40 años después, sigo escuchando: ‘Se han olvidado de Dios’ Un monje ‘loco’ despertó el alma
Más religión, más política, más discursos, pero menos humanidad. Y cuando el nombre de Dios se usa para odiar, condenar, descalificar, imponer cargas pesadas, se está profanando
La víspera de mi primera profesión, en Argentina, cuando estaba a punto de decir a Dios que sí, sentí la necesidad de hacer silencio. De apartarme. De escuchar. Me fui al monasterio del Siambon, de los benedictinos, en Tucumán. Un lugar sobrio, en medio de la montaña. Un sitio casi desnudo, donde el silencio no pesa, sino que sostiene. Entré en la iglesia y me senté. Llevaba dentro una mezcla de todo: ilusión, impaciencia, alegría, vértigo. Porque decir “SI” no es cualquier cosa.
Y entonces apareció Juanito. Juanito era un monje armenio. Un personaje. Decían que no estaba muy bien de la cabeza. Pero hay locuras que dicen más verdad que muchas corduras. Comenzaba a llover con grandes truenos y relámpagos, que daban un poco de respeto. Entró con una escoba en la mano, como si viniera a barrer algo más que el suelo. Se acercó y empezó a echarnos de la iglesia.
—¡Fuera, fuera! ¡Que va a llover! Nosmirábamos sin entender. ¿Sacarnos de la iglesia… porque iba a llover?
Y mientras nos empujaba hacia la puerta, repetía una y otra vez:
—¡Se han olvidado de Dios! ¡Se han olvidado de Dios!
Puedes estar dentro de una iglesia… y haber olvidado a Dios. Puedes repetir oraciones y no escuchar. Puedes estar a punto de consagrar tu vida, y no haberte entregado del todo
Yo lo miraba desconcertada, y pensaba:“Pero si nos hemos olvidado de Dios… ¿por qué nos echa de la iglesia?” Y, sin embargo, en medio de aquella escena absurda, algo se me encendió por dentro. Porque no hablaba del edificio. Hablaba de nosotros.
Puedes estar dentro de una iglesia… y haber olvidado a Dios. Puedes repetir oraciones yno escuchar. Puedes estar a punto de consagrar tu vida, y no haberte entregado del todo.
Aquel monje, con su escoba y su aparente locura, me estaba dando una de las lecciones más hondas de mi vida. Salí de allí removida. Y me quedé pensando. Tenía razón, Juanito. La gente se había olvidado de Dios, y tal vez yo, ¡también!
Y yo iba a profesar por eso. Porque quería que la gente lo conociera. Que conociera el Evangelio. Porque creía —y sigo creyendo— que el camino de Jesús es el mejor, capaz de humanizarnos de verdad. Que si muchos lo viviéramos, el mundo podría ser distinto. Más justo. Más fraterno. Más humano.
Han pasado muchos años desde entonces. Casi cuarenta. Hoy tengo 59 años. Y en estos días, viendo lo que está pasando en el mundo —las guerras, el odio, la violencia, las descalificaciones, la crispación—, vuelvo a escuchar la voz de Juanito en mi corazón: “Se han olvidado de Dios”
Al día siguiente hice mis votos.
Han pasado muchos años desde entonces. Casi cuarenta. Hoy tengo 59 años. Y en estos días, viendo lo que está pasando en el mundo —las guerras, el odio, la violencia, las descalificaciones, la crispación—, vuelvo a escuchar la voz de Juanito en mi corazón: “Se han olvidado de Dios”.
Pero hoy iría un poco más allá. No solo nos hemos olvidado de Dios.
Hay quienes utilizan su nombre. Lo utilizan para dividir, para justificar guerras, para imponer ideologías, para enfrentarnos. Más religión, más política, más discursos, pero menos humanidad. Y cuando el nombre de Dios se usa para odiar, condenar, descalificar, imponer cargas pesadas, se está profanando.
Dios no está en el odio. Dios no bendice la violencia. Dios no pertenece a ninguna ideología. Dios es vida. Dios es amor, y en Jesucristo se nos ha mostrado como un Dios que se hace humano, que se acerca, que abraza, que perdona y que da la vida por todos.
Esta semana vamos a contemplar su pasión. Un Dios que no responde al odio con más odio. Un Dios que no devuelve la violencia.
Un Dios que ama hasta el extremo. Ojalá volvamos a lo esencial.
Ojalá recuperemos el sentido profundo de su presencia, y ojalá seamos capaces, con nuestra vida —no solo con palabras—, de dar testimonio.
De vivir de tal manera que podamos decir, con hechos, que ni el odio, ni la violencia, ni la muerte tienen la última palabra. Que la última palabra la tiene el Dios de la vida, el Dios que es la VIDA para todos los hombres y mujeres, para la humanidad entera