Hazte socio/a
Última hora:
Las víctimas optan por el Defensor del Pueblo

Homilías para ordenaciones presbiterales

Homilía para la ordenación presbiteral del diácono Carlos Pérez, parroquia Nuestra Señora del Carmen en Pregonero, 23 de septiembre del año 2016.

Antes de la oración de consagración para la ordenación de un presbítero, el Obispo hace una especie de examen al Diácono. Esto responde a una antigua tradición, con la cual se le pedía a quien iba a ser ordenado que demostrara tanto su disponibilidad como sus capacidades para ello. En el rito actual, nos encontramos con seis interrogantes hechas por el Obispo, con las cuales, en el fondo se presenta una síntesis de lo que va a ser su identidad y su ministerio. Estas interrogantes se van a encontrar reflejadas posteriormente en la oración consecratoria luego de la imposición de las manos del Obispo.

En primer lugar se destaca la comunión de quien va a ser ordenado con el Obispo, como pastor y guía del rebaño. Todo ello bajo la guía del Espíritu Santo. Con ello se va a destacar dos cosas: una, que el presbítero es un “próvido cooperador” del orden episcopal. No podrá actuar solo, como si se tratara de un oficio profano o de una función de una organización cualquiera. Es en comunión con el Obispo, ratificada posteriormente con la promesa de obediencia, como debe desempeñar el ministerio que se recibe. Para ello, se cuenta con la gracia del Espíritu Santo. El relacionamiento de comunión con el Obispo no es algo formal o externo, sino que forma parte de la esencia misma del sacramento recibido. En esta misma línea, se distingue la acción ministerial del neo presbítero: “apacentando el rebaño del Señor”. Para eso recibe la configuración a Cristo Buen Pastor.

Una primera tarea u oficio de este ministerio pastoral es la guía del pueblo de Dios. En esto, pues, debe actuar en comunión con el Obispo y, por ende, con los demás hermanos. El sacerdote forma parte de otra realidad sacramental: el presbiterio. Por eso, decíamos que no trabaja solo ni aisladamente. Lo hace, en comunión con sus hermanos y en plena sintonía con el obispo. Decir que uno puede prescindir del presbiterio es dejarse llevar de una falsa concepción del ministerio sacerdotal y, sencillamente, dejar a un lado la caridad pastoral para dejarse llevar por la “mundanidad espiritual”.

En consonancia con lo anterior, nos conseguimos con el segundo oficio de un sacerdote: ser maestro y profeta. Así lo refleja la segunda de las interrogantes. Para ello, se le pide que lo haga con “dedicación y sabiduría”. Esto conlleva no sólo la competencia de su formación inicial y permanente, sino también el sumergirse de manera continua en el océano inmenso y hermoso de la Palabra. Dedicación es la actitud que habla de la perseverancia en el conocimiento de la Palabra que debe exponer; sabiduría, implica dejarse guiar por la luz del Espíritu Santo. Con estas dos actitudes puede un sacerdote ejercer el ministerio de la Palabra. Este se desarrolla de muchos modos, en especial la predicación y la exposición de la fe católica. No pocas personas pretenden que el sacerdote se dedique sólo a labores cultuales o, en todo caso, de una predicación sin referencia a la vida. Pero no es así. El pastor que guía a su grey debe hablarle de la Palabra de Dios y sus consecuencias; debe, por tanto, ser capaz de ayudar a su gente a profundizar en la doctrina de la Iglesia, sin ambigüedades y sin intereses particulares. Para ello, debe impulsar el testimonio de los demás desde la experiencia de ser testigo del Resucitado.

Al proclamar la Palabra de salvación, en tercer lugar, el sacerdote se presenta como el “celebrante” de los misterios de Cristo. Esto conlleva dos cualidades: la piedad y la fidelidad. No se trata de simular sino de transmitir desde la propia vivencia el entusiasmo por las cosas de Dios y el desafío de ser santos. Los sacramentos, en especial la reconciliación y la eucaristía, deben ser un centro de atención por parte de los sacerdotes: pero no como una obligación cualquiera, sino como expresión de una fe que se celebra y se convierte en alabanza y santificación del pueblo de Dios. Por eso, al sacerdote también se le identifica como el santificador de su gente. Primero porque trata de las cosas santas, segundo porque lo hace desde la experiencia de testimonio de santidad y tercero porque busca la santificación de los demás. Por eso, se habla del sagrado ministerio y se pide que los sacerdotes sean santos.

Para poder ser santo y proclamador de una Palabra de vida eterna así como pastor ejemplar que guía a su pueblo, el sacerdote debe ser un hombre de oración, como lo indica la cuarta de las interrogantes que presentamos. Lo debe hacer personalmente y en comunión con el Obispo y el presbiterio. La oración tiene una doble finalidad: una el entrar en contacto permanente con el Señor y luego conseguir la misericordia divina a favor del pueblo a él confiado. Esa oración es una petición y un mandato que vienen del mismo Señor. Orar por el pueblo de Dios forma parte del ministerio de los sacerdotes. Esto le hace ser como lo indicaba un obispo mártir argentino, Angellelli: “Un oído en Dios y otro en el pueblo”. Así podrá hablarle a Dios de su gente; y a su gente le podrá hablar de Dios. La oraciones una actitud propia de un sacerdote, cualquiera que sea su edad y su encargo pastoral.

El Obispo hará también otra pregunta en la cual podemos encontrar la síntesis de toda la doctrina del sacramento del Orden, pues tiene que ver con el ser y el quehacer de todo ministro ordenado. Por el sacramento, quien lo recibe se configura a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. Esto significa que va a actuar en su nombre y va a ejercer no un sacerdocio propio o particular sino el del mismo Cristo Jesús. De allí la pregunta del Obispo: para poder estar configurado y recibir la debida consagración, el candidato debe manifestar su total disponibilidad para unirse cada día más al Señor. Esa unión conlleva la configuración antes mencionada y, a la vez, identifica al neo-presbítero para siempre. Desde ese momento de su unción sacerdotal va a realizar la misión de ofrecerse como Cristo lo hizo siendo Víctima propicia al Padre. Eso supone la consagración a Dios para la salvación de los seres humanos. Esta quinta interrogante viene a sintetizar todo lo antes meditado. Tiene que ver con la total apertura personal del ordenando para convertirse en otro Cristo, a quien se configura y de quien será imagen a través del ejercicio de su ministerio.

La última de las interrogantes, quizás la que más llama la atención, viene a ser como lo concreción de todo lo anterior: es la promesa de obediencia al Obispo. En esta promesa nos encontramos con algunos elementos importantes. Un primero es la identificación con la obediencia de Jesús a la voluntad del Padre Dios; es decir, su total aceptación de hacer realidad la salvación de la humanidad. El sacerdote, con su vida y su ministerio, va a ser un estrecho cooperador del señor para continuar en la historia y en medio de los suyos el cumplimiento de esa voluntad de salvación. Por eso, reconocemos que el sacerdote no es un funcionario o un simple profesional. Es servidor por excelencia, y como tal, sencillamente, busca la salvación de todos. Otro elemento señala la concreción de ese compromiso: es en la comunión con el Obispo como podrá ejercer su ministerio salvífico y sacerdotal. Al hablar de obediencia al Obispo, lo está haciendo también como obediencia a la Iglesia; como comunión con sus hermanos de presbiterio y como total disponibilidad para el servicio y misión salvífica dentro de su gente, en el pueblo de Dios.

En algunos instantes seremos testigos de cómo Carlos va a comprometerse para ser un ministro según el corazón de Cristo. Al responderle positivamente al Obispo –lo cual no debe hacer por puro protocolo o ritualismo- está terminando de preparar su corazón y su mente para recibir la unción del Espíritu del Señor. Seamos testigos corresponsables, al ofrecerle nuestra amistad y cercanía en la oración a este hermano nuestro quien ha manifestado ya desde hace algún tiempo que está preparado para configurarse a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Querido Hijo:

Dentro de pocos minutos, luego de estar postrado en tierra, te levantarás para ser ungido por el Espíritu Santo mediante la imposición de las manos de tu obispo y la oración de consagración. Te has venido preparando para ejercer el ministerio sacerdotal con total sencillez y disponibilidad. Vas a ser transformado al ser configurado a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. Dios ha confiado en ti y la Iglesia te recibe para incorporarte al colegio de los presbíteros. Ten siempre presente la respuesta positiva que darás a las interrogantes que se te harán… Pero, sobre todo ten siempre presente que es Cristo quien te ha elegido y es el Espíritu quien te marca con un sello indeleble para siempre.

No dejes nunca tu alegría ni tu sencillez, como tampoco el celo apostólico que has ido manifestando en estos tiempos de formación sacerdotal. Tu servicio y testimonio deben entusiasmar a muchos a seguir a Cristo en el camino de la novedad de vida y, por ende, de la salvación. Podrás bendecir, podrás perdonar, podrás consagrar, podrás proclamar la Palabra… y sobre todo podrás hacer memoria viva de Cristo Salvador. Mantente fiel a la llamada con la continua respuesta de un sí generoso, como el de María. Ella sea tu madre amorosa y protectora. Sé tú fiel reflejo del amor de Dios. Amén.

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal.

Homilía para la ordenación presbiteral del diácono Juan Ramón Cárdenas, parroquia Nuestra Señora del Carmen en Las Mesas, 24 de septiembre del año 2016.

Uno de los ritos que más llama la atención en la ordenación presbiteral es la unción de las manos con el crisma. Esta unción viene a ratificar la consagración que minutos antes se ha realizado en quien recibe el sacramento y por la imposición de las manos del Obispo. El crisma viene a darle un toque definitivo a quien recibe el ministerio sacerdotal. Sus manos son consagradas, y con ello se expresa toda la existencia del ordenado quien es configurado a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Dicha unción es la expresión simbólica de lo que será, a partir de su ordenación, la existencia de un presbítero. De allí las palabras del Obispo cuando realiza la unción: éste pide a Jesucristo auxilie al neo-sacerdote para santificar al pueblo de Dios y para también ofrecer el sacrificio. Con ello cumple uno de los tres oficios propios de un sacerdote configurado a Cristo. En este momento, por el rito litúrgico se da a entender cómo esa configuración tiene una similitud con la unción del Padre a Jesús con la fuerza del Espíritu Santo. Se convierte en otro Cristo para santificar a su pueblo, al cual ha de guiar como el Buen Pastor y al cual debe proclamar la Palabra de vida eterna y salvación.

Aún con las manos húmedas por el crisma, el sacerdote es invitado a contemplar la grandeza de su nueva tarea. El Obispo, al entregarle la patena y el cáliz le invita a considerar tres cosas: una primera a advertir bien lo que va a realizar. Se está convirtiendo en memoria viva del Resucitado: todo le corresponde hacerlo en el nombre del mismo Jesús; como si fuera Él mismo quien lo está realizando. Quien es consagrado no puede pensar que se ha “graduado” como un universitario al final de su carrera. Eso no es lo que le está sucediendo. Se está identificando con el Señor para ser un estrecho cooperador en el servicio a la humanidad. Todo lo que hace –proclamar la Palabra, guiar al pueblo como pastor, santificar a su gente- debe realizarlo con la conciencia de su transformación interior que lo convierte en sacerdote para siempre.

Una segunda idea expresa un compromiso que va a adquirir: “imita lo que tendrás en tus manos”. Podríamos, quizás, tener la tentación de pensar sólo en los ritos litúrgicos. Pero lo que de verdad tiene en sus manos es lo que recibió de Jesús, como Jesús lo recibió de su Padre: un amor que salva a la humanidad. Debe imitar, entonces, al Pastor quien da la vida por sus ovejas sin pedir nada a cambio. Debe imitar al mismo Señor, quien lo está marcando con la fuerza de su Espíritu para ejercer el ministerio sacerdotal y así conducir a su grey, aún por medio de cañadas oscuras y barrancos peligrosos, hacia las verdes praderas de la plenitud del amor de Dios: la salvación.

A fin de realizar todo esto y como consecuencia de su consagración, el neo-presbítero deberá comenzar a configurar su vida con el misterio de la cruz del Señor Jesús. No es algo coyuntural que se acaba al finalizar la ceremonia. Es la tarea, el compromiso, el quehacer para toda su vida y con toda su fuerza. Configurarse es la disposición de parte del ordenando. El Obispo, con la oración consecratoria hará el milagro de la configuración a Cristo. Pero, desde entonces, el sacerdote va a adecuar su vida a ello, va a configurar su propia existencia, va a tomar también la iniciativa de una respuesta continua.

Estos dos ritos son símbolo de la misión de todo sacerdote. Se ha venido preparando en un proceso formativo y al llegar hasta este momento se encuentra con la llamada a optar por el Señor a quien se configura. No se convierte en un profesional ni en un ejecutor de ritos religiosos. Su vida está orientada más allá. Se convierte en Memoria viva del Señor en medio de su gente. Memoria es hacer presente la acción salvífica de Jesús, con su testimonio, con su celo apostólico, con su acción santificadora, con su caridad pastoral.

De allí que la vida de todo sacerdote, en la escucha de la Palabra y en la oración personal y eclesial, en la realización de su pastoreo y en su empeño por hacer santos a los demás, sea un continuo reflejo del sumo y eterno Sacerdocio del Señor Jesús. De ahora en adelante, por la ordenación, el neo-presbítero debe ser un contemplativo del Señor en la experiencia de su propia configuración a Él y en su imitación al misterio que recibe en sus propias manos.

¿Para qué es ungido? Para servir al pueblo de Dios y acompañarlo en su peregrinar hacia la salvación. Esto le hace actuar en sintonía con el Cristo dedicado a la humanidad: siendo casto como el mismo Señor lo es para abrazar con su amor a todos los seres humanos, sin excepción y sin apegarse a ningún afecto particular. Además, le toca ser obediente hasta las máximas consecuencias, y así poder hacer sentir la voluntad de Dios a todos y sus consecuencias. Por otro lado, debe ser pobre como Cristo, sin apegos ni a lo material ni a ningún tipo de privilegios: pobre para enriquecer a la humanidad; pobre que hace la opción por los pequeños, los excluidos de la sociedad, los que sufren las consecuencias de la cultura del “descarte” como bien lo señala Francisco, Papa de la nueva evangelización.

¿Para qué es ungido? Para que al proclamar la Palabra de Dios, el Evangelio llegue a dar fruto en los corazones de sus hermanos; para que, al ejercer el servicio de la santificación, su pueblo se renueve, se alimente del altar de Dios, los pecadores sean reconciliados y los enfermos sean confortados. Para que sea un hombre de la misericordia, capaz de acariciar con la ternura del amor de Dios al pueblo que se le confía. Para que, sea constructor de la paz y de la unidad, con lo cual el mundo creerá en el Padre amoroso que quiere la salvación de todos.

En esta celebración, seremos testigos para contemplar el maravilloso don de Dios a nuestra Iglesia con un nuevo sacerdote. Juan Ramón va a dar su sí y va a recibir la unción para ser configurado a Cristo Sacerdote. Es un hermoso regalo: uno de los nuestros va a ser un nuevo profeta y maestro de la fe, un pastor bueno para su grey y un santificador en el Espíritu del Señor. Lo acompañamos con nuestro cariño y con la oración, por la cual damos gracias a Dios por la entrega generosa de este joven y por el milagro que se actúa en él, al ser configurado a Cristo Señor.

Querido Hijo:

Siempre te has destacado por tu sencillez, tu dedicación al trabajo y la responsabilidad en el mismo. Has ido abriendo tu corazón para que hoy el Dios del amor te consagre y te haga configurar a su Hijo Jesús. No dudes en estar siempre a su lado en plena comunión con Él. Sé también un contemplativo del sacerdocio en el ministerio que recibes. Con la mirada puesta en el horizonte del reino déjate llenar siempre por la fuerza de su Espíritu, y transmite a los demás lo que del mismo señor vas recibiendo.

Sé que no piensas con criterios mundanos… que éstos nunca te seduzcan. Mantén tu mente siempre abierta a la sabiduría divina: así podrás ser un buen pastor, un decidido maestro y un testigo ejemplar para los demás. Dios que ha comenzado en ti esta gran obra te ayude en la perseverancia hasta el final. Amén.

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal.

También te puede interesar

Lo último