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Orígenes del Clericalismo laical

La reproducción de un sistema jerárquico abusivo

El clericalismo laical no es independiente, sino que es fruto, prolongación y reproducción del clericalismo estructural de una Iglesia excesivamente jerárquica y muy poco sinodal.

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Iglesia Peregrina | P&P

Cuando se habla de clericalismo, la mirada suele dirigirse casi automáticamente hacia los ministros ordenados: obispos, sacerdotes o estructuras jerárquicas visibles. Sin embargo, en las últimas décadas ha emergido con fuerza otra forma más sutil y, en muchos casos, más difícil de detectar: el clericalismo ejercido por laicos dentro de movimientos, comunidades o parroquias.

A primera vista, podría parecer que este fenómeno es autónomo, que nace espontáneamente en ciertos grupos o liderazgos laicales. Pero el clericalismo laical no es independiente, sino que es fruto, prolongación y reproducción del clericalismo estructural de una Iglesia excesivamente jerárquica y muy poco sinodal. No surge en el vacío, ni del necesario protagonismo de los laicos, sino dentro de un sistema que lo ha configurado, permitido y, en ocasiones, promovido.

Por ello, la cuestión no es solo corregir abusos concretos en determinados movimientos, sino comprender el modelo eclesial que los hace posibles, que responde en última instancia a ese “gen egoísta” y vanidoso (tal vez el “pecado original” en términos religiosos) que todos llevamos dentro y que nos predispone a sentirnos superiores, dominar y someter a otros.

Pero “entre ustedes no debe ser así”, dijo Jesús, el Mesías que no andaba postureando su divinidad (Fil 2,6) sino que alaba a los humildes. Él estableció el servicio (Mt 20,20) y el samaritanismo (Lc 10,25) como señales de una nueva lógica en la cual nos llama “amigos” y no siervos (Jn 15, 15), mientras pide que no nos dejemos llamar padre o maestro (Mt 23,8) y se muestra compañero de camino (Lc 24,13)

I. El clericalismo laical como reproducción de un modelo jerárquico

El testimonio recogido en experiencias como las relatadas por Ramón Fandos (RD 24/4/26) en contextos de comunidades como las del Camino Neocatecumenal pone de manifiesto una realidad inquietante: laicos que ejercen autoridad absoluta sobre la conciencia de otros, legitimados por un supuesto “carisma” superior o el premio a la obsecuencia de sacristía.

Estos “equipos de catequistas”, aun siendo laicos, actúan desde el poder. Se les atribuye una capacidad especial para discernir la voluntad de Dios sobre la vida de los demás, lo que les permite intervenir en decisiones íntimas: relaciones familiares, sexualidad, economía o vocación personal.

Los llamados “escrutinios” expresan un auténtico tribunal de conciencia, donde la intimidad del individuo queda expuesta públicamente y sometida a juicio. La obediencia se presenta como fidelidad a Dios, y la duda como pecado.

Sin embargo, esta forma de ejercer autoridad no es una anomalía aislada. Es el reflejo de un modelo eclesial donde la autoridad se entiende como dominio sobre la conciencia. Estos laicos no inventan este esquema: lo reproducen.

En una Iglesia fuertemente jerárquica, donde durante siglos se ha identificado autoridad con poder y obediencia con sumisión, los laicos formados en ese sistema terminan internalizando y replicando esas mismas lógicas en vez de vivir una sana participación.

Por eso, el clericalismo laical no puede analizarse sin referencia al clericalismo de los ministros ordenados. Es su extensión, su eco y su consecuencia.

A la luz de Pierre Bourdieu y Paulo Freire, el clericalismo laical puede entenderse como la reproducción interiorizada del poder: los laicos, formados en estructuras jerárquicas absolutistas, incorporan la lógica clerical y la ejercen, creyendo incluso que es la única forma posible de vivir la Iglesia.

II. Formación, control y responsabilidad: nada ocurre al margen de la jerarquía

Existe el mito de que ciertos abusos en movimientos o comunidades son desviaciones puntuales, ajenas al control de la Iglesia institucional. Sin embargo, esto resulta difícil de sostener en una estructura eclesial tan organizada y jerárquica. Difícilmente algo que afecta de manera sistemática a la vida de las personas ocurre sin conocimiento, supervisión o, al menos, tolerancia de la jerarquía.

Los movimientos eclesiales no son realidades autónomas. Están aprobados, acompañados y apañados por obispos y sacerdotes. Sus itinerarios formativos, sus prácticas y sus liderazgos se desarrollan dentro de un marco eclesial que los valida.

Esto no implica necesariamente una intención consciente de manipulación. Muchas veces no hay “mala voluntad”. Pero sí existe un problema estructural: no hay protección de la conciencia individual.

Cuando se permite que laicos ejerzan autoridad espiritual sin límites claros, cuando se legitima la idea de que alguien puede hablar “en nombre del Espíritu Santo” sobre la vida concreta de otro, se abre la puerta al abuso moral y psicológico profundamente dañinos.

Además, si hay problemas, el sistema se protege a sí mismo, minimizando el daño: “eras libre”, “podías irte”, “no es para tanto”. Se traslada la responsabilidad a la víctima y se refuerza la impunidad del sistema.

III. La manipulación de la conciencia: el núcleo del problema

El aspecto más grave del clericalismo laico no es solo el control externo, sino la manipulación interna de la conciencia.

La Iglesia trabaja en el ámbito más delicado del ser humano: su relación con Dios, su libertad interior, su sentido de vida. Cuando ese espacio es invadido, las consecuencias son profundas y duraderas.

La presión psicológica se ejerce a través de mecanismos religiosos:

  • Identificar la obediencia a los catequistas con la obediencia a Dios
  • Asociar la disidencia con pecado o falta de fe
  • Generar miedo espiritual (“estar fuera de la voluntad de Dios”)

Esto produce un sometimiento que no siempre es visible, pero que deja heridas profundas: culpa, inseguridad, pérdida de autonomía, dificultad para tomar decisiones libres, obsecuencia sistémica.

El problema no es solo que algunos individuos actúen de manera abusiva, sino el marco teológico y pastoral que lo adiestra, permite y justifica.

IV. Hacia una Iglesia más evangélica: superar el clericalismo en todas sus formas

No basta con señalar a algunos laicos o movimientos cuyos modus operandi son el de sectas. Es necesario revisar el modelo de autoridad en toda la Iglesia.

El Evangelio propone una lógica radicalmente distinta. Jesús no domina, no impone, no controla la conciencia. Acompaña, escucha, libera. Llama a sus discípulos “amigos”, no siervos. Su pastoreo es la carta magna de la Sinodalidad.

Por eso, el clericalismo —sea ejercido por clérigos o laicos— es una deformación del Evangelio. Convierte el servicio en poder y la comunidad en espacio de control.

La superación del clericalismo exige una Iglesia sinodal donde la autoridad sirva, la conciencia sea inviolable, la formación libere y la transparencia garantice responsabilidad, desterrando todo abuso de poder sobre las conciencias.

También implica reconocer errores, escuchar a quienes han sufrido y asumir que el problema no es solo individual, sino estructural. Por algo hay tan pocos laicos proclamados santos y tantos ministros en los altares por más que Francisco haya reivindicado el papel de “los santos de la puerta de al lado”. Hay que revisar la hagiografía centrada en los clérigos y de migajas para los laicos.

Conclusión: del control a la comunión

El clericalismo laico no es un fenómeno aislado ni autónomo. Es el fruto de una cultura eclesial que ha identificado durante demasiado tiempo autoridad con poder-privilegio y la obediencia con “sumisión-temor reverencial”.

Si queremos una iglesia fiel al Evangelio, es necesario cambiar. No basta con corregir excesos; hay que transformar las raíces.

Porque el mensaje de Jesús no puede ser utilizado para controlar conciencias ni decidir la vida de los demás. Está llamado a sanar, a liberar y a devolver la dignidad a cada persona.

Y eso solo será posible cuando la Iglesia deje de reproducir lógicas de dominio —en cualquier nivel— y se convierta, de verdad, en una comunidad de hermanos donde nadie se sitúe por encima de la conciencia del otro, sino al lado, sinodalmente, caminando juntos.

poliedroyperiferia@gmail.com

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