Los jóvenes y la religión
Estamos asistiendo a un auge de jóvenes que se manifiestan en concentraciones católicas promovidas por movimientos como Hakuna, Effetá o Alpha Jóvenes que logran unir a jóvenes en torno a la fe cristiana. Hablar del Dios de Jesús es una tendencia que se visualiza en películas como Los domingos o cantantes como Rosalía vestida de monja, que visualizan esta tendencia. Durante la presentación del último disco de Rosalía, por ejemplo, varios artistas debatieron sobre la influencia de la espiritualidad y los valores cristianos en la cultura pop. ¿Diríase que la religión es una moda? en la medida que los jóvenes están manifestando la fe públicamente en sus redes sociales o a través de encuentros y conciertos, sí. A lo que se unen los influencers y las redes sociales católicas y protestantes que crecen en seguidores.
Dicha realidad se constata en datos. Medios como El País, señalan que el porcentaje de jóvenes entre 18 y 24 años que se identifican como católicos ascendió del 33,9% en 2021 al 38,5% en 2025. El segmento de 25 a 34 años experimenta un crecimiento similar, alcanzando el 37,9% en 2025, lo que frena la tendencia observada hasta ahora. Los jóvenes muestran menos recelo a declararse creyentes. El fundamento parece sustentarse en una reacción a la crisis de valores y de nuestra sociedad líquida: superficial y materialista. Con todo, me preocupa la ola fundamentalista religiosa que fluye en el mismo cauce. Esta reacción espiritual hacia el Evangelio ante la banalidad existencial social no debe sustentarse en posturas fundamentalistas por ser antievangélicas, precisamente.
Para entendernos, “fundamentalista” es poner énfasis en el modelo institucional de la Iglesia, de modo que se identifica el Reino de Dios con la institución eclesial, más que con la actitud que marca el Mensaje del Evangelio; es la querencia por mantener un modelo clericalista de Iglesia en el que la institución es más importante que el Mensaje (poder, vanagloria, seguridades religiosas…). Es mantener actitudes sectarias de resistencia al diálogo y a la colaboración con los diferentes, inmigrantes y otros colectivos. Es no creer en la sinodalidad frente a la propia posición donde la doctrina es más importante que la vivencia humilde, solidaria y amorosa.
Todos estos puntos llevan el peligro de una creencia correcta (ortodoxa) cuya actitud defensiva y autorreferencial deforma la ortopraxis que Jesús nos invita cada día. En palabras del jesuita Víctor Codina, Jesús no fue fundamentalista, integrista o fascista. Su reino sigue siendo el amor, el lugar de los marginados por serlo. Por eso fue rechazado por el poder religioso. Lo cierto es que el fundamentalismo católico crece como reacción a la Modernidad, la secularización y la pérdida de referentes culturales, pero lo hace ofreciendo certezas absolutas, especialmente entre jóvenes (Generación Z) que buscan sentido a la vida. El problema es que el repunte espiritual se está escorando hacia los proyectos políticos y religiosos que vinculan la fe con una visión apocalíptica de la realidad, ajena a la esperanza del Evangelio.
Dichos movimientos agrupan a muchos jóvenes en torno a este modelo de catolicismo ajeno al Concilio Varicano II, a Francisco y a León XIV, con el objetivo de recuperar el poder de la Iglesia en la vida social -clericalismo-, en lugar de centrarse en la actitud de ese “mirad como se aman” que dijera Tertuliano, quien gracias al ejemplo se convirtió al cristianismo. El ejemplo arrastra.
Esa conexión entre lo católico y las formaciones conservadoras o de extrema derecha, como El Yunque y Vox, en mi opinión nada cristianas, se acompañan de apoyos y llamamientos de algunos obispos al voto en las citas electorales recientes. Ya tuvimos bastante con el régimen dictatorial de Franco centrado en el Movimiento Nacional y en la Iglesia Católica, legitimadora del franquismo desde el primer momento. A la institución eclesial le sirvió para subir a la cumbre del escalafón social que había perdido tras su rechazo a la Modernidad. Desde entonces, la mayor parte de la institución de la Iglesia se mantiene del lado del conservadurismo, entendiendo la apertura como un problema, como si el poder social fuera la solución.
Los discursos negacionistas y supremacistas de las extremas derechas de todo el mundo dicen tener una posición religiosa católica, pero rechazan la denuncia de la injusticia estructural en la que se basa el mundo actual. Más que un proselitismo de jóvenes en esta dirección, lo que urge es recuperar la dimensión testimonial viviendo la Buena Noticia que otra parte de la juventud creyente, aunque minoritaria, apuesta desde la fe cristiana por defender a los más débiles, a los desechables, aún a costa de provocar rechazo incluso dentro de la Iglesia. Benditos jóvenes.