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" La luz solo tiene sentido si ilumina a alguien. No sirve a sí misma"

Sal y luz

Jesús sigue en la montaña, con la multitud abajo y los discípulos cerca. Tras la desconcertante lista de las bienaventuranzas, ahora Mateo (5,13-16) nos ofrece dos imágenes breves, concretas y cotidianas: la sal y la luz. Objetos que se pueden tocar, que sirven. Es como si el discurso bajara de repente del cielo a la cocina. «Vosotros sois la sal de la tierra». La sal casi nunca se ve. Está oculta, disuelta, mezclada. Sirve de poco, pero sin ella todo pierde sabor. Es una materia ambigua: conserva y quema, cura y corroe. No llama la atención, no se come sola. Solo existe en relación con lo que acompaña.

Luego llega la advertencia: si la sal pierde su sabor, ya no sirve. Es una imagen dura. La sal inservible no se recicla, se tira. Aquí no hay romanticismo. Hay posibilidad de fracaso. La palabra de Jesús no idealiza. Dice que incluso lo que es bueno puede volverse inerte, insípido, decorativo. Es una frase que resuena como ciertas páginas de Musil, donde el talento no utilizado se convierte en peso muerto, en posibilidad desperdiciada.

Sal de la tierra y luz del mundo

Inmediatamente después, la imagen cambia: «Vosotros sois la luz del mundo». Si la sal actúa en la oscuridad, la luz hace lo contrario. Se expone. No se mezcla, sino que se difunde. Aquí el contraste es nítido. Jesús mantiene juntos dos movimientos opuestos: desaparecer y aparecer, hacerse pequeño y hacerse visible. La ciudad situada en la montaña no puede permanecer oculta. No porque sea poderosa, sino porque está expuesta. Está ahí, a la vista de todos, como ciertas ciudades que, en pintores como Turner, emergen de la niebla entre la luz y la disolución.

La luz no es un faro deslumbrante. Es una lámpara doméstica que se enciende para ver. Jesús insiste: nadie enciende una lámpara para luego cubrirla. Sería absurdo. La luz solo tiene sentido si ilumina a alguien. No sirve a sí misma. Es una imagen antinarcisista. La luz no habla de sí misma, hace visibles las cosas. Como en la pintura de Vermeer, donde la luz no es protagonista, sino lo que permite que los objetos existan plenamente.

Luego Jesús lo relaciona todo con los gestos: «Que brille vuestra luz delante de los hombres». No pide palabras ni declaraciones. Pide obras, que no sirven para construir una identidad pública, sino para hacer perceptible algo que no se ve directamente. La luz no dice: «¡miradme!». Dice: «¡mirad gracias a mí!». Es una dinámica sutil, frágil. Fácilmente malinterpretable.

Este texto es una reflexión sobre la presencia en el mundo, sobre la forma de estar en él. No sobre la excepcionalidad, sino sobre la eficacia silenciosa. La sal y la luz no cambian la estructura de las cosas, sino la forma en que se perciben. No sustituyen a la comida, no se convierten en la habitación. Hacen posible el sabor, la visión.

Jesús no invita a distinguirse por superioridad, sino por necesidad. No para destacar, sino para servir. El hombre justo no es el héroe, sino aquel que, sin proclamas, impide que el mundo se vuelva invivible. Un gesto a la vez.

Sin embargo, hay un riesgo implícito: convertirse en decorativos. Sal que no sala, luz que deslumbra en lugar de iluminar. Jesús no lo oculta. Su palabra contiene una amenaza sobria: la irrelevancia. No el pecado espectacular, sino la inutilidad. Estar presente sin influir. Existir sin orientar nada.

El discurso no se cierra. Las imágenes permanecen abiertas, como utensilios dejados sobre la mesa. La sal puede usarse o desperdiciarse. La luz puede encenderse o cubrirse. La palabra no obliga: expone una posibilidad. Y la confía a la frágil libertad de quien, al bajar de la montaña, deberá decidir si permanecer invisible como la sal que sirve o apagarse como una lámpara olvidada bajo un recipiente.

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