Hazte socio/a
Última hora:
Roma dice No a que los laicos prediquen en las homilías

Jesús no podría predicar en nuestras Misas

Jesús no podría predicar "canónicamente" hoy en la Misa debido al clericalismo que se resiste la Sinodalidad. Pero el Evangelio no nació para ser monopolizado por una élite sagrada, sino para ser compartido por todo el Pueblo de Dios, porque el Espíritu Santo no sopla desde los privilegios, sino desde la libertad, la fraternidad y la corresponsabilidad bautismal.

Jesús predicando | P&P

Una sinodalidad congelada

La normativa vaticana a la Iglesia alemana de prohibir a los laicos pronunciar homilías durante la misa, aunque estén cualificados e incluso de modo ocasional, manifiesta un congelamiento de la sinodalidad en el campo litúrgico, apenas empezar. Con estas rúbricas, el mismo Jesús no podría predicar en nuestras misas actuales. (Tampoco le fue muy bien en la sinagoga de su pueblo (Lc 4, 16) ya que intentaron apedrearlo).

Jesús no pertenecía a la casta sacerdotal del Templo de Jerusalén. No era levita ni ocupó ningún cargo religioso institucional. La Carta a los Hebreos explica que Jesús no ejerce un sacerdocio terrenal, temporal o basado en leyes humanas. Fue un laico, profeta itinerante y maestro carismático que anunció el Reino de Dios desde los caminos, las casas, las plazas y las mesas compartidas.

La Iglesia está llamada a discernir, acompañar y custodiar la comunión, pero no a convertirse en propietaria de una Palabra que pertenece a Dios y que, por el bautismo, está destinada a ser anunciada por todo el Pueblo de Dios. La normativa humana excede su competencia cuando sofoca carismas y limita la participación de los bautizados, contradiciendo al Espíritu que «sopla donde quiere» (Jn 3,8) y que no se deja encerrar en fronteras clericales ni en privilegios sagrados inventados por los hombres.

La paradoja es eque mientras la Iglesia predica hacia afuera la dignidad humana, inclusión, pobres, víctimas y participación, hacia adentro sigue reforzando dinámicas que contradicen la sinodalidad.

La pregunta no es quién tiene permiso para hablar, sino qué modelo de Iglesia estamos construyendo.

I. Del Pueblo de Dios a la sacralización del clero: una sinodalidad resistida

El Concilio Vaticano II recuperó la noción del cristianismo primitivo: la Iglesia es, antes que nada, Pueblo de Dios. No una élite sagrada separada de la comunidad, sino un pueblo donde todos los bautizados participan de una misma dignidad fundamental y el ministerio está “ordenado “al mismo, no por encima.

Sin embargo, parece que el clericalismo puede estar retomando la batuta después de la partida de Francisco.

La prohibición de la homilía a laicos preparados y en ciertas ocasiones, es síntoma de un problema mayor: la dificultad para abandonar una concepción hiper-jerarquizada de la Iglesia.

La sinodalidad, por el contrario, significa caminar juntos, discernir juntos y escuchar juntos. Significa construir una Iglesia con el pueblo y no sobre el pueblo. Pero el clericalismo hace exactamente lo contrario: administra, regula y monopoliza la palabra sagrada. Incluso en muchas iglesias no hay laicos ministros de la eucaristía que acompañen a distribuir la comunión en la misa.

Existe una contradicción difícil de ignorar: la Iglesia pide participación democrática a la sociedad, pero internamente mantiene espacios impermeables a la corresponsabilidad bautismal.

No se trata de eliminar los ministerios ordenados, sino de desacralizar una concepción del poder que no proviene del Evangelio. La exageración del principio in persona Christi (actuar en la persona de Cristo) reduce la mediación sacerdotal a una identificación mágica. Esto fomenta históricamente una cultura clerical donde el clero se sitúa "ontológicamente" por encima del laicado, promoviendo el abuso de poder y la exclusión de los fieles.

Porque Jesús nunca construyó una estructura basada en el temor reverencial a un ministro que es supersticiosamente “superior”. Jesús nunca pidió obediencia ciega ni sometimiento psicológico. ¡Nunca convirtió la fe en un mecanismo de dependencia espiritual a seres “ontológicamente” superiores… por su celibato! (eso es lo que afirmaba el tradicionalista cardenal Sara, gran opositor de Francisco)

Cuando esto sucede, el anuncio cristiano corre el riesgo de convertirse en una forma de proselitismo religioso, entendido como manipulación de las conciencias para sumar fieles antes que formar personas libres.

El Evangelio no busca adeptos sometidos, sino discípulos maduros, capaces de hablar: “Hay de mi si no evangelizara” (1 Cor 9:16), decía San Pablo, “el segundo fundador del cristianismo” …y que tampoco era sacerdote sacramental y ministerialmente. Tampoco, San Francisco de Asís, considerado el santo que mejor se pareció a Cristo, quiso acceder a las sagradas órdenes viendo los privilegios que habían ido envolviendo al ministerio con el tiempo…y sin embargo su predicación ¡era escuchada hasta por los pájaros del cielo!.

II. De la mesa compartida al monopolio de la palabra: recuperar la Iglesia de Jesús

Los estudios históricos muestran que el cristianismo nació como un movimiento profundamente laical. Jesús no fundó una religión centrada en altares ni un sistema de intermediarios exclusivos. Fundó una comunidad reunida alrededor de una mesa.

Como recuerda Agustín de la Torre (RD 22/6)26), el cristianismo nació a la intemperie, en los caminos polvorientos de Galilea, entre pobres, enfermos, mujeres, pescadores y marginados.

La Eucaristía nació como una mesa compartida, no como un espacio de separación entre quienes poseen la palabra y quienes deben limitarse a escucharla.

Con el paso de los siglos, la Iglesia se institucionalizó y expandió. Pero también asumió lógicas imperiales: centralización, jerarquización y progresiva separación entre el clero y el pueblo.

El resultado es conocido: la comunidad pasó de protagonista a espectadora. El cura tridentino de espaldas a la comunidad solo se dio vuelta teatralmente para seguir siendo canónicamente el centro y dueño de la religión.

Esta lógica sigue viva cuando las mujeres permanecen excluidas de numerosos espacios de decisión, cuando los laicos son considerados colaboradores secundarios y cuando los aproximadamente 100.000 sacerdotes casados existentes en el mundo permanecen invisibilizados y excluidos de una pastoral orgánica eclesial.

La paradoja es injusta y dolorosa. La institución puede denunciar la exclusión social mientras mantiene sus propios mecanismos de descarte, una contradicción que afecta a su credibilidad.

La cuestión no es disciplinaria ni para canonistas especializados en blindar el derecho clerical, sino evangélica. Porque una Iglesia que no incorpora y reincorpora a quienes ha marginado difícilmente podrá anunciar una misericordia creíble.

Parece más importante imponer determinadas rúbricas litúrgicas que afrontar con valentía las reformas estructurales (por ej. el celibato obligatorio) que permitirían prevenir abusos y ampliar la participación eclesial.

Todo ello revela la persistencia de una hiper-sacralización no evangélica de los ministros. Es llamativo que siendo el clericalismo uno de los peores males de la Iglesia, según palabras del papa Francisco, que lo denunciaba a menudo, el papa León no lo haya mencionado ni una vez en su viaje a España, un lugar donde abunda estratosféricamente.

Nadie discute la importancia del ministerio ordenado. Lo que se cuestiona es su absolutización y la distancia que establece con el resto del Pueblo de Dios. Porque ningún sacramento convierte a una persona en superior a otra.

Nadie es dueño del misterio.

Nadie monopoliza el Espíritu Santo.

Y nadie puede apropiarse de una Palabra que pertenece a todo el Pueblo de Dios.

Conclusión: una Iglesia que escucha o una Iglesia que se vacía

No se trata únicamente de preguntarnos si Jesús podría predicar en nuestras misas, también cabe preguntarse si ¿se sentiría cómodo Jesús en una Iglesia donde la palabra está tan fiscalizada por una estructura que teme compartirla?

La respuesta no exige destruir la tradición ni desmantelar los ministerios. Es mucho más evangélico: convertir la autoridad en servicio y la sacralidad en fraternidad.

El futuro de la Iglesia no pasa por reforzar los privilegios clericales, sino por recuperar la audacia del Evangelio "para todos, todos, todos".

Una Iglesia verdaderamente sinodal no teme la voz de los laicos, no sospecha de las mujeres, no invisibiliza a los sacerdotes casados, no infantiliza las conciencias ni monopoliza la palabra de Dios. Porque el Evangelio nunca fue propiedad de una élite religiosa.

Jesús anunció un Reino donde los últimos ocupan el centro, los vulnerables enseñan, los pequeños evangelizan y el Espíritu sopla donde quiere.

Solo una Iglesia que abandone la obsesión por proteger su prestigio y vuelva a sentarse a la mesa con todo el Pueblo de Dios podrá recuperar la frescura de sus orígenes.

Porque la gran reforma pendiente no consiste en cambiar rúbrica y ritos, sino en pasar de una Iglesia que habla sobre el pueblo a una Iglesia que camina con el Pueblo de Dios.

poliedroyperiferia@gmail.com

También te puede interesar

La Teología de Antonio Banderas

El Hechizo de Dios

Lo último