Quien acoge al discípulo acoge al maestro, quien acoge al maestro acoge al Padre
Jesús dijo: «No tengáis miedo». Dijo: «Os envío como ovejas en medio de lobos». Ahora, en Mateo (10,37-42), se adentra en un callejón oscuro: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí».
La frase es una espada que hiere el punto más sensible de la carne, el vínculo más sagrado que conoce una cultura. Para un judío del siglo I, la familia lo es todo: es identidad, es protección, es pertenencia, es el cuarto mandamiento grabado en piedra. Y ahora alguien dice: «Yo estoy por encima». Por encima de tu padre, por encima de tu madre, por encima de tus hijos. No hay salvedades. Es una exigencia absoluta, totalizadora, que se asemeja más a la de un amante celoso que a la de un maestro de sabiduría. Abraham tuvo que elegir entre Dios e Isaac en el monte Moriah. Aquí se nos pide a todos que elijamos. Y no en un monte, sino en la vida cotidiana.
Luego, la cruz. «El que no tome su cruz y no me siga, no es digno de mí». Cuando Mateo escribe, sus lectores saben lo que es una cruz. No es un símbolo, no es un colgante al cuello. Es un madero sobre el que los romanos clavan a los condenados a lo largo de las calles, para que todos los vean y todos tengan miedo. Los condenados la llevan sobre los hombros atravesando la ciudad, entre la multitud que mira. Jesús toma este instrumento de tortura y de vergüenza pública y dice: tomadla. Llevadlo. Es vuestro. Como si alguien dijera hoy: «Coged vuestra silla eléctrica y seguidme». El escándalo es total. Lo que el mundo utiliza para matar, él lo transforma en camino.
Luego, la paradoja se retuerce sobre sí misma: «Quien haya guardado su vida para sí mismo, la perderá, y quien haya perdido su vida por mi causa, la encontrará». Perder para encontrar. Conservar para perder. Es la lógica del grano que debe morir en la tierra para convertirse en espiga —Juan lo explicitará en otro lugar, pero aquí, en Mateo, ya está todo presente como una semilla. Es la misma intuición que Shakespeare pone en boca del rey Lear en el páramo: solo cuando ha perdido el trono, el palacio, las hijas, las ropas, solo cuando está desnudo en la tormenta, Lear empieza a ver.
Pero justo cuando el discurso parece haber alcanzado su punto más alto y duro, Mateo lo hace descender —y el descenso es dulcísimo—: «Quien os acoge, me acoge a mí, y quien me acoge, acoge a aquel que me ha enviado». De repente, ya no se habla de cruz, de pérdida, de renuncia. Se habla de una puerta que se abre, de un huésped que entra, de un vaso que se llena. La acogida crea una cadena invisible: quien acoge al discípulo acoge al maestro, quien acoge al maestro acoge al Padre. Como en una matrioska, dentro de cada rostro acogido hay otro, y otro más. Cada gesto de hospitalidad contiene más de lo que se ve.
Y luego la imagen final, la más pequeña y la más grande: «Quien haya dado de beber aunque sea un solo vaso de agua fresca a uno de estos pequeños porque es discípulo, en verdad os digo: no perderá su recompensa». Un vaso de agua fresca. Después de la cruz, después de la pérdida de la vida, después de la ruptura de los lazos familiares: un vaso de agua. Mateo hace como Vermeer, que pinta la luz de la eternidad sobre una muchacha que vierte leche de una jarra.
El discurso termina así. Jesús comenzó pidiendo que dejáramos a padre y madre, que tomáramos un instrumento de muerte, que perdiéramos nuestra vida. Y termina con un vaso en la mano, ofrecido a alguien que tiene sed.