La moneda del César y el rostro de los pobres
Dar al César su moneda es fácil; más difícil es devolver a Dios su imagen cuando ha sido humillada en el pobre, el migrante, el excluido o la conciencia sometida. El verdadero conflicto no es entre religión y política, sino entre Dios y todo poder que abusa.
Hemos domesticado demasiado una de las frases más provocadoras de Jesús: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». La convertimos en una especie de fórmula que lo resuelve todo: aquí comienza la política, allí termina la religión; éstos son los asuntos del Estado y aquéllos pertenecen a la Iglesia. Pero Jesús no dice: «Dad al César lo suyo y a la religión lo suyo». Dice «a Dios lo que es de Dios». Esa diferencia lo cambia todo.
Jesús pide que le muestren la moneda y pregunta por la imagen grabada en ella. Lleva el rostro del César. Puede devolvérsele, porque pertenece al circuito de su poder. Pero la tradición cristiana de los inicios interpretaba a qué se refería “lo que es de Dios”. Tertuliano decía: si la moneda lleva la imagen del emperador, el ser humano lleva la imagen y semejanza de Dios. Al César puede entregársele su moneda; a Dios hay que devolverle aquello que lleva su imagen: la persona humana.
La frase va más allá de una teoría sobre las competencias del Estado y la Iglesia. Y plantea una pregunta disruptiva: ¿quién está intentando apropiarse hoy de aquello que pertenece a Dios?
Cuando los nuevos césares reclaman también nuestras conciencias
El César cambia camaleónicamente en la historia. A veces es una forma del Estado omnipotente; otras, del mercado convertido en criterio absoluto; puede aparecer como una tecnología capaz de concentrar información y poder en pocas manos o como un nacionalismo que promete seguridad si aceptamos nuevas inquisiciones anti-inmigrantes. Estamos en una época de sociedades cansadas, inseguras o polarizadas que vuelven a sentirse seducidas por dirigentes autoritarios, simplificaciones identitarias y descrédito de la complejidad democrática.Está de vuelta de la fascinación por el César y creer que las soluciones están en saltarse límites, contrapesos, minorías incómodas, deliberaciones lentas e impulsar un "progreso" para unos pocos y que descarta a muchos.
Por eso «dar a Dios lo que es de Dios» no puede significar simplemente multiplicar culto, procesiones, mortificaciones o prácticas devocionales. Todo ello puede expresar una fe verdadera, pero también puede convertirse en una extraordinaria evasión religiosa. Dios no necesita que defendamos su parcela frente al César como si ambos fueran propietarios vecinos. Lo de Dios es también el trabajador precarizado, el migrante convertido en amenaza, el pobre transformado en estadística, el enfermo que no resulta rentable, el anciano descartado y el niño cuya posibilidad de desarrollarse depende del barrio donde nació.
Gustavo Gutiérrez insistió en que la opción por los pobres no nace de una idealización romántica de los pobres, sino de Dios. Los pobres pueden equivocarse como cualquiera; la razón de la preferencia es que Dios no acepta que determinados seres humanos sean tratados como “no personas”. La pregunta por Dios desemboca es la pregunta por aquellos cuya humanidad está siendo disminuida a los que Jesús unió su destino.
Ignacio Ellacuría hablaba sobre los «pueblos crucificados». El cristianismo no consiste sólo en contemplar al Crucificado, sino en reconocer qué pueblos siguen siendo crucificados y qué mecanismos históricos producen sus cruces. Una espiritualidad que besa la cruz de Cristo pero evita preguntar quién fabrica cruces, no da a Dios lo que es de Dios: tuve hambre y no me diste de comer…(Mt 25).
También hay césares dentro de la Iglesia
La advertencia de Jesús alcanza también a cualquier mediación religiosa que confunda servir a Dios con apropiarse de Él, poseer las conciencias o absolutizar formas históricas, disciplinas y modelos eclesiales.
Sería fácil encontrar maniqueamente todos los césares fuera de la Iglesia. También existe una tentación cesarista dentro de lo religioso. Aparece cuando la mediación eclesial deja de conducir hacia Dios y comienza a comportarse como si fuera dueña en vez de administradora de la viña; cuando un sacerdote confunde acompañar conciencias con poseerlas, o una institución identifica fidelidad a Cristo con obediencia a su propia cultura, disciplina o visión histórica.
Es la esencia del clericalismo. No simplemente que los sacerdotes intervengan demasiado, sino algo teológicamente más grave: creer que porque alguien posee un ministerio puede ocupar el lugar de Dios en la conciencia ajena y que está capacitado para meterse en cualquier ámbito propio de la esfera secular, negando al Vaticano II que reconoce la legítima autonomía de la sociedad, la ciencia, la economía y la política poseen leyes y métodos propios que deben respetarse (GS 36).
Francisco lo denunció repetidamente porque detrás del clericalismo existe una forma espiritual de dominio. El sacerdote deja de ser servidor de la comunión y se transforma en el centro, deja de caminar con el Pueblo y se perpetúa sobre él.
Jesús rompe ambas pretensiones. Desacraliza al César, pero también relativiza cualquier mediación religiosa que pretenda ocupar el lugar de Dios. El Estado no salva; el mercado no salva; la nación no salva; un líder fuerte no salva. Pero tampoco salva una institución convertida en fin de sí misma, que se defiende a sí misma antes que a las víctimas, que celebra liturgias utilizadas como bandera identitaria o sacraliza disciplinas humanas como la exclusión de la mujer o de los sacerdotes casados a categoría de voluntad divina.
Conclusión: Devolver a Dios lo que lleva su imagen
La pregunta decisiva permanece abierta: si devolvemos al César su moneda, ¿qué debemos devolver a Dios? Jesús respondió con su propia vida: devolviendo dignidad al humillado, palabra al silenciado, pan al hambriento, perdón al condenado y lugar en la comunidad a los excluidos. Dar a Dios lo que es de Dios es reconocer y restaurar su imagen allí donde nuestros sistemas políticos, económicos e incluso religiosos la usurpan.
Éste es el aporte del cristianismo a un mundo tentado por nuevos cesarismos. No conquistar el poder para imponer el Evangelio ni retirarse del mundo para conservar una supuesta pureza, sino habitar la historia desde el Reino: discerniendo, denunciando ídolos, sirviendo, construyendo comunidad y colaborando con cuantos trabajan por una humanidad más justa y solidaria.
Es lo que acaba de decir el cardenal Cobo Cobo, defendiendo a la Iglesia samaritana y presente en las realidades de exclusión, pese a que “seamos pocos”: “no conozco ninguna realidad de exclusión donde no haya una presencia de la Iglesia”. Eso "es lo que nos ha salvado, y lo que nos salvará, la caridad”. (RD, 15/10/26)
El César seguirá acuñando monedas y reclamando aquello que legítimamente corresponde a la organización de la sociedad. El problema comienza cuando pretende acuñar también las conciencias, decidir qué vidas valen y cuáles resultan prescindibles. Y lo mismo sucede cuando una autoridad religiosa pretende usurpar el lugar de Dios. Frente a ambos excesos, el Evangelio reclama: ni el pobre, ni el migrante, ni el trabajador, ni el adversario, ni ninguna conciencia humana pertenecen al César, tampoco al César religioso. Llevan otra imagen. Y ésa sólo pertenece a Dios.