Hazte socio/a
Última hora:
Vox rompe con la Iglesia

"El mapa es el camino. La dirección no está fuera del camino por el que se camina"

CAMINO

Hay una escena en el Evangelio de Juan que parece escrita por un dramaturgo del absurdo. Un hombre, cenando con sus amigos más cercanos, anuncia que está a punto de marcharse, y enseguida añade: no tengáis miedo. Es la paradoja de la despedida: la palabra que consuela es precisamente la misma que hiere. «Que no se turbe vuestro corazón»: quien lo dice sabe que la turbación ya está ahí, sentada a la mesa, invisible y presente como un invitado no deseado.

La habitación está cerrada, pero es inútil: no protege. Uno ya ha salido, a la oscuridad. Los demás se quedan, en suspenso. Juan (14,1-12) se mueve dentro de este espacio reducido, como una escena teatral en la que nadie puede sustraerse a la mirada de los demás.

Jesús habla por imágenes: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas», dice. La frase tiene una enorme potencia espacial, abre un espacio inesperado: una casa, habitaciones, puertas. Evoca un edificio inmenso, un palacio borgesiano donde cada puerta se abre a otra puerta. Pero Juan dice literalmente «moradas», lugares de descanso, estaciones a lo largo de un camino. No el destino: el trayecto. No las habitaciones de una casa definitiva, sino el refugio temporal de quien aún está de viaje. La imagen se invierte: lo que parecía un punto de llegada se convierte en un movimiento perpetuo.

«Voy a prepararles un lugar», dice. Se aleja para hacer espacio. Y enseguida: «Volveré». El irse no es una pérdida definitiva, sino un movimiento que prepara un regreso. El relato se construye sobre esta tensión: ausencia y presencia que se persiguen.

Tomás interrumpe. Siempre él. «No sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos conocer el camino?». ¡Cierto, tiene razón! Pide una dirección, un camino trazado. Quiere un mapa, en definitiva. La respuesta no ofrece coordenadas: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». No indica un recorrido externo. La perspectiva se invierte. El mapa es el camino. La dirección no está fuera del camino por el que se camina. Las palabras no explican, sino que desorientan. Cada respuesta amplía la pregunta. El mecanismo narrativo es el del malentendido sistemático, y Juan lo utiliza como un relojero utiliza los engranajes: con precisión implacable. Cada vez que un personaje se toma al pie de la letra las palabras de Jesús, el texto se abre a un abismo de significado adicional.

Felipe interviene. Desvía la petición: «Muéstranos al Padre y nos basta», pide. Quiere ver. Quiere una prueba, algo que acalle la incertidumbre. La respuesta es sorprendente: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me has conocido?». Continúa: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». No señala un lugar lejano. Remite a lo que ya está ahí: un rostro, una voz, un cuerpo. Y en esa concreción carnal se manifiesta lo que es más grande que toda carne. Jesús remite a los gestos que los suyos conocen, habla de las «obras que yo hago». No argumenta: remite a los hechos. El reconocimiento pasa por lo que ha sucedido, no por lo que debe explicarse. Las obras sustituyen a los razonamientos.

Luego, el giro final: «Quien cree en mí hará las obras que yo hago, y hará otras más grandes». El centro se desplaza de repente. Jesús no se queda centrado en sí mismo y multiplica las imágenes de sus obras que los suyos recuerdan. Es exactamente lo contrario de toda lógica de poder, de toda jerarquía que se perpetúa.

El protagonista se retira, y se pasa del miedo a quedarse huérfanos a la responsabilidad de ser «multiplicadores». La habitación permanece: la mesa, las lámparas, los rostros. Pero ya no contiene la escena. Esta historia, tal y como nos la cuenta Juan, se resiste a cualquier domesticación, porque su fuerza no está en las respuestas que ofrece, sino en las preguntas que se niega a cerrar.

También te puede interesar

Lo último