El Núremberg que la Iglesia necesita

La pederastia clerical ante chivos expiatorios o la responsabilidad estructural

“Como en Núremberg, la pregunta decisiva no es solo quién cometió el mal, sino qué sistema lo permitió, lo protegió y lo reprodujo"

Un jerarca nazi en una sesión del famoso juicio
Un jerarca nazi en una sesión del famoso juicio | P&P

Introducción: Más allá de los chivos expiatorios del mal

Núremberg no pertenece solo al pasado. No es un episodio cerrado de la historia ni un triunfo definitivo de la justicia sobre la barbarie. Núremberg es una pregunta abierta que sigue atravesando la conciencia humana —y de manera particular, la conciencia creyente—: ¿cómo se gesta el mal?, ¿quién lo sostiene?, ¿quién se beneficia de él?, ¿quién calla?, ¿quién obedece?, ¿quién mira hacia otro lado?

Los Juicios de Nüremberg (1945–1946) recreados últimamente por la película con el polifacético Russell Crowe como Göring, marcaron un hito moral: por primera vez, el poder fue llamado a rendir cuentas ante una instancia que apelaba a la humanidad misma. Sin embargo, también revelaron un límite: creer que el mal puede ser conjurado sacrificando a algunos culpables visibles, mientras las estructuras que lo hicieron posible permanecen intactas, recicladas, tanto en los vencedores como en los vencidos: "Ustedes no tienen la razón, sólo ganaron una guerra" (Göering).

Hoy, la Iglesia católica se encuentra ante una interpelación análoga (metafóricamente). La pederastia clerical —extendida globalmente y sostenida por encubrimientos sistemáticos— no puede ser comprendida solo como crímenes individuales. Reducirla a “casos aislados” o a la sanción ejemplar de algunos abusadores reproduce la lógica del chivo expiatorio. Como en Núremberg, la pregunta decisiva no es solo quién cometió el mal (muchos aún en la sombra), sino qué sistema lo permitió, lo protegió y lo reprodujo. Además, si la institución realmente se hizo cargo de las víctimas con misericordia o a regañadientes, como está sucediendo.


I. Chivos expiatorios y tranquilización moral: cuando el sistema queda a salvo

Una de las estrategias más antiguas del mal es su camuflaje mediante la personalización de la culpa. Cuando el horror se concentra en figuras monstruosas, el resto siente el hipócrita alivio de la inocencia. René Girard mostró cómo el mecanismo del chivo expiatorio permite purgar simbólicamente la violencia sin transformar las condiciones que la generan. Se condena a algunos para absolver al sistema.

Esto es exactamente lo que ocurre cuando la pederastia clerical se aborda exclusivamente desde la lógica penal individual, sin cuestionar las estructuras eclesiales que la incubaron: clericalismo, sacralización del poder, cultura del silencio, obediencia acrítica y una comprensión cada vez más deformada del ministerio ordenado. El papa Francisco ha sido claro: “El clericalismo está en la raíz de muchos de los males que hoy denunciamos” (Carta al Pueblo de Dios, 2018).

Desde la fe bíblica, los profetas denunciaban sistemas enteros que normalizaban la injusticia. Jesús mismo no fue ejecutado solo por un gobernante débil como Pilato, sino por la convergencia de intereses religiosos, políticos y sociales que prefirieron la preservación del orden al cuidado de las víctimas.

Núremberg nos advierte, leído proféticamente, de un peligro permanente: creer que castigando a algunos responsables visibles se elimina el mal. Pero los grandes crímenes necesitan siempre estructuras de cómplices que los sostengan. Lo mismo sucede con los abusos sexuales en la Iglesia: sin encubrimiento, sin traslados sistemáticos, sin silenciamiento de víctimas, sin una teología que sacraliza al clérigo y desconfía del laico, no habría habido esta devastación.


II. La banalidad del mal y la obediencia sin conciencia en la Iglesia

Hannah Arendt estremeció al mundo al hablar de la “banalidad del mal” durante el juicio al nazi Adolf Eichmann. No porque el mal sea trivial, sino porque puede ejecutarse desde la normalidad, la rutina, la obediencia. El mal no siempre grita; a veces firma documentos, cumple protocolos y se refugia en el “siempre se hizo así”.

Este diagnóstico ayuda a comprender el encubrimiento eclesial. Obispos, superiores religiosos, funcionarios vaticanos no siempre actuaron por perversidad personal, sino por una obediencia mal entendida, por miedo al escándalo, por defensa corporativa de la institución. Pero la teología moral es clara: no toda obediencia es virtud. San Agustín lo formuló con lucidez: lex iniusta non est lex.

Cuando la conciencia "debida" se delega en el sistema, el mal se vuelve administrable. Pero la obediencia que silencia a la conciencia es complicidad. Una fe que no incomoda al poder ha dejado de ser cristiana.

En este punto, no puede eludirse una cuestión estructural decisiva: la soledad institucionalizada del clero y el celibato obligatorio. Sin caer en reduccionismos, resulta irresponsable negar que un sistema que impone el celibato como angelización no genere patologías inhumanas, mientras castiga severamente a sacerdotes casados que lo dejan “oficialmente” (dobles vidas, aparte). No se trata de demonizar el celibato, sino de reconocer que cuando es obligatorio, sacralizante y no carismático, es un factor patógeno. Se trata también de reincorporar a los sacerdotes casados para que el ministerio sea un poliedro y no una uniformidad “de género” que sesga la realidad.


III. Núremberg y la Iglesia: justicia punitiva o conversión estructural

Núremberg intentó poner límites al mal mediante el derecho internacional. Fue un símbolo necesario y sigue siéndolo. Pero incluso sus protagonistas sabían que el derecho, sin conversión cultural y ética, es insuficiente. De modo análogo, la Iglesia necesita hoy tribunales, sanciones, cooperación con la justicia civil. Pero eso no basta.

El papa Francisco ha insistido en que “no se puede pretender resolver una crisis solo con medidas disciplinarias” (Fratelli tutti, 166). Se requiere una transformación profunda de mentalidades, estructuras y prácticas. Hay que comenzar con las víctimas porque una Iglesia que las olvida termina legitimando el abuso del poder. Por eso Francisco insistía en que las víctimas son el centro, no como estrategia comunicacional, sino como criterio teológico.

Aquí emerge el paralelo decisivo con Núremberg: ¿queremos una justicia que tranquilice conciencias o una justicia que transforme el sistema? ¿Una Iglesia que expulse culpables para salvar su imagen o una Iglesia que se deje juzgar por el Evangelio? La respuesta no es solo jurídica; es espiritual y estructural.

Tras las grandes catástrofes morales, la humanidad se ve obligada a un examen que no busca humillar, sino sanar. Así ocurrió con la desnazificación alemana tras la Segunda Guerra Mundial, y así se impone hoy la desclericalización de la Iglesia: no como revancha, sino como proceso pedagógico, doloroso y esperanzador, orientado a la verdad, la responsabilidad compartida y la reconstrucción ética desde la memoria y la conversión.

El Evangelio no propone soluciones violentas ni sacrificios rituales de culpables. Propone conversión: no se trata de amputar personas, sino de extirpar estructuras dañinas. Una Iglesia que no se reforma profundamente corre el riesgo de repetir, con otros rostros, más horrores.


Conclusión: esperanza vigilante y cambios que honran a las víctimas

Núremberg no nos autoriza a tranquilizarnos. Nos obliga a vigilar. Nos recuerda que el mal no se agota en culpables visibles ni se vence solo con tribunales. La justicia que no transforma estructuras prepara nuevas catástrofes.

Hoy, frente a la pederastia clerical, la tentación es la misma: ajusticiar a unos pocos culpables individuales para tapar sus problemas estructurales. Pero el Evangelio no permite esa comodidad. Nos llama a una memoria peligrosa que incomoda, desestabiliza y convierte. “La verdad los hará libres” (Jn 8,32), pero solo si es asumida sin defensas corporativas.

La esperanza cristiana no es ingenua. Es exigente y vigilante. Cree en la posibilidad de cambio porque cree en la fuerza del Espíritu. Cambios reales: revisión del celibato obligatorio, superación del clericalismo, participación laical efectiva —especialmente de mujeres—, recuperación de sacerdotes casados para la pastoral orgánica, transparencia radical y primacía absoluta de las víctimas.

Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios” (Mi 6,8) no es un lema piadoso: es un programa histórico. Solo una Iglesia que se atreva a cambiar sus estructuras podrá anunciar con credibilidad al Dios que no encubre el mal, sino que lo enfrenta para sanar. Esa es la esperanza que no defrauda.

poliedro&periferia@gmail.com

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