El secuestro del Santísimo Sacramento

Devociones privatizadas

La Eucaristía no fue instituida para regodeo espiritual de grupos selectos, sino para romper burbujas "misticistas" y hacerse pan para los heridos del mundo.

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El secuestro del Santísimo: cuando la devoción se vuelve refugio y se aleja del Evangelio

Hay fenómenos dentro de la Iglesia que no pueden ser leídos ingenuamente. No basta con ver recitales de jóvenes emocionados o largas horas de adoración para concluir que estamos ante un renacimiento de la fe. Es incómodo decirlo, pero lo que parece renovación puede ser una regresión espiritual cuidadosamente maquillada.

Y uno de los signos es lo que podríamos llamar "el secuestro del Santísimo Sacramento".

No porque la adoración eucarística sea cuestionada. Todo lo contrario. Quienes creemos en la presencia real de Cristo sabemos que es un tesoro inmenso de la Iglesia. Pero precisamente por eso duele —y mucho— ver cómo, en no pocos contextos, se la utiliza de forma indiscriminada, superficial y funcional a una espiritualidad privatizada que poco tiene que ver con el Evangelio. Y que manipula esta Presencia para descartar las demás presencias reales de Cristo.

Recordemos el Adoro Te Devote: “At hic latet simul et humanitas”; “Pero aquí se esconde también la Humanidad”, no solo Dios, no solo Trascendencia, sino humanidad encarnada y solidaria con todos los humanos. Especialmente aquellos que son tratados “inhumanamente” , los crucificados del mundo, asociados por el Señor a la Cruz. “Es la fuerza y el poder de “lo divino”, puesto al servicio de “lo humano”. (J.M. Castillo)

Una fe intensa… pero sin encarnación

Se multiplican los encuentros donde la exposición del Santísimo se convierte en centro absoluto y excluyente. No solo se afirma el Sacramento para legitimar el grupo, sino también se excluye el interés por las grandes opciones de la fe cristiana.  Todo parece encontrar allí su legitimación.

Mucho hablar de fe, pero ¿qué tipo de fe se está generando?

Porque en muchos casos lo que emerge no es una fe más madura, más comprometida o más evangélica. Es una fe:

  • emocionalmente intensa,
  • teológicamente débil,
  • socialmente irrelevante.

Una fe que siente mucho… pero transforma poco. Que adora mucho… pero se compromete poco. Y entonces la adoración deja de ser encuentro con Cristo real para convertirse en experiencia espiritual autorreferencial de la imaginación de un colectivo social privilegiado.

La “tridentización” de la devoción

Esto sintoniza con un fenómeno más profundo: una especie de retro- “tridentización” de la vida espiritual.

No en el sentido serio de una recuperación litúrgica bien fundada, sino en una sacralización de prácticas devocionales que absolutizan formas del pasado sin asumir el desarrollo teológico de la Iglesia, la dinámica del Vaticano II y el magisterio pontificio actual.

Se exalta la solemnidad sin comprensión, el rito sin proceso y la emoción sin discernimiento.

Y, sobre todo, se construye una espiritualidad donde lo importante es “estar ante Dios” … aunque ese estar no tenga consecuencias en la vida y a ese "Dios" no le interesen los pobres.

Así se genera una religión que no cuestiona la realidad, no interpela las estructuras injustas, no incomoda a nadie. Una religión perfectamente compatible con la vida acomodada de quienes suelen frecuentar estos encuentros, que olvida un mundo herido por injusticias sistémicas.

Una espiritualidad funcional al bienestar

Y aquí está uno de los puntos más delicados.

Este tipo de prácticas encuentra terreno fértil, muchas veces, en sectores que viven bien en el mundo tal como está. Su matriz integrista es una de las peores ideologías o "ismos", como suelen decir. Ellos suelen descalificar a quienes hablan de justicia social, desigualdad o pobreza estructural como sospechosos de “comunismo” o de "teología de la liberación". (Cabe aclarar que esta última nunca fue condenada y ha sido reivindicada por el papa León, cercano a su fundador, Gustavo Gutierrez).

Mucho más sencillo es refugiarse en una espiritualidad intensa, emotiva, aparentemente profunda… pero que no exige transformación real y tranquiliza la conciencia.

  • Porque comprometerse con la justicia implica cambiar estilos de vida disonantes con la vida austera de Jesús.
  • Revisar privilegios personales y de clase con ejercicios de autocrítica
  • Dejar de vivir de espaldas al sufrimiento ajeno, sumergidos en el consumismo ostentoso y excluyente.

Así, la adoración se convierte en un refinado pasatiempo de evasión.

Obediencia sin escucha: el problema con el magisterio

Otro rasgo irritante de estos ambientes es su ignorancia del magisterio. Se declara fidelidad al Papa y la Iglesia.

Pero en la práctica, se desconoce sistemáticamente la orientación pastoral y teológica de los Papas Francisco y León, especialmente en todo lo que tiene que ver con:

  • La opción por los pobres, inmigrantes, víctimas de todo tipo.
  • La crítica a la economía que mata, las guerras y las formas naturalizadas de la violencia como las polarizaciones y los mesianismos populistas (a los cuales suelen adscribir con fervor).
  • La llamada a una Iglesia en salida, hacia las periferias como hospital de campaña.
  • La denuncia del clericalismo y los abusos de la Iglesia.
  • La Doctrina Social de la Iglesia en su formulación actual.

A veces, se cita lo que conviene… pero no se asume la totalidad.

Y entonces se produce una fractura silenciosa: un catolicismo que mantiene formas de fidelidad externa mientras desoye el núcleo de la conversión evangélica.

¿Renacimiento o regreso a lo peor?

Algunos presentan estos movimientos como “la vuelta a la fe”. Como un signo de esperanza frente a la secularización.

Pero: ¿a qué fe estamos volviendo? Porque no todo retorno es un avance ni toda religiosidad es evangélica.

Cuando la fe se reduce a emoción sin profundidad, rito sin vida real, adoración sin compromiso, corre el riesgo de convertirse en aquello que tantas veces se ha denunciado: una forma de “droga religiosa”.

No en el sentido simplista de negar lo espiritual, sino: una experiencia que calma, que consuela, que emociona… pero que no transforma la realidad ni cuestiona las injusticias. Solo escapismo emocional intimista, una privatización de la fe por "grupos selectos".

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El Cristo que adoramos… y el que ignoramos

Aquí emerge la contradicción central.

Se afirma con fuerza la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Y, al mismo tiempo, se ignora su presencia en los pobres.

Se cuida con esmero el silencio ante el Santísimo. Pero no se escucha el clamor de los que sufren.

Se organizan largas horas de adoración. Pero no hay tiempo para el compromiso.

Y entonces la pregunta es inevitable:

¿qué Cristo estamos adorando?

Porque el Cristo del Evangelio no se deja fragmentar. El mismo que está en la hostia consagrada es el que dijo:

“Tuve hambre y me diste de comer”. (Mt 25), que proclamó Bienaventurados a los que ahora la pasan mal y se lamentó por la ceguera de los ricos. Que bendijo al Samaritano que atendió a los heridos y puso en evidencia la insensibilidad de los "religiosos".


Recuperar la Eucaristía: de "objeto identitario" a alimento del camino

La Eucaristía no fue instituida para ser privatizada por grupos selectos dedicados al regodeo espiritual.

Fue dada como pan para el camino, comida del Pueblo de Dios que pergrina en la Historia.

Como recuerda el Papa Francisco, no es premio para los perfectos, sino alimento para los débiles.

Esto cambia todo.

Porque entonces la adoración tiene que ser el inicio de una vida entregada, encarnada y comprometida con los últimos, que son en los preferidos de Dios para su Reino inclusivo.


Conclusión

Decirlo puede incomodar, pero es necesario:

  • No toda adoración es cristiana.
  • No toda devoción es evangélica.
  • Y no todo lo que parece fervor es fe auténtica.

El Santísimo Sacramento no puede ser secuestrado por dinámicas que lo separan del Evangelio que le da sentido.

Porque el Cristo que adoramos no se queda en el altar.

Sale.

Se expone.

Se entrega.

Y nos espera —siempre— fuera de nuestras burbujas.

Allí donde la vida duele.

Allí donde la fe se vuelve compromiso.

Allí donde la Eucaristía deja de ser objeto autorreferencial…

y vuelve a ser pan para el mundo.

poliedroyperiferia@gmail.com

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