Marta y María
El relato de la visita de Jesús a casa de Marta y María se encuentra solo en el evangelio de san Lucas. Todo el relato está centrado en la contraposición de la actitud de las dos hermanas y en la aprobación y valoración que Jesús hace de la actitud de María.
Mientras Marta se afana y se ocupa por realizar todos los trabajos para poder hospedar a Jesús y a sus acompañantes, María se desentiende de todas esas faenas para sentarse a los pies de Jesús para escuchar su enseñanza. Marta se queja con Jesús: Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude. La queja parece razonable. Al llegar Jesús a su casa, Marta fijó su atención en las necesidades de hospedaje.
El evangelio no nos dice en qué se ocupaba Marta, pero uno puede suponer que se afanó con la preparación de la comida, del lugar donde quizá descansarían Jesús y sus acompañantes, en los requerimientos de aseo de quienes venían a pie por el camino y otras cosas semejantes. Todas estas cosas eran necesarias para dar digno hospedaje a Jesús, pero Jesús no las valoró. Jesús aprobó más bien la actitud de María.
Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola cosa es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará. Muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria.
Para acompañar este evangelio la Iglesia nos propone la lectura de otra visita divina, en otro tiempo y en otras circunstancias. Se trata de la visita que Dios le hizo a Abraham, cuando se hospedó con él y aceptó una comida con él.
Dios se aparece a Abraham en figura de tres hombres que van de camino. De acuerdo con las costumbres de la época, Abraham, que es un jeque rico, no puede dejarlos pasar. Abraham no sabe todavía que los tres hombres son la forma visible que Dios ha adoptado para dejarse ver por Abraham. Los invita a una comida. Abraham se ocupa de dar órdenes para que se prepare un banquete espléndido. La visita concluye con la promesa de un hijo: Dentro de un año volveré sin falta a visitarte por estas fechas; para entonces, Sara, tu mujer, habrá tenido un hijo.
En la Carta a los hebreos (13,1-2), se alude a este pasaje para recomendar la hospitalidad, la acogida al forastero, pues gracias a ella algunos hospedaron, sin saberlo, a ángeles. Jesús también enseñará que quien da de comer al que tiene hambre, quien da de beber al que tiene sed, quien da hospedaje al migrante, quien visita al enfermo realiza, todas esas obras a favor de él, pues él está presente en el hambriento, el sediento, el migrante y el enfermo.
El pasaje de Marta y María se ha interpretado a lo largo de la tradición cristiana como ejemplo de dos formas de la vida consagrada: Marta representaría a los religiosos y consagrados que se ocupan de la evangelización, de la catequesis, de la atención parroquial, de las obras de caridad; y María representaría a los monjes y monjas que se dedican a la oración, a la vida contemplativa, al silencio y al culto a Dios.
Jesús habría valorado esta forma de vida como superior a la primera: quienes al parecer no hacen nada útil, ni siquiera por la difusión del evangelio, y se dedican sólo a orar y a rezar, en realidad hacen lo único importante para la evangelización.
También se ha comparado la actitud de Marta a los cristianos laicos que se ocupan de vivir su vida de fe en medio de las realidades temporales y la de María a las personas consagradas que se ocupan de dar testimonio de las realidades eternas por sus opciones de vida. En esta segunda interpretación, el testimonio de las realidades eternas tendría ante Jesús mayor valor que el afán por recomponer las realidades temporales.
En realidad no se pueden contraponer las cosas de manera tan radical, pero en la sentencia de Jesús hay un aviso para que prestemos atención a lo verdaderamente importante.
Creo que este episodio echa luz sobre el tema de las necesidades humanas y la acción pastoral de la Iglesia. Las necesidades temporales de nuestro prójimo son enormes, a veces deshumanizadoras, y no nos pueden dejar indiferentes. El hambre, la enfermedad, la falta de educación y vivienda, la falta de trabajo y la migración son solo algunas de las necesidades temporales más evidentes. Queremos servir a Jesús socorriendo a nuestro prójimo en sus múltiples necesidades. En otra ocasión Jesús nos dirá que eso es lo que él espera. En el evangelio de san Mateo, en la descripción del juicio final, el Señor juzga a la humanidad en función del servicio que le prestamos al prójimo en sus necesidades temporales. Por lo tanto no podemos descuidar la pastoral de servicio, de asistencia y promoción con la que servimos a Jesús en nuestro prójimo.
Pero a la luz del evangelio de hoy y de otros pasajes de la Escritura, está claro que esto no es ni lo más importante ni lo único que hay que hacer. Jesús no pidió los afanes de Marta para hospedarlo, pero agradeció la atención de María para escucharlo. María con su actitud de escucha puso en evidencia la más profunda necesidad humana y reconoció en Jesús al único que podía satisfacer esa necesidad del corazón. Más allá de las necesidades patentes, están las necesidades latentes y ocultas, las nuestras y las de nuestro prójimo, que sólo desde la fe pueden ser atendidas y sólo la Iglesia puede socorrer. En una ocasión Jesús declaró que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4). No podemos pensar que lo único que necesitamos, nosotros o nuestro prójimo, es la solución de las carencias temporales; no podemos pensar que las únicas necesidades que debemos resolver nosotros en nuestra propia vida son las necesidades materiales.
Antes y más allá de la solución de esos problemas, nuestro prójimo y nosotros mismos buscamos y deseamos la solución a las inquietudes del corazón, que sólo la fe puede colmar. Sólo Jesús y su mensaje pueden satisfacer esas inquietudes.
Por eso la acción pastoral de la Iglesia debe estar dirigida a salir al encuentro de esas necesidades humanas profundas muchas veces invisibles, sin descuidar de atender y de aliviar en lo posible las necesidades humanas más externas y visibles. Tanto unas como otras son humanas, pertenecen a la condición humana. Pero solo la solución de las inquietudes profundas da sentido a la vida, da la fuerza para superar o sobrellevar las carencias temporales, da la motivación para la coherencia ética y la generosidad de la caridad.
En la segunda lectura de hoy, también Pablo se presenta como ministro de un designio invisible y oculto de Dios. Él ha sido constituido ministro para predicarles… el designio secreto que Dios ha mantenido oculto desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a su pueblo santo. El designio secreto de Dios, del que Pablo es ministro, es su voluntad salvífica universal. La salvación no es solo para los judíos, sino para todo ser humano, de cualquier cultura, raza, nación o pueblo.
Por lo que se refiere a la salvación, las diferencias visibles de la humanidad, las diferencias étnicas, sociales y culturales tienen segunda importancia. La salvación se dirige al ser humano, que en todas las culturas y pueblos, se plantea las mismas preguntas, suspira con los mismos deseos, tiene las mismas búsquedas, aspira a la misma plenitud y felicidad. La acción pastoral y evangelizadora de la Iglesia responde a la realidad humana que se debe servir.
Miremos la realidad al programar la acción pastoral. Pues bien, la primera realidad humana que debe ser tomada en cuenta como eje articulador de la acción pastora no es tanto la realidad de la superficie de las necesidades temporales y las peculiaridades culturales, sino la realidad profunda de la humanidad herida en busca de sentido, felicidad y plenitud. La verdadera pobreza tiene allí su raíz; esa es la pobreza para la que el evangelio y Jesús tienen solu-ción. A ello nos invita hoy el Señor.
+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de los Altos, Quetzaltenango-Totonicapán