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El inmigrante no es una amenaza...el enemigo está adentro.

La "regularización" de Jesús

La fe siempre es una herida abierta por donde penetra la Gracia (Péguy) y la inmigración es la herida por la que nuestras sociedades pueden ser redimidas… "a los que lo recibieron, les dio el don de llegar a ser hijos de Dios" (Jn 1,12)

Jesús está entre los que llegan | P&P

Introducción. Cuando el miedo busca culpables

El infierno no son los otros, sino que nos habita cuando los otros son descartados. Cada época elige su “otro” expiatorio. El mecanismo es antiguo y tristemente rentable: cuando la complejidad del mundo abruma, se simplifica el problema señalando a alguien.

Hoy, en muchos discursos políticos y culturales, ese alguien es el inmigrante. Se lo acusa falsamente de amenazar el empleo, la seguridad, la identidad, la convivencia, de reemplazar la raza aria que nos creemos que somos; en suma, de encarnar todos los males difusos de sociedades cansadas y desorientadas. Por más que los datos revelen la importancia económica y civilizatoria de su aporte, el sesgo irracional “anti” da votos. Pero lo novedoso no es el miedo, sino el patrioterismo xenófobo, revestido muchas veces de lenguaje religioso nostálgico. El desencanto por este mundo tecnocrático y desigual ha fabricado su chivo expiatorio: los culpables son los “otros”... los que vienen.

Sin embargo, el Evangelio propone una inversión radical de la mirada. Jesús nunca situó el mal fuera, en el extranjero, en el diferente, sino dentro del corazón humano. “Del corazón salen los malos pensamientos” (Mc 7,21). El verdadero enemigo no viene de fuera; habita en nosotros bajo la forma de soberbia, egoísmo, miedo y deseo de control. Y es precisamente de esa esclavitud interior de la que Jesús viene a liberar.

El inmigrante no es una amenaza, sino un espejo incómodo. Los nacionalismos extremistas, al convertirlo en chivo expiatorio, repiten un patrón histórico de exclusión no cristiano, por más nostalgia de “cruzados” que le pongan. La idea de la jerarquía entre los pueblos y la imposibilidad de la convivencia entre razas es el pecado original que agrieta el presente y futuro de la humanidad global y local.

todos inmigrantes | P&P

I. El enemigo interior: soberbia, miedo y falsa seguridad

La Biblia nos ilumina sobre el origen del mal. Jesús desmonta la obsesión por la pureza externa recordando que no es lo que entra en el ser humano lo que lo contamina, sino lo que sale de su corazón (Mc 7,15). Esta afirmación, profundamente liberadora, resulta también incómoda, porque desplaza la culpa del “otro” al propio interior de la persona y de grupos sectarios en el interior de la sociedad.

Los discursos xenófobos funcionan, en buena medida, como una estrategia espiritual fallida: externalizan el mal para no enfrentarse a las propias sombras. El inmigrante se convierte así en el recipiente simbólico de miedos acumulados —inseguridad económica, pérdida de estatus, fragilidad identitaria— que no se quieren o no se saben elaborar. El problema no es el miedo sino usarlo para obtener rédito político.

Jesús, en cambio, propone otra pedagogía. Cuando sus discípulos quieren hacer bajar fuego del cielo sobre los samaritanos que no los acogen, él los reprende (Lc 9,55). Cuando la multitud sospecha del extranjero, él lo pone como modelo de humanidad en la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,33). El mensaje es consistente: la frontera decisiva no separa nacionales de extranjeros, sino el corazón cerrado del corazón compasivo e inteligente. Jesús afirma la primacía de la compasión que se hace cargo, incluso cuando desestabiliza.

II. Nacionalismos extremos y chivos expiatorios: una historia que se repite

No es nuevo culpar al extranjero de los males internos. El antisemitismo nazi no surgió de la nada: se apoyó en crisis económicas, humillaciones nacionales y una narrativa que presentaba a los judíos como parásitos del cuerpo social. Tenían el modelo de los moros y judíos en la España de la “limpieza de sangre”; también los armenios en el Imperio Otomano; más tarde, otras minorías étnicas, religiosas o culturales en distintos países.

El mecanismo es siempre similar: se construye una identidad nacional supuestamente homogénea y amenazada, se exageran los rasgos del grupo señalado y se promete salvación a cambio de exclusión. René Girard analizó este proceso como el fundamento sacrificial de muchas sociedades: la violencia interna se canaliza hacia una víctima común, cuya eliminación promete restaurar el supuesto orden.

Pero Jesús no solo rechaza la lógica del chivo expiatorio; se coloca deliberadamente en su lugar. Vive entre mestizos y muere “fuera de la ciudad” (Hb 13,12), como excluido, desenmascarando así la violencia religiosa y política que necesita víctimas para sostenerse. “Es mejor que un solo hombre muera por el pueblo, y no que (esta forma de) la nación entera cambie” (Jn 11, 50). Por eso, todo discurso que necesite señalar a un grupo humano como amenaza estructural repite el complot contra Jesús.

Los nacionalismos extremistas contemporáneos, cuando hacen del inmigrante el enemigo, no solo manipulan el miedo: desvían la atención de las verdaderas causas de la desigualdad —la concentración obscena de la riqueza, el expolio económico, la corrupción estructural— y obtienen rédito político a bajo costo. Es más fácil levantar muros que revisar privilegios.

El inmigrante no amenaza el bienestar local; pone en evidencia la fragilidad ética del orden global. Su presencia recuerda que vivimos en un mundo interconectado, pero profundamente desigual, donde la movilidad del capital es celebrada y la movilidad de las personas es criminalizada. Una curiosa contradicción para sociedades que veneran el mercado libre, pero desconfían del ser humano libre. Zygmunt Bauman hablaba de los migrantes como “residuos humanos” de la globalización: personas expulsadas de sus territorios por un sistema económico que concentra riqueza y externaliza miseria.

Hay que aprovechar la venida del inmigrante, son un don. La historia muestra que las naciones que se adelantaron a asimilar los grandes cambios de la humanidad son las que salieron favorecidas por esos cambios. Los inmigrantes no son un mal, los pobres no son un mal, sino que son consecuencia de un mal: la explotación a mansalva de los países pobres legitimada por una farsa de “progreso tecnocrático”.

via crucis del inmigranter | P&P

III. Jesús y el extranjero: una pedagogía de liberación

El Evangelio no deja lugar a dudas sobre la actitud de Jesús frente al extranjero. No lo “tolera” sino que lo acoge como lugar de revelación. Dialoga con la mujer samaritana, rompiendo barreras étnicas y religiosas (Jn 4,9). Alaba la fe del centurión romano, un “enemigo” romano (Mt 8,10). Se identifica explícitamente con el forastero: “Estaba de paso, y me alojaron” (Mt 25,35). En el juicio final, este gesto no es casual, sino criterio decisivo.

Gustavo Gutiérrez afirmaba que el pobre —y hoy, de modo eminente, el migrante— no es solo objeto de ayuda, sino cireneos que nos evangelizan. Emmanuel Levinas, desde la filosofía, afirmaba que el rostro del otro me desinstala y me llama a la responsabilidad antes de cualquier contrato o identidad. El otro, precisamente por ser distinto, me humaniza y completa.

Es indignante que algunos cristianos que se creen muy “ortodoxos y patriotas”, teman que la acogida del inmigrante “diluya” la identidad cristiana. Como si dos mil años de Evangelio pudieran evaporarse por compartir trabajo, techo y pan. Pero una fe que solo sobrevive cerrándose no es fe; es nostalgia. La fe siempre es una herida abierta por donde penetra la Gracia (Péguy) y el extranjero es la herida que por la que nuestras sociedades hastiadas pueden ser redimidas.

Jesús no vino a reforzar murallas identitarias, sino a derribarlas. Su Reino no es una sociedad homogénea, sino una mesa compartida, sinodal. Por eso, el verdadero combate cristiano no se libra contra el extranjero, sino contra todo lo que en nosotros se resiste a amar expansivamente.

Jesus y los extranjeros | P&P

Conclusión. Una esperanza que empieza por dentro

“El inmigrante no es una amenaza…el enemigo está adentro” no es un eslogan provocador, sino una síntesis evangélica. El mayor peligro para nuestras sociedades no es la llegada de personas que buscan vivir, sino la normalización del miedo, del odio y de la mentira. Cuando el corazón se cierra, cualquier diferencia parece una invasión.

La esperanza cristiana no consiste en negar los conflictos reales que plantea la migración, sino en asumirlos desde la inteligencia y la compasión creativas: acoger, proteger, integrar y promover. Implica políticas justas, sí, pero también una conversión interior y comunitaria. Porque cada vez que se rechaza un migrante, es Cristo el descartado.

Si la Iglesia —y la sociedad— se atreven a mirar hacia dentro, a desactivar la soberbia y el egoísmo que anidan en el corazón humano, el inmigrante dejará de ser enemigo y volverá a ser lo que siempre fue en el Evangelio: prójimo, maestro inesperado, presencia de Dios en camino. Y quizá entonces descubramos que la verdadera frontera no está en los mapas, sino en el amor inteligente que aún nos falta aprender.

poliedroyperiferia@gmail.com

Bibliografía inspiradora

Evangelio: Mt 25,31-46; Lc 10,25-37; Mc 7,14-23; Jn 4,1-42; Mt 8,5-13.

Magisterio de la Iglesia: Concilio Vaticano II. Gaudium et Spes. 1965.Apertura a los signos de los tiempos y superación del catolicismo defensivo. Francisco. Fratelli Tutti. 2020.Fraternidad universal frente a nacionalismos cerrados y exclusiones. Evangelii Gaudium. 2013.La Iglesia como comunidad en salida, no autorreferencial. León XIV. Dilexit Te, nn. 73-75. Los migrantes como presencia viva de Cristo y lugar teológico. Juan XXIII. Pacem in Terris. 1963. La dignidad humana como previa a toda frontera.

Teología y espiritualidad liberadora: Gutiérrez, Gustavo. Teología de la liberación. Salamanca: Sígueme, 1972. El pobre como lugar hermenéutico del Evangelio. Sobrino, Jon. Jesucristo liberador. Madrid: Trotta, 1991. Los migrantes como “crucificados de la historia”. Ellacuría, Ignacio. Utopía y profecía. San Salvador: UCA Editores, 1990. Hacerse cargo de la realidad para no sacralizar la injusticia. Metz, Johann Baptist. La fe en la historia y la sociedad. Madrid: Cristiandad, 1979. La “memoria peligrosa” frente a los relatos tranquilizadores.

Pensamiento crítico, ética y sociedad: Bauman, Zygmunt. Vidas desperdiciadas. Buenos Aires: Paidós, 2005. Los migrantes como residuos humanos del sistema global. Sassen, Saskia. Expulsiones. Buenos Aires: Katz, 2015. Migraciones forzadas por la lógica del capital global. Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Taurus, 2006. El chivo expiatorio y la fabricación del enemigo interno. Girard, René. El chivo expiatorio. Barcelona: Anagrama, 1986. La violencia sacrificial y su desmontaje cristológico. Levinas, Emmanuel. Ética e infinito. Madrid: Visor, 1991. El rostro del otro como llamada ética absoluta.

Teología feminista y memoria crítica: Gebara, Ivone. Rompiendo el silencio. Madrid: Trotta, 2006. Crítica al poder religioso y a sus exclusiones históricas. Schüssler Fiorenza, Elisabeth. En memoria de ella. Bilbao: Desclée de Brouwer, 1993. Lectura crítica de la tradición cristiana desde las periferias.

Historia, identidad y nacionalismo: Taylor, Charles. Imaginarios sociales modernos. Barcelona: Paidós, 2006. Cómo los relatos religiosos moldean mentalidades colectivas. Traverso, Enzo. La historia como campo de batalla. Madrid: Alianza, 2012. La repetición histórica de los discursos de exclusión.

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