"La llamada no es romántica. Es una cesura. Todo comienzo conlleva una pérdida"
Juan ha sido arrestado. Es una noticia de última hora, una noticia breve. Sin explicaciones, sin comentarios. Un hecho. Algo se interrumpe, y precisamente de esa interrupción nace un nuevo movimiento. El relato de Mateo (4,12-23) registra esta interrupción repentina en una historia que parecía tomar un giro interesante, fluido y misterioso a la vez. Jesús se retira a Galilea. No reacciona, no protesta, no recoge el legado de Juan. Se desplaza, se aparta. Su primera decisión es geográfica y teatral: cambiar de lugar se convierte en la forma de cambiar de escena.
Galilea no es Jerusalén, de hecho: es periferia, frontera, lugar de mestizaje, tierra atravesada, desprotegida, de paso. Jesús elige comenzar allí. No en el centro del poder, sino en una zona porosa, inestable. Es una elección narrativa fuerte: la historia no nace en el corazón, sino en los márgenes. Como en las novelas de Faulkner o McCarthy, donde el sentido emerge de territorios laterales y sin paz.
Jesús comienza a hablar. Su primera frase es breve, clara: «¡Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca!». Es un anuncio de proximidad, no una amenaza. Algo se ha acercado. El tiempo ha cambiado de densidad. No hay una nueva doctrina que aprender. En cambio, es necesario orientarse en un espacio que de repente se ha deformado.
Luego, la narración se estrecha visualmente: Jesús camina a lo largo del mar de Galilea, extendido como una losa inquieta. Camina, ve, llama. Todo sucede mientras camina. No hay escenario, podio, asamblea, marco. La llamada surge de una mirada lanzada a lo largo de la orilla. Simón y Andrés están trabajando. El mar es para ellos una fuerza que toma y devuelve, que promete y decepciona. Las redes cortan el agua con un gesto antiguo, repetido mil veces: pura rutina, la de un tiempo circular, que vuelve a empezar cada día igual a sí mismo.
Jesús no la interrumpe con un discurso convincente. Ni siquiera se presenta. Ni siquiera saluda. Solo dice: «Venid detrás de mí». No hay invitación ni amabilidad. Al fin y al cabo, ¿qué hace? Solo cambia el verbo: ya no es «echar», sino «seguir».
La respuesta es seca, instantánea: «Inmediatamente dejaron las redes». Mateo no indaga en las motivaciones psicológicas. No entra en las dudas. Registra el gesto con cierta distancia periodística. Las redes quedan allí, inútiles, como objetos abandonados en la arena. Es una imagen muy poderosa: lo que hasta un momento antes mantenía unida la vida y la garantizaba, ahora se abandona. No se destruye, ni se demoniza: simplemente se deja allí. La escena se repite igual con Santiago y Juan. Aquí, sin embargo, el contraste es aún más marcado. No solo dejan el trabajo, sino al padre, y con él la continuidad de la sangre, del oficio, del destino. El relato no comenta, no juzga. Anota. Aquí la escritura es cruel en su sobriedad. La llamada no es romántica. Es una cesura. Todo comienzo conlleva una pérdida.
A partir de aquí, Jesús se pone en marcha. Enseña, cura, recorre Galilea. Su actividad se describe como una ola. Palabras y gestos juntos: enseñar, anunciar, curar. El cuerpo entra en la narración. La historia se mancha de carne, y con ella de enfermedades y dolores. Como en los lienzos de Caravaggio, la luz suave cae sobre la carne de los cuerpos.
La multitud crece. Llega de todas partes. Mateo amplía el encuadre y lo ilumina con fuerza: «Los que vivían en tinieblas, en la región y sombra de muerte, vieron una gran luz», escribe. No hay un proyecto ni una institución. Jesús no construye un centro directivo de la salvación del mundo: pone en marcha. Y quien camina no sabe exactamente adónde le llevará el camino. Así es como la historia realmente comenzó.