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CONVIVIUM: los curas de Madrid toman la palabra

Convivium es discernir con el Pueblo

El Reino de Dios no se discierne en solitario ni entre iguales, sino en la escucha plural —y a veces incómoda— de la realidad.

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Convivium , una esperanza para el Pueblo de Dios

Introducción

En la vida eclesial abundan las palabras nobles: discernimiento, comunión, escucha, sinodalidad. El problema no son las palabras, sino el uso que se hace de ellas. Cuando una iniciativa se presenta como espacio de reflexión sobre “el sacerdote que necesita hoy Madrid”, pero lo hace sin la presencia ni la voz efectiva del Pueblo de Dios de Madrid, surge una pregunta legítima —y evangélicamente incómoda—: ¿estamos ante un verdadero discernimiento eclesial o ante otra versión clerical del viejo “yo me lo guiso, yo me lo como”?

Convivium, la gran reunión presbiteral con intenciones que nadie discute: fraternidad sacerdotal, reflexión compartida, escucha mutua y búsqueda de caminos para el ministerio en un contexto urbano complejo. Todo ello es necesario. Lo problemático no es la reunión en sí, sino su configuración: un espacio exclusivamente clerical, masculino y homogéneo, donde no aparecen ni el laicado, ni las mujeres, ni los sacerdotes casados —como si no existieran—, ni una antropología que dialogue con la complejidad real de la vida humana.

El Evangelio, el Concilio Vaticano II y la mejor tradición teológica contemporánea dibujan un horizonte distinto: una Iglesia donde nadie discierne solo, donde el ministerio no se piensa “sobre” el pueblo, sino "con” el pueblo, y donde toda forma de monopolio espiritual resulta sospechosa. Todos somos necesarios para que la Iglesia no se convierta en una “cámara de eco” donde el clero sólo se escucha a sí mismo y solo fortalece su sentimiento gregario de pertenencia y supremacía corporativa.

I. Clericalismo: una tentación antigua con ropajes nuevos

Jesús fue claro —y poco complaciente— frente a la tentación clerical: “No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre” (Mt 23,9). Y añadió una lógica que sigue siendo escandalosa: “El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (Mc 9,35). El problema nunca fue el ministerio, sino su absolutización.

El clericalismo no es solo una desviación moral; es una antropología defectuosa y una espiritualidad empobrecida. Supone que algunos han sido “ungidos” para pensar, decidir y hablar en nombre de Dios, mientras el resto del Pueblo de Dios escucha, obedece y aporta dinero. Yves Congar denunció con lucidez esta patología: cuando la Iglesia se organiza como una pirámide sacralizada, el Espíritu queda peligrosamente atrapado en la cúspide.

Iniciativas como Convivium corren el riesgo de reforzar esta lógica. Un numeroso grupo de sacerdotes célibes reflexiona sobre el tipo de sacerdote que necesita la ciudad, sin preguntar seriamente a la ciudad ni a la comunidad creyente. La ironía que se discierne “para” el pueblo sin el pueblo; se habla de misión sin escuchar a quienes la reciben; se invoca al Espíritu, pero se encierra el espacio por donde puede soplar.

José Comblin advertía que una Iglesia autorreferencial termina por hablar un lenguaje que solo entienden sus propios ministros. No es necesariamente mala fe; es aislamiento. Y el aislamiento, en clave cristiana, nunca es neutral: siempre debilita la misión.

La teología post-conciliar subraya que el sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para el pueblo de Dios. Ungidos somos todos los bautizados: “Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real” (1 Pe 2,9). El sacerdote no es ungido para distinguirse, acumular privilegios o monopolizar lo sagrado, sino para servir a la comunidad bautismal. De ahí que se hable de “orden”: ordenado a…, nunca separado de. Cuando esta lógica se invierte, la dinámica del poder desplaza la misión apostólica hacia un clericalismo narcisista y autorreferencial.

II. El Vaticano II: del monopolio clerical al Pueblo de Dios

El Concilio Vaticano II produjo una auténtica revolución copernicana al afirmar que la Iglesia es, ante todo, el Pueblo de Dios (Lumen Gentium, 9). El ministerio ordenado existe en su interior y a su servicio, no por encima de él. Esta afirmación no es retórica ni decorativa: tiene consecuencias eclesiológicas, pastorales y estructurales.

Gaudium et Spes abre con una frase clave en el discernimiento eclesial: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo… son también los gozos y las esperanzas de los discípulos de Cristo” (GS 1). Esto es imposible cuando los espacios de reflexión eclesial prescinden sistemáticamente de las voces laicales, especialmente de las mujeres, que representan la mayoría del Pueblo de Dios y sostienen gran parte de la vida cotidiana de la Iglesia.

Ignacio Ellacuría insistía en que la Iglesia debe “hacerse cargo de la realidad, cargar con la realidad y encargarse de la realidad”. Pero qué realidad se discierne cuando se excluye a quienes viven el Evangelio en el matrimonio, en el trabajo, en la crianza, en el cuidado de mayores o en la precariedad social? Más aún: ¿qué credibilidad tiene un discernimiento sobre el ministerio presbiteral que ni siquiera contempla seriamente la posibilidad del sacerdocio casado, opción legítima en la tradición católica, aunque cuidadosamente invisibilizada?

Gustavo Gutiérrez recordaba que toda estructura eclesial debe ser evaluada desde su capacidad de generar vida y esperanza, especialmente entre los pobres. Cuando una forma ministerial se protege a sí misma antes que al Evangelio, ha perdido su razón de ser, aunque conserve formas canónicas impecables.

III. Mujeres, poder y el Evangelio selectivamente recordado

Hay ausencias que hablan más fuerte que muchos discursos. En Convivium, como en tantos otros espacios clericales, la ausencia de mujeres no parece un problema; es lamentablemente “lo normal”. Siguen apareciendo decorativamente en funciones de servicio o apoyo, pero no en los espacios de decisión ni de discernimiento teológico-pastoral. Paradójicamente, esto ocurre en una Iglesia que proclama a María como primera creyente y reconoce a María Magdalena como apóstol de los apóstoles.

Jesús rompió esta discriminación. Dialogó públicamente con mujeres, las integró en su movimiento itinerante y las puso como primeras testigos de la resurrección (Jn 20,18). La exclusión sistemática de las mujeres de los procesos decisorios no es fidelidad a la tradición; es una selección interesada de la tradición, a ellas les está vedado hasta casarse con un sacerdote.

A esto se suma la muralla eclesial levantada frente a los sacerdotes casados, un colectivo silenciado que posee una experiencia pastoral, afectiva y social de enorme valor para una Iglesia que dice querer escuchar al Pueblo de Dios. Ningún documento magisterial vigente ni, mucho menos, el Evangelio avalan este destrato, no se animan a escribirlo, pero sí a practicarlo como omertá, código de silencio. Se trata de una exclusión nacida más del miedo al cuestionamiento del poder sacral que de la fidelidad a Jesús, que llamó discípulos casados y convirtió la vida cotidiana en lugar teológico del Reino.

Yves Congar fue tajante: “Cuando el ministerio se separa del pueblo, deja de ser servicio y se convierte en dominación”. En la misma línea, Comblin denunciaba que el clericalismo sobrevive allí donde se teme que la vida real —la familia, el trabajo, la afectividad— desmonte la ficción de una superioridad sagrada.

Conclusión: del convivium cerrado al banquete del Reino

El Evangelio se juega en mesas abiertas. Jesús no reunió a los perfectos para discernir qué Mesías necesitaba Israel; se dejó interpelar por pescadores, mujeres, extranjeros y pecadores. El Reino de Dios no se discierne en solitario ni entre iguales, sino en la escucha plural —y a veces incómoda— de la realidad.

Si Convivium quiere ser algo más que una reedición amable del clericalismo, deberá abrirse radicalmente al Pueblo de Dios, asumir la sinodalidad como método real y dejarse cuestionar por quienes hoy no tienen voz. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en un ejercicio bienintencionado pero estéril de autojustificación.

La esperanza cristiana no está en reforzar identidades sacerdotales cerradas, sino en una Iglesia donde todos disciernen juntos. Cuando el ministerio baja del pedestal y camina con el pueblo, el Evangelio recupera credibilidad. Y quizá entonces descubramos —con saludable sorpresa— que el Espíritu habla también por bocas no ordenadas, incluso por aquellas que nunca fueron invitadas al convivium.

poliedroyperiferia@gmail.com


Notas al pie comentadas

  1. Yves Congar, Verdadera y falsa reforma en la Iglesia. Congar advierte que toda reforma auténtica nace del Pueblo de Dios y no de élites autorreferenciales. Cuando el ministerio se separa de la comunidad, degenera en sistema defensivo. Esta clave ilumina críticamente cualquier discernimiento clerical sin participación eclesial real.
  2. José Comblin, El poder y la religión. Comblin analiza cómo el poder religioso tiende a sacralizarse a sí mismo cuando pierde su referencia a los pobres y a la historia concreta. Su lectura ayuda a desenmascarar dinámicas clericales que confunden comunión con uniformidad y autoridad con inmunidad.
  3. Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación. Gutiérrez recuerda que la teología nace de la praxis histórica y del clamor de los excluidos. Aplicado al ministerio ordenado, implica que ningún discernimiento puede ser evangélico si no escucha a quienes quedan sistemáticamente fuera: laicos, mujeres, migrantes y también sacerdotes casados.
  4. Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 9–12. El Concilio afirma que el primer sujeto de la unción es el Pueblo de Dios en su conjunto. El ministerio ordenado existe dentro de este pueblo y para él. Cualquier inversión de esta lógica traiciona el espíritu conciliar y refuerza el clericalismo.
  5. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 1. “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo…”: esta frase programática sigue siendo criterio de discernimiento. Una Iglesia encerrada en sí misma deja de hablar evangélicamente al mundo.
  6. Papa Francisco, Evangelii Gaudium 102. Francisco denuncia el clericalismo como una perversión del ministerio que anula el protagonismo bautismal. Sus palabras ofrecen un marco magisterial claro para evaluar prácticas eclesiales que se dicen renovadoras pero mantienen viejas murallas.
  7. Papa Francisco, Fratelli Tutti 99–100. El Papa vincula el cierre identitario con dinámicas de miedo y poder. Leído en clave eclesial, interpela a toda forma de catolicismo que se protege excluyendo y se afirma negando al otro.

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