Iglesia, comunidad abierta al mundo
Las lecturas que la Iglesia nos propone para la misa de los domingos de pascua nos dan pie para reflexionar sobre las consecuencias de la pascua de Jesús en nosotros, los creyentes en Cristo. En este tiempo pascual nuestra atención se dirige, no solo a considerar la acción salvadora de Dios en Cristo, sino también las consecuencias de la resurrección de Jesús a nuestro favor.
La lectura del Apocalipsis nos da el punto de partida. El vidente ve dimensiones de la realidad que existen, pero que no captamos con los ojos de la cara ni podemos palpar con los dedos de las manos. El pasaje que hemos escuchado hoy es continuación del que leímos el domingo pasado: el vidente sigue describiéndonos la visión de la nueva Jerusalén que baja del cielo. Es el lugar donde Dios vivirá con los hombres, con la humanidad. Con esa visión el profeta nos habla de la Iglesia en su dimensión más central y constitutiva. Es la dimensión de la Iglesia que normalmente no se ve. La vida con Dios, la comunión de vida con Dios es el fundamento de la Iglesia; esa comunión reúne a los creyentes que forman la Iglesia y los une también entre sí.
Cuando pensamos en la Iglesia muchas veces lo primero que viene a nuestra mente son los edificios, son las personas que la dirigen (los sacerdotes y los obispos), pensamos en su organización y sus leyes, en sus sacramentos, en la liturgia. Todas esas cosas que se ven son la expresión de la Iglesia; todas esas cosas son elementos propios de la Iglesia. Pero son la dimensión visible de la Iglesia. La Iglesia también tiene una dimensión invisible, que es su centro y razón de ser.
En ese sentido la Iglesia es un don, es un regalo que viene del cielo. Un ejemplo. La tecnología de las comunicaciones facilita la comprensión de lo que digo. Con frecuencia ocurre que en una oficina, en una sala de reuniones, hay señal de Internet en un ambiente, y allí se reúnen las personas con sus lap-tops para captar la señal de Wi-Fi. La señal, aunque es de naturaleza física, no se ve, pero la reunión de la gente en un solo lugar nos muestra dónde está la señal. Ocurre lo mismo con la señal de teléfonos celulares. Hay lugares, sobre todo en el área rural, donde la señal llega solo en un área de una aldea y no en otra. Y uno ve que la gente se congrega en ese lugar para hablar por teléfono, porque allí está la señal. La señal no se ve, pero la gente reunida nos dice dónde hay señal. Pues bien, Dios ha enviado su Espíritu Santo a la tierra como don de Cristo resucitado. El Espíritu Santo es la señal, no física sino espiritual, que Dios nos da para comunicar vida, para hacer posible la unión con él y de unos con otros. La señal de Dios nos congrega en una nueva comunidad, el vidente la contempla como una ciudad, porque reúne en convivencia entre sí y con Dios a todos los que quieran captar la señal del Espíritu.
Veamos cómo describe la ciudad el vidente. Nos dice que en la ciudad no hay templo, porque el Señor Dios todopoderoso y el Cordero son el templo. No necesita la luz del sol o de la luna, porque la gloria de Dios la ilumina y el cordero es su lámpara. Es una ciudad llena de la presencia de Dios. Quienes viven en la ciudad conviven con Dios, y conviven unos con otros en la presencia de Dios. Jesús lo dice en el evangelio con otras palabras. El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada. Jesús promete como fruto de su partida, una convivencia estrecha de él y el Padre con cada creyente. Promete además el envío del Espíritu Santo como el Consolador que enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho. El Espíritu Santo nos recuerda todas las cosas que nos dijo Jesús en el sentido de que nos identifica con Jesús, nos capacita para que las palabras de Jesús entren en nuestro corazón y se hagan forma de vida para cada creyente.
El vidente también ve la muralla que rodea la ciudad. En la tierra de Jesús y en muchos otros lugares, los pueblos y las ciudades se circulaban con una muralla con el fin de protegerlos de los ataques enemigos. Los mayas utilizaban otra técnica: construir las ciudades de modo que quedaran rodeadas de barrancos; por eso no hacían murallas. Las murallas de defensa normalmente tenían una o dos puertas solamente, porque si se abrían muchas puertas, se perdía el propósito de defensa. Sin embargo la muralla de la nueva Jerusalén tiene nada menos que doce puertas, abiertas a los cuatro puntos cardinales. La muralla no está para impedir la entrada, sino para sostener las puertas que permitan el ingreso a la ciudad de todos los que vengan de los cuatro puntos cardinales. La Iglesia es una comunidad abierta al mundo. A ella están convocados todos los pueblos del mundo: del norte y del sur, del oriente y del occidente. Por eso en el salmo responsorial hemos repetido el estribillo: que te alaben, Señor, todos los pueblos. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora.
Precisamente la primera lectura de hoy nos dice cómo se abrieron esas puertas. Al principio de la predicación del evangelio los apóstoles predicaron sólo a los judíos. Pero tanto el apóstol Pedro como el apóstol Pablo tuvieron experiencia de anunciar el evangelio también a personas no judías, quienes abrazaban la fe cristiana con entusiasmo. Al principio hubo resistencia a esta apertura, pero una reunión de los dirigentes de la Iglesia en Jerusalén abrió las puertas para que el evangelio fuera anunciado a hombres y mujeres de todos los pueblos, culturas, razas y naciones. La fe cristiana no está vinculada a con-diciones sociales, raciales, étnicas o culturales. La primera lectura nos da cuenta de la resolución tomada en aquella ocasión. No hacía falta hacerse judío para ser cristiano. La fe cristiana es para los humanos, donde quiera que estén. Muchas religiones antiguas estaban y están vinculadas a una cultura, a un pueblo, a una nación. No así la fe cristiana, que responde a necesidades y preguntas que surgen de la condición humana, que es la misma en todos. Las diferencias físicas y corporales o las diferencias culturales y socia-les entre los pueblos y las personas no anulan la igualdad humana fundamental común a todos. Por eso la fe sigue siendo impulso para superar y vencer los prejuicios y discrimi-naciones de todo tipo que todavía nos dividen y distancian.
Por fin, la última palabra de Jesús es el deseo de la paz. La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. La paz de Jesús es un don y una vocación; es una gracia y una tarea. La paz se realiza en la unión con Dios y en la comunión entre los hermanos. La paz es un don de Jesús, pero todavía no se realiza plenamente en nosotros, pues a causa de nuestros pecados ni estamos tan unidos a Dios y por lo tanto todavía no estamos unidos entre nosotros. La paz del mundo, la que no da Jesús, es la paz de la negociación, del compromiso, que se queda en las formalidades exteriores. La paz de Jesús es un don que se realiza desde el interior. La paz, en ese sentido es una vocación a la que Dios nos llama. Es una tarea a la que vamos respondiendo en la medida en que nos de-jamos unir con Dios y desde Dios aceptamos vivir en unidad con los demás creyentes y con toda persona que es también hija de Dios. La paz es el fruto de la pascua de Jesús, es el don de su Espíritu, es la tarea de la Iglesia y es la meta hacia la que nos encaminamos.
Mario Alberto Molina, arzobispo de Los Altos (Guatemala)