"El acontecimiento no une. Divide. Como todo lo que supera las expectativas"
La noticia llega sin prisa, casi sin emoción: «Señor, el que tú amas está enfermo». Juan (11,1-45) comienza así, con una frase breve y concisa, que suena como un informe médico. Sin embargo, se trata de un hombre al que Jesús ama, junto con sus hermanas, Marta y María. Betania está cerca, a pocos pasos. Todo hace pensar en una carrera. Pero no. Jesús se queda donde está, dos días más. El tiempo se dilata, se convierte en una suspensión. La espera entra en la narración y la domina.
Entonces, de repente, dice: «Lázaro se ha dormido». Los discípulos se relajan. Entonces se curará. Solo es cansancio. Pero Jesús habla del «sueño» de la muerte, y ellos del sueño de un hombre que duerme y descansa. Las palabras ya no coinciden con lo que ocurre. Tiene que detenerse, corregir: «Lázaro ha muerto». La frase cae seca, sin protección. Y enseguida añade algo que no cuadra: está contento de no haber estado allí con el amigo moribundo. Como si su imperdonable retraso tuviera sentido. La brecha se amplía. Jesús se mueve en un tiempo diferente, los demás permanecen en la urgencia y el miedo.
Cuando decide partir, los discípulos dudan. «Pero, Rabí, allí querían apedrearte, ¿te acuerdas? ¿Y vas a volver ahora que ya es demasiado tarde? Eres un imprudente». Es un desfase continuo. Y Tomás, con una lucidez amarga, cierra la escena: «Vamos también nosotros a morir con él». No es solo valentía. Es una sombra de fatalismo.
En Betania, Marta sale al encuentro de Jesús. No lo abraza. Lo detiene con una frase que pesa como una acusación: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». No hay súplica, solo una constatación fría. María dirá las mismas palabras. Dos voces, una sola herida.
Jesús responde: «Tu hermano resucitará». Pero también aquí las palabras se deslizan. Marta entiende otra cosa, lo desplaza todo hacia adelante: «Sí, claro, ¿por qué no? ¡Sé que resucitará en el último día!». Un futuro lejano, que no perturba el presente. Jesús habla en presente, pero el presente está ocupado por la muerte. Sus palabras llegan fuera de tiempo, o demasiado dentro del tiempo.
Cuando llega María, no habla. Se postra a sus pies y llora. Y con ella lloran los demás. El dolor se extiende, se convierte en ambiente. Jesús lo mira. Y algo se resquebraja. El texto insiste: se conmueve, se turba. Luego, sin defensas: «Jesús rompió a llorar». Se encuentra dentro del dolor, de repente, y sin refugio.
Lo llevan al sepulcro. Una cueva cerrada por una piedra. Todo está quieto, compacto, definitivo. Jesús ordena: «Quiten la piedra». Los cambios emocionales son demasiado bruscos. Marta reacciona de inmediato para detener la acción: ¡paren todos! ¡Basta! «Señor, ya huele mal», dice. Es la realidad la que se resiste, la que se opone. Pero la piedra es quitada de todos modos.
Jesús alza los ojos, da las gracias en voz alta, como si alguien allá arriba debiera oír claramente sus palabras. Luego grita: «¡Lázaro, sal fuera!». Y «el muerto salió». No Lázaro, sino «el muerto», dice Juan como para subrayar lo absurdo del milagro. Sale atado, con las manos y los pies envueltos, el rostro cubierto. La vida no borra las huellas de la muerte. Las lleva consigo, es más, las hace ostentar.
Jesús añade: «Desatadlo y dejadlo ir». No basta con que salga. Alguien debe acercarse y poner las manos sobre ese cuerpo aún marcado por la descomposición, aún ambiguo.
A su alrededor, la multitud se divide. Algunos creen. Otros se van a contarlo. El acontecimiento no une. Divide. Como todo lo que supera las expectativas. Y queda esta escena en suspenso: miradas que intentan comprender, con retraso, lo que ha sucedido más allá de las palabras que lo habían anunciado.