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La capacidad de perdonar

La misericordia es la gran lección que nos dejó Jesucristo para el trato con las demás personas. Nos la dejó con palabras, con parábolas y con hechos, siendo el hecho supremo la muerte en la cruz por nuestra redención. Sobre este designio divino, a veces nos convendría reflexionar más a fondo. Romano Guardini escribió: «Cuando hablamos de la Iglesia, no hemos de hacerlo como si fuera normal que Cristo hubiera sido rechazado y tuviera que morir. No es normal. La redención no tenía que suceder forzosamente así».

En efecto, podríamos pensar que Dios cumplió con su promesa cuando envió a su propio Hijo que se encarnó para redimirnos. Pero hizo algo más: mantuvo su promesa también cuando su gesto divino fue rechazado. El Dios de la justicia es también, y sobre todo, el Dios de la misericordia.

¡Ay del hombre que solo funcionara con la justicia en las relaciones con sus semejantes! Necesitamos continuamente perdonar y ser perdonados. Es una de las concretas enseñanzas de la oración de Jesús, el Padrenuestro, pedimos perdón y alegamos que también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden.

El Evangelio está lleno de estas enseñanzas y en ellas –dice el mismo Guardini- queda claro que perdón no significa que Dios mire hacia otro lado, o que quite importancia a los pecados, o que nuestra acción mala es como si no se hubiera producido. No. Se ha producido una herida, a otro, a nosotros mismos y a Dios por el amor que nos tiene, pero el médico divino nos ofrece el remedio para curar la herida: el arrepentimiento y las obras de misericordia, y nos dio un sacramento: la penitencia.

¡Qué importante es para un cristiano ser capaz de confesarse con frecuencia! En la medida en que nos reconozcamos pecadores y pidamos perdón, seremos capaces de perdonar más fácilmente a otros. De lo contrario, la soberbia puede jugarnos la mala pasada de creernos mejores que ellos. Y para este caso también Jesús nos aleccionó con parábolas, como la del fariseo y el publicano.

El Papa Francisco nos recuerda de vez en cuando que deberíamos tener un Nuevo Testamento siempre al alcance de la mano. Allí encontraremos que no debemos juzgar a otras personas sin necesidad. Allí aparece lo de la viga en propio ojo y la paja en el ajeno. Y la escena de la mujer adúltera, con aquellos que querían apedrearla y se fueron marchando.

Pidamos a Dios un corazón misericordioso, que no condene, que perdone.

† Jaume Pujol Balcells

Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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