Nuestra realidad laical
El Concilio Vaticano II supuso un antes y un después para los laicos; sin embargo, el nacional-catolicismo abominaba de sus principales objetivos. La sociedad ha cambiado radicalmente mientras el Concilio se mantiene como referente, incluso queda margen para completarse adecuadamente. Ojalá que la Sinodalidad sea el cauce que profundice en la misma dirección.
No hay que olvidar que no existe un único tipo de laico en la Iglesia. En general, el laicado es una mayoría silenciosa, inhibida y convencida de que no tiene mayores responsabilidades. Pero a la vez, se muestra atrincherado en torno a las seguridades de una religiosidad muy ritualista y formal. Existe también otro laicado, cada vez más significativo, con una implicación real que pretende apoyarse en sus celebraciones desde una visión diferente. Son cristianos que intentan vivir su fe de forma adulta, allí donde se encuentren, abiertos a las preguntas de la fe para ser luz y fermento bajo el signo de la fraternidad.
En todo caso, el prototipo del laicado actual es el de un cristiano desconcertado, inseguro y escéptico de su papel. Un laicado que ha perdido en parte la referencia de las virtudes teologales como los tres grifos de las demás virtudes: la fe (por inmadura), la esperanza (por descafeinada) y el amor, que no es el principal signo por el que se nos reconoce a los cristianos. Los laicos y laicas no acabamos de encontrar nuestro sitio en una institución eclesial que se resiste a soltar su lastre de poder y carrerismo eclesiástico, y cuya máxima expresión es ser un Estado (vaticano).
El clericalismo es fruto de muchos siglos. Un ejemplo significativo lo vemos en el exiguo número de santos y santas laicos que están en los altares frente a la abrumadora mayoría de curas y religiosos, cuando el laicado somos muchísimos más en número. Semejante descompensación contradice la santidad como proyecto divino, que no es cosa de curas y obispos, sino de todos. Y eso que entre los elegidos por Jesús consta que había varios casados, y ninguno de los doce era sacerdote ni levita. En este sentido, fue esencial que el Concilio Vaticano II recuperase el libro lucano de Hechos y el valor que tiene el laicado en la Iglesia.
Derivado de lo anterior, se mantiene el imperio de la ortodoxia sobre la ortopraxis. La consecuencia práctica es que no pocos se han extralimitado en su función de pastores y guías, concentrando los esfuerzos en vigilar los mimbres formales de la fe, sin volcarse por igual medida en el ejemplo y en los frutos de la caridad, que es la principal de las tres virtudes teologales, como recuerda san Pablo.
Este afán por las normas más que por las personas ha tenido graves consecuencias incluso en la oración, cuando la apuesta conduce a una fe infantil en el laicado más que a un crecimiento maduro y transformador del compromiso desde la experiencia de Dios. Otro aspecto significativo es el peso de la Tradición, confundida frecuentemente con costumbres mundanas y sociopolíticas; bajo este paraguas, algunos han frenado cualquier avance liberador en la Iglesia, parapetados en “la tradición”. Pero la Tradición verdadera es la de los Padres de la Iglesia y la que entiende que los bienes de la Iglesia son bienes de los pobres, como recordó Antonio Añoveros, en sus tiempos obispo de Bilbao.
Jesús fue muy claro frente a la férrea tradición judía, todavía más férrea que la nuestra, inmersa también en un Estado teocrático. Él respetó la tradición profética, los ritos sagrados y las normas existentes, pero lo supeditó todo al bien de las personas y a una relación más sincera con Dios fijándose especialmente en los más necesitados, los preferentes del Evangelio.
Todo empezó a estropearse con Constantino, cuando la Iglesia se organiza a la manera de los dirigentes de la sociedad civil (s. II-III), acaparando el clero todas las funciones de la Iglesia, y la participación de los laicos se redujo a casi nada.
¿Dónde queda nuestra función de pueblo sacerdotal por el Bautosmo, del Pueblo de Dios mayoritario en número? Se nos ha definido más por lo que no somos (no-sacerdotes, no-religiosos…) que por lo que somos, sin ofrecer una identidad teológica en la práctica, a pesar de que la diferencia real viene dada por los diferentes carismas. Las cosas van cambiando, pero falta mucha actitud. Falta por hacer una espiritualidad cristiana inclusiva desde los laicos y laicas y elaborada junto a ellos y ellas. Mimbres no faltan.