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Un nuevo teimpo

El escenario en el que nos movemos parte de un discurso desfasado de Francis Fukuyama, convencido (1989) del triunfo definitivo de la democracia liberal y de su hijuela, el capitalismo, tras la caída del bloque comunista. El “fin de la historia” en el sentido de que lo venidero ya no puede aportar nada mejor. Frente al liberalismo, lo posmoderno no ofrece esperanza.

Por su parte, Samuel P. Huntington (1993) mantuvo la tesis de que las identidades culturales y religiosas de las personas serán la principal fuente de conflicto en el mundo posterior a la Guerra Fría. Las guerras futuras serán un choque entre civilizaciones, y no se librarían entre países, sino entre culturas. A lo anterior hay que sumar la hiper conectividad digital del siglo XXI en medio de la globalización acelerada en lo tecnológico y en lo financiero. Los rápidos avances científicos obligan a adaptarnos y a desenvolvernos en un entorno en constante cambio. La IA acaba de llegar y apunta a convertirse en un desafío de poder planetario y de riesgos también globales, como advierte León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas.

Nuestro Primer Mundo no carece de cultura, de ciencia o tecnología. Lo que resulta preocupante es la falta en el reparto equitativo de bienes y servicios esenciales en el mundo -trabajo digno, sanidad, vivienda- para que el progreso se convierta en verdadero desarrollo humano para todos. Pero es evidente que la sociedad muestra síntomas de cansancio y hastío que el consumismo no puede maquillar. Esta realidad afecta a todas las capas sociales, incluidas las más acomodadas.

Quizá el motivo de la incertidumbre generalizada no es tanto que el progreso material haya fracasado. Lo que desazona es preguntarnos qué estamos haciendo con él. La inmigración masiva muestra dos realidades sangrantes: por un lado, la precariedad a niveles de supervivencia en buena parte del Tercer y Cuarto Mundo, fruto del neocolonialismo actual. Por otro, los millones de personas que huyen hacia nosotros y debieran ser acogidos, especialmente los considerados refugiados para la ONU, pero son rechazados o confinados sin compasión prohibiendo su entrada en la Unión Europea, menores incluidos. Todo ello supone un cambio de época que altera los contextos culturales y sociales de nuestro tiempo, con la consiguiente incertidumbre a todos los niveles. 

En esta frontera entre lo que no acaba de morir ni de nacer del todo, a todos los niveles, se observa un hecho sorprendente. La Posmodernidad ha desmontado los grandes relatos y las grandes certezas en la era del vacío y del desencanto nihilista. Pero es igualmente cierto que la cultura posmoderna no es capaz de ofrecer alternativas al desencanto vital, a la pérdida de valores, al hedonismo y la superficialidad, a la gratificación inmediata, al individualismo narcisista, a la cultura como mercancía, a la soledad existencial... más allá de una vivencia descomprometida e indiferente. Lo posmoderno no ofrece esperanza. También se acabaron los tiempos de la sociología de la cristiandad, al menos en Occidente. Hemos pasado de una sociedad inspirada en el cristianismo a un modelo social plural marcado por el secularismo y la descristianización, donde hay que sembrar mejor.

Pero existe otra cara de la moneda. El ser humano también es capaz de lo mejor, de generar amor y esperanza. Qué no decir de los cristianos cuando somos capaces de afirmar nuestro credo en Dios que dio vida al ser humano, a su imagen y semejanza, con la bondad original divina en su diseño. Todos los avances de la Humanidad, tantos derechos logrados, descubrimientos e invenciones que mejoran la calidad de vida de millones de personas. La historia avanza con dientes de sierra, pero avanza. A otros niveles no religiosos se nos recuerda lo mismo: el historiador Rutger Bregman ha escrito 500 páginas (Dignos de ser humanos. Anagrama, 2021) no exentas de amenidad manejando datos que avalan a los humanos como seres mucho más amables, cooperadores y solidarios de lo que nos hacen creer. Para ello se afana en desmontar opiniones “incuestionables” y prejuicios arraigados, defendiendo la bondad intrínseca humana, partiendo de la sociabilidad como nuestra gran arma evolutiva.

Para desmontar tanta sentencia negativa, Bregman utiliza argumentos y cuestiona conceptos como el de las profecías autocumplidas o ‘efecto nocebo’ que da una imagen negativa del ser humano: si se cree que algo va a ir mal, acaba yendo mal. Lo contrario al ‘placebo’. Según el autor, “estamos entrenados para ver egoísmo en cualquier acción”, bombardeados de noticias que se ceban en situaciones que son excepcionales, o cuando menos no las más habituales. Y contra todo pronóstico, “las catástrofes siempre sacan a la superficie lo mejor de la gente”. Bregman recuerda al filósofo William James que defendía “la voluntad de creer”, por encima del valor de la duda. Por ejemplo, la amistad, el amor, la confianza mutua y la lealtad solo se hacen realidad si creemos, si confiamos en ellas. Luego nos podemos llevar un desengaño, pero siempre será mejor sufrir un desengaño por esperanza que por miedo.

Con todos estos mimbres, los cambios a los que nos enfrentamos no están siendo menores en el terreno espiritual, en particular el religioso. Es evidente la tensión existente entre dos formas de vivir la comunidad de fe eclesial, con acentos diferentes en lo que toca a nuestra Misión. Se advierte un repunte en las ideologías cerradas y seguridades espirituales que buscan volver a un cristianismo más de ritos y seguridades espirituales frente a otra manera de entender la esencia cristiana más auténtica. Una espiritualidad que trabaja la escucha, la bondad y el servicio como Buena Noticia, mediante signos de convivencia y de testimonio comprometido con su poder de atracción que no se entiende igual cuando se vive desde el esencialismo de la ortodoxia.

El nuevo tiempo al que me refiero es el actual, el nuestro; cada uno somos interpelados a vivir la fe regalada con actitud de que nuestra pequeña huella sirva para mejorar la existencia común, y hacerlo siguiendo el ejemplo de aquellos que nos precedieron, comenzando por Jesús. No es la primera vez en la historia que es posible reinventarse, y más todavía cuando anunciamos que la vida está llena de sentido y es posible un mundo mejor, más fraternal. Estamos llamados a construir la “civilización del amor”, en expresión de Pablo VI. Desde dentro, con una vida de oración humilde y agradecida; y hacia afuera, trabajando con amor por mejorar la existencia a nuestro alrededor.

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