Pueblo de Dios y Democracias

El Pueblo de Dios como pedagogía de convivencia plural y fraterna.

¿con qué autoridad moral puede la Iglesia hablar sobre la democracia cuando ella misma ha tardado casi dos mil años en comenzar a recuperar formas reales de participación y corresponsabilidad eclesial? Pero la Iglesia puede y debe hablar de democracia, aunque no como quien enseña desde la perfección, sino como quien camina desde la conversión, como Pueblo de Dios que acoge, sirve y samaritanea. De este modo, puede aportar a la democracia aquello que aún no vive plenamente: una pedagogía de convivencia que confiesa humildemente como horizonte evangélico.

Jesús es Pueblo
Jesús es Pueblo | P&P

Introducción: cuando la democracia se debilita y lo sagrado se instrumentaliza

Vivimos una coyuntura histórica peligrosa. Mientras la democracia se proclama como horizonte normativo casi universal, su sustancia ética —participación, igualdad, reconocimiento del otro, primacía del bien común— está amenazada por el auge de nacionalismos excluyentes, autoritarismos electivos, discursos identitarios cerrados y armamentismo descontrolado. En este contexto, la religión reaparece en expresiones públicas, pero no siempre como fermento de fraternidad sino instrumentalizada como símbolo cultural, legitimador de fronteras, privilegios y jerarquías sociales.

La Iglesia católica no es inocente ni externa ante este proceso. Su historia está atravesada por tensiones profundas entre Evangelio y poder, entre servicio y dominación, entre sinodalidad originaria y clericalismo institucionalizado.

Por ello, es legítimo preguntarse: ¿con qué autoridad moral puede la Iglesia hablar sobre la democracia cuando ella misma ha tardado casi dos mil años en comenzar a recuperar formas reales de participación y corresponsabilidad eclesial?

La respuesta no puede ser “a la defensiva” (apologética) ni cínica. La Iglesia necesita un cambio profundo, como Pueblo de Dios que camina junto a todos (sinodalidad). Este modelo no solo renueva la Iglesia, sino que también ofrece a las democracias un ejemplo de comunidad inclusiva y esperanzada.

I. El Pueblo de Dios en el Vaticano II: una eclesiología relacional y participativa

Lumen Gentium reestructuró la autocomprensión eclesial. Antes de hablar de jerarquía, ministerios o funciones, el Concilio afirmó la identidad común de todos los bautizados: “Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente, sino constituyendo un pueblo” (LG 9). La Iglesia deja de definirse primariamente como una estructura de poder sacralizado para reconocerse como un sujeto histórico, plural y peregrino. La jerarquía de los “estados de perfección” medievales derrapa ante la igualdad bautismal.

Esto tiene profundas implicaciones teológicas y políticas. En primer lugar, afirma una dignidad radicalmente igual de todos los miembros del Pueblo de Dios, anterior a cualquier diferenciación ministerial. La jerarquía no crea la Iglesia; la Iglesia precede y fundamenta la jerarquía (Congar). Esta inversión destrona el clericalismo como usurpación del poder espiritual y simbólico.

Además, hablar de Pueblo de Dios implica una eclesiología del proceso, no estática; en camino, no de la fortaleza (V. Codina). Es un pueblo que camina en la historia, expuesto al conflicto, al error y a la conversión. Esta historicidad impide absolutizar formas institucionales y exige reformas estructurales acordes a su misión.

Desde esta perspectiva, la sinodalidad no es una concesión tardía a la modernidad democrática, sino la recuperación de una práctica originaria: syn-odos, caminar juntos: La sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio” (Francisco). Una afirmación que revisa muchos errores históricos de la Iglesia y llama al arrepentimiento y la reparación.

Dios camina con su pueblo
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II. Iglesia y democracia: entre la deslegitimación moral y la oportunidad profética

La crisis actual de la democracia y la paz interpela a la Iglesia. Resulta difícil hablar de participación, transparencia y corresponsabilidad social cuando hoy persisten en su interior prácticas autoritarias, discriminatorias y opacas. La exclusión sistemática de las mujeres de las decisiones, la marginación de sacerdotes casados, la "omertá" (silencio mafioso) ante abusos sexuales y de poder, y la lentitud crónica de las reformas estructurales le quitan credibilidad moral.

Como señala Johann Baptist Metz, una institución religiosa que pierde la memoria del sufrimiento causado —o tolerado— se convierte en ideología. Y Jon Sobrino añade el criterio evangélico: la verdad de la fe cristiana se verifica desde las víctimas. Allí donde la Iglesia prefiere proteger su imagen antes que a los vulnerables, deja de transparentar al Dios de Jesús y se convierte en cómplice de los poderosos.

Esta contradicción condiciona fuertemente que la Iglesia hable de democracia. La Iglesia no puede presentarse como maestra desde una supuesta superioridad moral, sino como aprendiz herida, necesitada de conversión. En este aspecto, más que “madre y maestra”, es “hija y alumna”. Solo desde esa humildad puede contribuir contundentemente.

Es la noción conciliar de Pueblo de Dios —un modo de ser en camino— la que permite a la Iglesia denunciar tanto los autoritarismos externos como los internos. Frente a los nacionalismos xenófobos que sacralizan la exclusión, el Pueblo de Dios afirma una pertenencia abierta, no étnica ni cultural, fundada en la dignidad humana compartida. Frente a la lógica del “nosotros contra ellos”, propone un “nosotros” plural, dialogal y solidario.

Pero aquí emerge la ironía profética: la Iglesia solo puede aportar a la democracia aquello que aún no vive plenamente, pero que confiesa humildemente como horizonte evangélico.

III. Religiosidad supremacista y sinodalidad: dos antropologías en conflicto

Uno de los peligros actuales es la instrumentalización de lo religioso por proyectos identitarios excluyentes, la trampa del nacionalcatolicismo. Cruces, ritos y lenguajes cristianos son utilizados para legitimar fronteras, jerarquías culturales y políticas de descarte. Es una religiosidad simbólica sin Evangelio, donde Dios funciona como garante del privilegio y no como Padre de todos.

Pero el Evangelio rechaza esta lógica. Jesús no sacraliza identidades cerradas; las atraviesa. “Muchos vendrán de oriente y occidente” (Mt 8,11). “Era forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). La frontera decisiva no es cultural ni nacional, sino ética: la compasión.

La sinodalidad es más que una propuesta metodológica; es una antropología relacional alternativa. Afirma que nadie posee la totalidad de la verdad, que la autoridad se ejerce como servicio y que el discernimiento auténtico requiere escucha mutua y atención a los márgenes: poliedro y periferia. “El todo es superior a la parte” (FT 11) y ninguna identidad parcial puede absolutizarse dañando el bien común.

Esta visión redefine la democracia teológicamente. No porque la Iglesia deba ser modelo político, sino porque ofrece una pedagogía de la convivencia: aprender a vivir juntos sin negar las diferencias, a buscar consensos sin eliminar el conflicto, a construir comunidad sin uniformidad.

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Conclusión: esperanza crítica desde Jesús, Señor de la historia

Respondiendo a la pregunta inicial: la Iglesia puede y debe hablar de democracia, pero no como quien enseña desde la perfección, sino como quien camina desde la conversión. Su autoridad no proviene de su historia de poder, sino de su fidelidad —siempre frágil— al Evangelio de Jesús.

El Concilio Vaticano II ofreció la brújula: la Iglesia como Pueblo de Dios, una profecía en camino. Pero en un mundo que impone el miedo y la exclusión, esta visión recuerda que la identidad se construye acogiendo, no expulsando; que la autoridad se legitima sirviendo; y que la esperanza no nace de muros más altos, sino de caminos compartidos.

Jesús, Señor de la historia, no se identificó con el poder que se protege, sino con la vida entregada. Desde Él, la Iglesia puede —y debe— convertirse en conciencia crítica de las democracias heridas y, al mismo tiempo, en signo humilde de que otra forma de convivir sigue siendo posible. No desde la nostalgia del pasado ni desde el repliegue identitario, sino desde la audacia evangélica de caminar juntos, aun sin garantías, hacia una dignidad que no excluye a nadie.

poliedroyperiferia@gmail.com

Bibliografía inspiracional

Textos bíblicos clave: Mt 8,11 (universalidad del Reino), Mt 23,4 (crítica al poder religioso opresivo), Mt 25,31–46 (criterio ético del Reino), Gal 3,28 (igual dignidad en Cristo)

Concilio Vaticano II. Lumen Gentium. Constitución dogmática sobre la Iglesia. 1964→ Texto fundante de la eclesiología del Pueblo de Dios. Gaudium et Spes. Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. 1965 → Relación entre fe, dignidad humana y estructuras sociales.

Francisco. Evangelii Gaudium. Exhortación apostólica. 2013 → Pueblo de Dios, crítica al clericalismo, “el todo es superior a la parte”. Fratelli Tutti. Encíclica sobre la fraternidad y la amistad social. 2020 → Crítica teológica a los nacionalismos cerrados y a la cultura de la exclusión. Discurso por el 50 aniversario del Sínodo de los Obispos. 17 de octubre de 2015 → Texto clave sobre la sinodalidad como forma de Iglesia.

Eclesiología y sinodalidad: Congar, Yves. Verdadera y falsa reforma en la Iglesia. 1968. → Reforma eclesial, autoridad y fidelidad al Evangelio. Codina, Víctor. Teología del Pueblo de Dios, 1994 → Pueblo de Dios como sujeto histórico y relacional. Boff, Leonardo. Iglesia: carisma y poder, 1982 → Crítica al clericalismo y propuesta de poder-servicio. Ruggieri, Giuseppe. La Iglesia sinodal, 2021 → Fundamentos históricos y teológicos de la sinodalidad.

Teología política, memoria y víctimas: Metz, Johann Baptist. Fe y política, 1999 → Memoria del sufrimiento como criterio teológico y político. Sobrino, Jon. Jesús el Cristo, 1991 → Centralidad de las víctimas para la verdad cristológica. Sobrino, Jon. Fuera de los pobres no hay salvación, 2007 → Iglesia, salvación y justicia histórica. Schüssler Fiorenza, Elisabeth. Discipulado de iguales, 1993 → Crítica feminista a las estructuras patriarcales eclesiales. Pikaza, Xabier. La Iglesia en la encrucijada, 2016 → Crisis eclesial, reforma y futuro del cristianismo.

Iglesia, democracia y sociedad: Habermas, Jürgen. Entre naturalismo y religión, 2006 → Religión en el espacio público y ética democrática. Taylor, Charles. La era secular, 2014 → Religión, identidad y pluralismo en sociedades democráticas. Tamayo, Juan José. Fundamentalismos y diálogo entre religiones, 2009 → Crítica a los usos excluyentes de la religión.

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