Monseñor Agrelo: "La política europea de fronteras es negación del Evangelio"
"Comulgar en la eucaristía de la comunidad creyente, y aprobar el rechazo de los pobres en las fronteras, es un sacrilegio"
No está de moda: la ley del Señor, la palabra del Señor, la voluntad del Señor. Aún más, la rechazamos: porque no parece digno del hombre tener una norma que no sea él mismo, porque no parece que se conjugue con su libertad estar mirando hacia otro a la hora de tomar una decisión.
Manifiestamente, el Dios de nuestra fe, el Dios de Jesús de Nazaret, es un Dios que no impone su ley, su palabra, su voluntad… Simplemente, nos la ha puesto delante: la ofrece… se nos ofrece con ella…
Su ley, su palabra, su voluntad, nuestro Dios, lo reconozcamos o lo neguemos, lo queramos o no, está siempre ahí. Y hagamos lo que hagamos, pensemos lo que pensemos, afirmemos o neguemos, sepamos o ignoremos, extendemos la mano a lo que queremos, o lo que es lo mismo, escogemos siempre entre fuego y agua, entre la vida y la muerte, “y a cada uno se le dará lo que prefiera”, a cada uno se le dará lo que ha escogido: el fuego o el agua, la vida o la muerte.
Y todos sabemos que es así: el hombre puede liberarse de Dios, puede ocupar el puesto de Dios, puede hacer de la propia voluntad su propia ley, pero haga lo que haga, estará siempre escogiendo entre fuego y agua, entre la vida y la muerte, y lo estará escogiendo, no sólo para sí mismo, sino también para los demás.
La ilegalización de miles y miles de personas la escogimos nosotros y la padecen ellas. El odio a los pobres lo sembramos nosotros, y ellos son las víctimas indefensas
Bueno será que recordemos la historieta del paraíso: “Seréis como Dios, versados en el bien y en el mal” … En realidad, cuando nos parece que estamos escogiendo para nosotros la vida o la muerte, estamos escogiendo para todos…
La ilegalización de miles y miles de personas la escogimos nosotros y la padecen ellas. La muerte de miles y miles de inmigrantes la escogimos nosotros y la sufrieron ellos. El odio a los pobres lo sembramos nosotros, y ellos son las víctimas indefensas sobre las que se ensaña la arrogancia de nuestro egoísmo. Olvidamos el mandamiento y nos aferramos a nuestros intereses: escogemos la muerte… Matamos, porque hemos escogido la muerte… para nosotros.
Los mandamientos de la ley de Dios son indicadores para el camino: atendidos, dan vida y llevan a la vida; ignorados, causan la muerte y llevan a la muerte… El catecismo de mi infancia rezaba así: “Estos diez mandamientos se encierran en dos: en servir y amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”.
Escogemos siempre: O lo hacemos para ir por el camino que, desde el principio, nos muestra el tentador: el ansia de poder, la ambición de poseer, la ilusión de dominar: “Todo esto te daré si, postrándote, me adoras” … O lo hacemos para ir por el camino que nos muestra el mandamiento del Señor, la palabra de Dios, la Palabra hecha carne, Cristo Jesús: “Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen y calumnian”. “Amaos unos a otros como yo os he amado”. “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”.
El de Cristo Jesús es un camino de enfrentamiento al mal, un camino de lucha por sanar enfermos, liberar cautivos, perdonar ofensas, resucitar muertos…
La de Cristo Jesús es una lucha hasta perder la vida…Pero su camino lleva a una humanidad nueva: una humanidad de hermanos, una humanidad familia, una humanidad que tiene por norma de vida al mismo Cristo Jesús, el hombre que vive para que todos vivan… el Dios que ha venido a nosotros como siervo de todos…
Y nosotros, escuchando hoy su palabra, comulgando con él, escogemos, a la vista de todos, el camino que queremos seguir: escogemos su camino, su lucha, su vida, su muerte… Escuchando hoy y comulgando, aprendemos la ley del Señor, aprendemos a amar como él ama, aprendemos a dar vida como él la da, escogemos con él el camino que lleva a la vida… “El que ama al otro, tiene cumplida la ley”.
El que no ama, pierde su vida… y mata. Vivir es amar.
Posdata
La política europea de fronteras es negación del Evangelio. Comulgar en la eucaristía de la comunidad creyente, y aprobar el rechazo de los pobres en las fronteras, es un sacrilegio, una burla de la fe, un escupitajo en la cara de Jesús, un capítulo nuevo en la historia de su pasión... El Evangelio, Cristo, la Iglesia, es de los pobres... Para ellos fue ungido y enviado Jesús; para ellos somos ungidos y enviados todos los hijos de la Iglesia... La Iglesia no es responsable de buscar obispos o presbíteros: el Señor se los regala en su misericordia... La Iglesia es responsable de ser evangelio para los pobres, los inmigrantes pobres están reclamando a gritos el grito de la Iglesia... Y a mí mismo me lo recuerdo, por si alguien quiere recordarlo: sin los pobres no tenemos salvación.