundamentalismo idealiza hipócritamente un pasado de aparente orden, pero olvida los abusos, encubrimientos y exclusiones que esas formas de poder generaron.
El Adviento nos llama a mirar hacia adelante, a discernir los signos de los tiempos y a escuchar las heridas de las víctimas actuales que claman justicia.
Es una invitación profética a romper con la nostalgia paralizante y a seguir a Dios en movimiento, que abre caminos nuevos allí donde las estructuras de injusticia pretenden domesticar e inmovilizar la esperanza.
La Tradición cristiana no es un archivo sacralizado ni un depósito de disciplinas inmutables; es un organismo vivo, dinámico, capaz de respirar el Espíritu en cada tiempo histórico. El restauracionismo la reduce a museo: un lugar donde la fe se momifica con apariencia de fidelidad... para sostener a las élites de poder clerical "de toda la vida".
Pero “la tradición es la fe viva de los muertos; el tradicionalismo es la fe muerta de los vivos”. (J.Pelikan) El Adviento, tiempo de espera creativa, nos empuja a ubicarnos del lado de la vida y de los pobres que ven amenazada la existencia, no de los recuerdos de cuestionables glorias pasadas.
La nostalgia fundamentalista añora una Iglesia preconciliar, autorreferencial y clericalista, cerrada sobre sus propios intereses y ajena a la sinodalidad. La obsesión por defender estructuras de poder clericales, en otros tiempos protegidas por dictaduras y ahora esperanzada en populismos fundamentalistas, más que en el Evangelio. No solo es un anacronismo pastoral, sino una traición al Espíritu Santo.
El clericalismo no es un pequeño error, es una lógica espiritual corrosiva: busca espacios de influencia, opera con opacidad, protege corporativamente a sus miembros incluso cuando la justicia y las víctimas claman a gritos. "El clericalismo es una perversión de la Iglesia. […] Los clericales han olvidado que el pueblo de Dios es la totalidad de los bautizados.(Francisco a los religiosos, 2021).
Paradójicamente, este mismo sistema es lento como un glaciar cuando investiga abusos de la corporación eclesiástica, pero rabiosamente eficiente, casi sádico, cuando debe castigar a sacerdotes que rompen el tabú supremo: el celibato obligatorio. No el celibato evangélico, libre y carismático, sino el sistema disciplinario que constituye el meollo del clericalismo. Allí, la mano de la Iglesia institucional no tiembla: degrada, margina, expulsa, invisibiliza. Porque un cura que se casa pone en crisis la estructura entera, revelando que esa estabilidad no está en Cristo, sino en un modelo de poder deshumanizante.
Adviento es liberar la Tradición del cerrojo del clericalismo y escuchar el clamor de las víctimas, abriendo caminos para que el Reino de Dios nazca desde los márgenes. "La Iglesia no puede confundir estabilidad con fidelidad; la fidelidad al Dios de Jesús implica caminar con los que sufren”(I. Guevara). La verdadera fidelidad no es preservar estructuras estáticas, sino servir creativamente a los vulnerables.
En su núcleo, el Adviento es una llamada a la conversión de personas y estructuras. Jesús, el Mesías que esperamos, no viene para legitimar el orden injusto establecido, sino para subvertirlo. La historia de la salvación desinstala estructuras opresivas, no es contubernio con los imperios: el Reino de Dios no se construye en los palacios del poder, sino en los márgenes, en las periferias donde están las víctimas del sistema.
“La espiritualidad de la esperanza no es una evasión de la historia, sino un compromiso en ella” (G.Gutierrez). El Adviento nos llama a ser actores en la construcción del Reino, a colaborar con Dios en la transformación de un mundo injusto. La espera cristiana no es pasiva, sino militante, activa y compasiva. Desarma estructuras de opresión y afirma caminos de justicia y dignidad humana.
“Esperar al Señor es hacer sitio a las víctimas en la mesa de la vida” (J. Sobrino). En el Adviento, no solo esperamos al Mesías de estampita, sino que nos comprometemos con su causa. El verdadero Adviento no es escapar de la realidad en grupitos de autosatisfacción emocional o ilusionarnos con liturgias pop de mercado, sino un llamado a transformarla en Reino de Dios.
El Adviento, lejos de ser una costumbre litúrgica, es un tiempo de conversión radical. La nostalgia del pasado, con sus promesas de seguridad y estabilidad, obstaculiza la auténtica esperanza cristiana. El verdadero Adviento no es la restauración de estructuras pasadas ni la alianza con populismos fundamentalistas, sino la creación de un futuro nuevo, fundado en la justicia, la compasión y la dignidad humana.
“La gloria de Dios es que el pobre viva” (L. Boff), y esa es la esperanza que define este tiempo de espera. La verdadera espera es la que se realiza en la cercanía con los crucificados de la historia: los pobres, los migrantes, los marginados. No esperemos un Mesías que nos devuelva a un "maravilloso" pasado eclesiástico cerrado en sí mismo; esperemos un Mesías que nos impulse hacia el futuro de misericordia y justicia.
poliedroyperiferia@gmail.com
Bibliografía General y Temática
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