"La diferencia entre fijar la mirada en el obstáculo y fijarla en la meta"
Mateo (14,22-33) abre la escena con un verbo contundente: Jesús 'obligó' a los discípulos a subir a la barca. Él sube al monte, solo, a orar. Mientras tanto, la barca está en medio del lago. Las olas golpean el casco, los remos no bastan. Entonces lo ven. Alguien camina sobre el agua…
La multitud ha sido alimentada, se han recogido las doce cestas y ha caído la noche. Mateo (14,22-33) abre la escena con un verbo contundente: Jesús «obligó»a los discípulos a subir a la barca y a adelantarse a él a la otra orilla. Los obliga. No les pide ni les propone nada: los empuja lejos de donde están. Luego despide a la multitud y, por fin, se queda solo. Sube al monte, solo, a orar. Llevaba un tiempo buscando el desierto y la multitud se lo había impedido. Ahora encuentra el desierto en vertical: no el espacio vacío, sino la altura, el monte, la oscuridad, el silencio. Ora. Mateo no nos dice qué dice. Solo dice que está solo, que es de noche, que está en el monte. Como Moisés, como Elías. Los hombres que hablan con Dios siempre lo hacen en lo alto y siempre en la oscuridad.
Mientras tanto, la barca está en medio del lago. La vemos allí, aislada sobre el agua. El viento es contrario, las olas golpean el casco, los remos no bastan. Estamos en la cuarta vigilia —entre las tres y las seis de la madrugada, la hora más oscura, cuando el cuerpo está cansado y la mente cede—. Estos hombres llevan horas remando contra un lago que no les deja pasar. El lago de Tiberíades —al que a menudo se le llama «mar»— es así: una llanura de agua enclavada entre colinas, y el viento se cuela en ella como en un embudo, sin previo aviso, transformando la superficie tranquila en una bestia indomable. Ante nuestros ojos desfilan, una tras otra, las imágenes más antiguas de la condición humana: Ulises atado al mástil, Jonás en el vientre de la ballena, los náufragos de Géricault apiñados en la balsa con la mirada perdida. El hombre contra el mar. La pequeña embarcación de madera contra la inmensidad del agua.
Entonces lo ven. Alguien camina sobre el agua: no nada ni flota. Camina, como si avanzara por un camino de tierra. Los discípulos gritan: es un fantasma. Jesús habla: «Ánimo, soy yo, no temáis». En la barca, en la oscuridad, en medio del viento, su voz se hace reconocer en medio del caos.
Pedro, que nunca se queda quieto, que siempre habla primero, que actúa antes de pensar, le grita: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». Si eres tú: es un desafío, una apuesta, un salto a las aguas oscuras. Jesús dice una sola palabra: «Ven». Y Pedro, sin pensárselo dos veces, salta por la borda de la barca y camina sobre el agua. Y lo hace. Camina un instante, da unos pasos. El agua lo sostiene. Luego ve el viento y tiene miedo. Y se hunde: no se cae, se hunde, lentamente, como quien deja de nadar. El agua que lo sostenía un instante antes ahora lo engulle.
Pedro no se hunde porque el viento sea demasiado fuerte. Se hunde porque mira al viento en lugar de mirar a quien le ha llamado. Es la diferencia entre fijar la mirada en el obstáculo y fijarla en la meta. Todo trapecista lo sabe: si miras al vacío, te caes. Si miras al otro trapecio, vuelas.
«¡Señor, sálvame!», grita. Y Jesús, de inmediato, extiende la mano y lo agarra. Lo sujeta. El gesto es el de quien atrapa a un niño que se cae, una mano que agarra una muñeca en el agua. «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?». La frase no es un reproche. Es una pregunta sincera: ¿por qué? Tenías los pies sobre el agua, estabas caminando, ya te encontrabas en medio del milagro. ¿Por qué has mirado hacia otro lado?
Suben a la barca. El viento amaina de repente, como si alguien hubiera cerrado una puerta. El silencio tras la tormenta es ensordecedor. Y los que están en la barca —todos, no solo Pedro— dicen: «De verdad que eres el Hijo de Dios». Es el asombro de quien ha visto lo imposible y ya no tiene palabras para expresarlo.
El lago ahora está en calma. La barca se desliza hacia la otra orilla. La montaña donde Jesús oraba es una sombra a sus espaldas. Y Pedro todavía tiene la ropa mojada, agua en los oídos, y sigue sintiendo la mano firme, decidida y segura alrededor de su muñeca.