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"Las espigas maduran lentamente. La semilla germina en la oscuridad. La levadura actúa en silencio"

"Tres parábolas, tres imágenes. La cizaña que crece junto al trigo y que nadie debe arrancar. El minúsculo grano que se convierte en árbol. La levadura que desaparece en la masa y la hace crecer"

El trigo y la cizaña

Jesús sigue en la barca. La multitud está en la orilla, con el lago a sus espaldas. Mateo (13,24-43) recoge tres historias, una tras otra, y cada una de ellas pone patas arriba algo que el sentido común daba por sentado.

Hermanos Karamazov

La primera es la más larga y la más inquietante. Un hombre siembra trigo bueno en su campo. Por la noche, mientras todos duermen, viene un enemigo y siembra cizaña entre el trigo. La escena es nocturna, furtiva, maliciosa; tiene la precisión de un sabotaje. La cizaña es una hierba que, en los primeros meses, es idéntica al trigo: mismas hojas, mismo tallo, mismo color. Solo cuando maduran las espigas se aprecia la diferencia, pero para entonces las raíces están entrelazadas, enredadas bajo tierra, imposibles de separar sin arrancarlo todo. Los siervos ven la cizaña y quieren arrancarla de inmediato. Es el instinto más antiguo: hay que eliminar el mal, hay que cortar lo podrido. Pero el dueño dice que no. «Dejad que unos y otros crezcan juntos hasta la cosecha». Juntos. El bien y el mal en el mismo campo, con las raíces entrelazadas. No se puede quitar uno sin dañar al otro.

Es una idea que encuentra resistencia. Todos los poderes a lo largo de la historia —políticos, religiosos, ideológicos— han querido separar antes de tiempo, dividir a los buenos de los malos, a los puros de los impuros. Jesús dice: ahora no. Dostoievski construyó toda una novela —Los hermanos Karamázov— sobre la imposibilidad de separar el bien del mal en el corazón humano. Dmitri es noble y violento, puro y sórdido al mismo tiempo. Scorsese ha contado lo mismo toda su vida: sus personajes —Travis Bickle, Jake La Motta, los gánsteres de sus calles— son trigo y cizaña a la vez, santos y condenados en un mismo cuerpo. La línea no pasa entre las personas. Pasa dentro de cada persona.

El juicio llegará, lo dice Jesús: los ángeles separarán, el fuego arderá. Pero todo eso queda para el final. El tiempo que se nos ha concedido es el tiempo del crecimiento juntos, de la convivencia, de la paciencia.

Luego, sin pausa, otra parábola. Muy breve. «El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo. Es la más pequeña de todas las semillas, pero, una vez crecida, es más grande que las demás plantas del huerto y se convierte en un árbol, hasta tal punto que las aves del cielo vienen a anidar entre sus ramas». De lo más pequeño a lo más grande. De lo casi invisible al refugio de quienes vuelan. Lo que importa no se reconoce al principio. Empieza minúsculo, insignificante, fácil de perder entre los dedos. Una cosa insignificante que se convierte en hogar.

Y enseguida otra, aún más breve. «El reino de los cielos es semejante a la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de harina, hasta que todo fermentó». Una mujer, una cocina, una masa. Tres medidas de harina son unos cuarenta kilos: pan para todo un pueblo. Y la levadura desaparece en su interior. Ya no se ve, no se distingue. Pero actúa, fermenta, hincha, transforma desde dentro. Es exactamente lo contrario de un gesto llamativo. Una fuerza oculta que lo cambia todo sin que se note.

Tres parábolas, tres imágenes. La cizaña que crece junto al trigo y que nadie debe arrancar. El minúsculo grano que se convierte en árbol. La levadura que desaparece en la masa y la hace crecer. En las tres, el protagonista es el tiempo: el de la paciencia, el del crecimiento, el de la transformación invisible. Jesús cuenta desde la barca un mundo en el que las cosas importantes no se ven de inmediato, donde hay que suspender el juicio, donde lo pequeño contiene lo grande. Es lo contrario de la prisa por separar, por decidir, por entenderlo todo ahora mismo. Las espigas maduran lentamente. La semilla germina en la oscuridad. La levadura actúa en silencio.

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