Treinta años de obispo: lo que yo puedo decir de Juan José Omella
A Juan José Omella se le ha definido muchas veces desde fuera. Yo prefiero hablar del Juan José que conozco. Del hombre con el que hemos podido compartir, discutir, reír, preocuparnos, trabajar y hablar sin demasiados protocolos
Hoy se cumplen treinta años que Juan José Omella fue ordenado obispo. Fue el 22 de septiembre de 1996, después de que san Juan Pablo II lo nombrara obispo auxiliar de Zaragoza. Vendrían después Barbastro-Monzón, las administraciones apostólicas de Huesca y Jaca, Calahorra y La Calzada-Logroño y, finalmente, Barcelona, donde es arzobispo desde diciembre de 2015. Francisco lo creó cardenal en 2017 y durante años formó parte de la Congregación para los Obispos.
No pretendo hacer balance de estos treinta años, yo quiero hablar simplemente desde lo que conozco y desde lo que hemos vivido.
De Omella se ha dicho de todo. Se le ha querido encasillar políticamente, se ha discutido si entendía o no Cataluña, si era suficientemente esto o demasiado aquello. Creo que, en determinados sectores, no se le ha hecho justicia. Y creo también que mucha gente ha hablado de él sin haberlo tratado.
No es perfecto. Tampoco hace falta canonizarlo antes de tiempo. Tiene sus defectos, como todos tenemos los nuestros. Yo, además, le he dado unos cuantos dolores de cabeza con esa incontinencia verbal que me acompaña y que alguna vez ha provocado algún incendio que después había que apagar y que él no tuvo inconvenientes en hacerlo en altas esferas vaticanas o clericales. Si: dio la cara cuando otros nos daban la espalda
Precisamente porque nuestra relación nunca ha sido de peloteo puedo hablar de ella con libertad.
El cardenal Omella ha entendido muy bien el camino que nuestra comunidad ha intentado recorrer durante estos años. Junto con el papa Francisco, probablemente ha sido una de las personas de la Iglesia que mejor comprendió que nuestra implicación social, el compromiso con las personas vulnerables y los proyectos que fueron naciendo no eran algo añadido a nuestra vida religiosa. Era, sencillamente, nuestra manera de intentar vivir el Evangelio.
Nos ha apoyado cuando lo ha considerado oportuno y hemos podido hablar con absoluta sinceridad también cuando no estábamos de acuerdo. Hemos discutido, contrastado puntos de vista y dicho las cosas como las pensábamos. Y esto siempre se agradece. Porque una relación verdadera no consiste en estar de acuerdo en todo, sino en poder hablar con libertad y seguir caminando juntos. El papa Francisco me decía: “El cardenal Omella nunca me dice lo que creen que quiero escuchar: es un tipazo, ¡va de frente y con la verdad!”
Hay además un episodio reciente que, para mí, dice bastante de él. Se ha hablado muchísimo de su relevo en Barcelona. Sin embargo, cuando se preparaba la visita de León XIV a Cataluña, el propio cardenal manifestó al Papa su disponibilidad para que aceptara su renuncia antes de la visita. Pensaba que quizá quien tuviera que sucederle podía recibir al Papa y comenzar su etapa con el respaldo que suponía un acontecimiento de aquella magnitud.
El papa León XIV no quiso que fuera así. Quiso que Omella continuara y fuera él quien lo recibiera en Barcelona. Y me consta también que ha mantenido su confianza en él para distintos asuntos.
Lo cuento porque los hechos muchas veces explican mejor a una persona que los adjetivos.
También conozco hasta qué punto trabajó para que aquella visita no fuera simplemente la visita del Papa a una gran ciudad, sino un verdadero encuentro con Cataluña. Desde meses antes, León XIV conocía la importancia de nuestra lengua, nuestra realidad y nuestras sensibilidades. Omella había hablado con él de Cataluña y de la importancia de que utilizara el catalán. Y creo que después todos vimos el resultado, tanto en la Sagrada Familia como en los mensajes que el Papa dirigió al país: Y me consta que no fue un movimiento de última hora, estaba en las raíces de la decisión de visitar Catalunya.
Durante años algunos quisieron presentar a Omella como alguien que no entendía suficientemente la Iglesia catalana. También aquí prefiero mirar los hechos. Formó parte durante años de la Congregación para los Obispos y participó, por tanto, en un periodo importante para la configuración del episcopado actual. Durante mucho tiempo se reclamaba: «Volem bisbes catalans». Pues hoy los tenemos. Obispos arraigados en el país, conocedores de nuestra Iglesia y de nuestra realidad, y en cuyo nombramiento tuvo mucho que ver el cardenal Omella. Creo que podemos decir que tenemos -en general- un buen episcopado en Catalunya y que él ha contribuido a que sea así.
Con Francisco tuvo una relación especialmente cercana. El Papa confió en él, lo creó cardenal y le dio responsabilidades importantes. Pero más allá de los cargos, yo conocí algo de aquella relación y sé que Francisco lo consideraba un amigo, una persona leal y alguien con quien podía hablar con confianza.
Y vuelvo finalmente a lo que yo puedo contar de primera mano: Nuestra comunidad ha podido contar con Juan José Omella durante estos años. Ha escuchado nuestros proyectos, ha entendido nuestra manera —a veces poco convencional— de hacer las cosas, nos ha ayudado a encontrar y a abrir caminos y ha estado disponible también cuando aparecían dificultades. Y, sobre todo, hemos podido relacionarnos con él con libertad.
Para nosotras es el arzobispo y el cardenal, naturalmente. Pero para mis hermanas y para mi comunidad de hermanas y laicos, es un hermano y un amigo. Sin paternalismos, sin clericalismos y sin esa distancia que tantas veces generan los cargos. Y sí, tampoco tengo problema en decir que en algunos momentos lo hemos sentido como un padre, entendiendo la palabra en su sentido más limpio: alguien cercano, que escucha, acompaña y quierede verdad.
Treinta años después de su ordenación episcopal, mucho se habla de lo que vendrá después. Ya llegará cuando tenga que llegar. Hoy prefiero detenerme en lo vivido.
A Juan José Omella se le ha definido muchas veces desde fuera. Yo prefiero hablar del Juan José que conozco. Del hombre con el que hemos podido compartir, discutir, reír, preocuparnos, trabajar y hablar sin demasiados protocolos. Y desde ahí, sin necesidad de ponerle más adjetivos, hoy sí quiero decir una cosa: Gracias, Moseñor Juan José. Feliz aniversario. Y seguimos caminando.