una lectura teológica del poder en la era digital
El pensamiento de Francisco ante Davos y la Tecnocracia global
una lectura teológica del poder en la era digital
Vivimos un cambio de época en el que el poder global ha desplazado aceleradamente su centro de gravedad. Ya no reside principalmente en los Estados ni siquiera en los grandes bloques financieros tradicionales, sino en corporaciones tecnológicas capaces de influir simultáneamente en la economía, la política, la cultura, la guerra y la subjetividad humana. El Foro Económico Mundial de Davos 2026 ha reflejado este desplazamiento: incluso los más ricos y poderosos del mundo observan con estupor cómo empresas tecnológicas concentran una capacidad de decisión y de modelación de la realidad sin precedentes históricos.
El papa Francisco describió las raíces de este fenómeno al hablar del paradigma tecnocrático, en la encíclica Laudato Si’. No solo significa abuso tecnológico o acumulación económica, sino de una forma de racionalidad que absolutiza la técnica, la eficiencia y el control, desplazando las preguntas éticas, sociales y espirituales.
La pregunta que atraviesa estas páginas es sencilla y radical a la vez: qué ocurre cuando la técnica deja de ser instrumento y se convierte en criterio último de verdad, poder y salvación?
El Foro de Davos 2026 ha funcionado como una vitrina involuntaria del nuevo orden global. Figuras como Elon Musk, Satya Nadella, Jensen Huang o Alex Karp se presentaron no solo como empresarios exitosos, sino como ¡arquitectos del futuro de la civilización!. Sus compañías controlan infraestructuras críticas —datos, chips, inteligencia artificial, plataformas de comunicación, sistemas de defensa— y poseen capitalizaciones bursátiles comparables al PIB de grandes Estados.
El caso de Nvidia, cuya valoración se acerca a la economía alemana, o el de Palantir, integrada en la maquinaria bélica del Pentágono, muestra que ya no estamos ante simples actores del mercado. Estas empresas influyen directamente en decisiones geopolíticas, condicionan políticas públicas y modelan la percepción social de la realidad. Elon Musk puede hablar en Davos de la “supervivencia de la conciencia humana” mientras utiliza una red social como herramienta de presión política masiva. La retórica visionaria convive sin pudor con la crudeza del poder.
Este escenario encarna lo que Francisco denuncia con claridad: “La tecnología tiende a absorberlo todo en su lógica de hierro” (Laudato Si’, 108). El paradigma tecnocrático se caracteriza por presentar el poder como neutral, inevitable y autorregulado. Sin embargo, como advierte el Papa, el problema no es la técnica en sí, sino “el modo como la humanidad ha asumido la tecnología y su desarrollo” (LS 105)
Incluso en Davos hay incertidumbre: CEOs temerosos de represalias políticas, instituciones inquietas por el impacto laboral de la inteligencia artificial, advertencias del FMI sobre la destrucción de empleos de entrada para jóvenes. El poder tecnocrático no solo produce fascinación; produce también dependencia, vulnerabilidad y silencios forzados.
Frente a esta acumulación de poder sin rostro, el Evangelio introduce una pregunta incómoda y decisiva. Jesús no analiza infraestructuras digitales ni mercados globales, pero ofrece un criterio universal de discernimiento: la vida concreta de los pequeños. “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mc 8,36). Esta advertencia sigue siendo actual.
El paradigma tecnocrático promete progreso, eficiencia y crecimiento ilimitado, pero lo hace a costa de nuevas formas de exclusión. La automatización desplaza trabajadores, los algoritmos invisibilizan personas, la economía digital concentra riqueza mientras descarta grandes masas humanas. Francisco lo expresa con crudeza: “Los más pobres son los que más sufren los efectos de la degradación ambiental y social” (LS 48).
Jesús desenmascara la lógica de un poder que se absolutiza: “Los jefes de las naciones las dominan… no ha de ser así entre vosotros” (Mc 10,42-43). El poder que no se orienta al servicio pierde su legitimidad. Y el Evangelio va más lejos aún al identificar a Cristo con los excluidos: “Lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).
Desde esta perspectiva, la tecnocracia no es solo un problema técnico o económico, sino cristológico. Allí donde la técnica produce descarte, Jesús queda crucificado de nuevo. Una tecnología que no se deja interpelar por el clamor de los pobres y de la tierra se convierte en idolatría. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24); hoy podríamos añadir: ni al algoritmo erigido en absoluto por los jeques tecnocráticos.
La teología nos ayuda en este diagnóstico. Gustavo Gutiérrez habló del pecado estructural para describir sistemas que producen pobreza más allá de las intenciones individuales. El paradigma tecnocrático es una de sus expresiones más sofisticadas: una estructura global que naturaliza la desigualdad bajo el lenguaje del progreso inevitable.
La crisis actual no es solo ecológica o económica, sino civilizatoria.(L. Boff) La técnica, desvinculada del cuidado, rompe la relación con la tierra y con los pobres. Es necesaria una nueva ética del cuidado frente a la lógica del dominio. Ivone Gebara, desde una perspectiva ecofeminista, añade que esta racionalidad tecnocrática reproduce una mirada patriarcal que desprecia la vulnerabilidad, la interdependencia y los cuerpos concretos.
El papa Francisco lo resume al proponer la ecología integral. “Todo está conectado” (LS 91) no es un eslogan, sino un cambio de paradigma. No se trata de regular un poco mejor la tecnología, sino de reinsertarla en una visión del bien común donde los pobres no sean daños colaterales, sino criterio de discernimiento.
La conversión que se requiere es, por tanto, ética, social y espiritual. Implica recuperar el límite como sabiduría, el cuidado como forma de poder y la fraternidad como horizonte político. Frente a la obsesión por controlar el futuro, el Evangelio recuerda que la vida se recibe, no se programa.
El hecho de que incluso en Davos se reconozca el carácter inquietante e incontrolable del poder tecnológico es un signo de que el paradigma tecnocrático rompió un límite histórico. Sin embargo, el estupor no basta. Regular sin convertirse, gestionar sin cuestionar la lógica de fondo, solo posterga la crisis.
La esperanza cristiana no consiste en demonizar la tecnología ni en idealizar un pasado sin técnica, sino en reorientar el poder hacia el cuidado de la vida. El Evangelio, leído desde los pobres, ofrece un criterio innegociable: el progreso que excluye no es progreso; la eficiencia que descarta no es neutral; la técnica sin ética se convierte en idolatría.
Francisco propone un camino exigente pero realista: una conversión ecológica y social que devuelva a la política, a la economía y a la tecnología su sentido humano. En el centro de esa conversión están los pobres, no como beneficiarios pasivos, sino como maestros de límite, recordándonos que no todo lo técnicamente posible es humanamente deseable.
En un mundo fascinado por el poder de los algoritmos, el cristianismo sigue anunciando una verdad humilde y subversiva: la vida vale más que la eficiencia, la relación más que el control, el cuidado más que el dominio. Esa convicción no resolverá todos los problemas, pero puede abrir un futuro donde la técnica vuelva a ser instrumento y no destino. Y allí, precisamente allí, nace la esperanza.
poliedroyperiferia@gmail.com
También te puede interesar
una lectura teológica del poder en la era digital
El pensamiento de Francisco ante Davos y la Tecnocracia global
El Pueblo de Dios como pedagogía de convivencia plural y fraterna.
Pueblo de Dios y Democracias
Mc Luhan y cuando el medio es el mensaje
El Kerigma y el lugar desde donde se lo anuncia
La pederastia clerical ante chivos expiatorios o la responsabilidad estructural
El Núremberg que la pederastia necesita
Lo último
Extraído de "Sinfonía divina, acordes encarnados" Edit. PPC
Anabel, bienaventuranza escondida y resucitada