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"El velo se rasga. La tierra tiembla. Las rocas se abren. Un centurión mira"

Símbolos de la pasión de Jesús de Nazaret

Todo (Mt 26,14-27,66) comienza con una traición que es un acuerdo. Una cifra. Treinta monedas. Un nombre entregado: Jesús. Judas sale, negocia, regresa. La traición toma forma tácitamente. No hay ira, no hay escena. Solo un precio y una espera que se pone en marcha, como un engranaje ya decidido.

La mesa está lista. Pan partido, vino servido, manos que se mueven con gestos habituales. Jesús habla. «Uno de vosotros me traicionará». La frase cae pesada entre los presentes. Silencio. Miradas que se cruzan, que se apartan. «¿Seré yo?», «¿Seré yo?», «¿Seré yo?». La pregunta rebota. No hay un culpable aislado. Todos están dentro de la grieta. Incluso Pedro promete. «No te negaré». Palabras decididas, claras.

Palmas y Cruz

El jardín está oscuro. Olivos, tierra, respiración entrecortada. Jesús se aleja unos pasos. Cae. Reza. Pide que pase el cáliz. Luego se queda. Los discípulos se duermen y se despiertan tres veces. No logran mantenerse despiertos. La soledad de Jesús carece de énfasis, de consuelo.

Llega Judas. Multitud, antorchas, palos. Un beso. Un signo íntimo utilizado como código. Los labios se tocan, inmediatamente después las manos agarran. Un golpe de espada de Pedro deja en el suelo una oreja herida. Jesús detiene la violencia. Restablece el orden. Sin defensa. Ninguna huida. Y de inmediato: «Todos huyeron». La escena se vacía de repente.

Y ahora el juicio, una secuencia de palabras deformadas. Testigos que no coinciden, acusaciones que no se sostienen. Frases que se superponen sin tocarse. Jesús calla. Lo obligan a hablar. Luego lo acusan con sus propias palabras. Luego abofetadas, escupitajos, golpes. El cuerpo entra en la narración como un blanco expuesto, frágil.

Afuera, en el patio. Fuego encendido, rostros que aparecen y desaparecen. Pedro observa desde lejos. Una voz lo reconoce. «Tú también». Negación. Luego otra. Otra vez. Tercera vez. Canta el gallo. El sonido atraviesa la noche. Pedro sale. Llanto sin testigos. Promesas que se desvanecen en unos instantes.

Judas regresa. Se da cuenta de que el dinero que ha recibido es inútil y lo tira. Y nadie lo recoge. Las monedas caen al suelo, sonido metálico, frío. Judas sale. Final rápido, sin comentarios, sin vuelta atrás.

Pilato interroga. Preguntas breves, largas vacilaciones. «¿Eres tú el rey?». «Tú lo dices». El diálogo queda en suspenso. La multitud crece. Grita «Barrabás», quiere libre a Barrabás, no a Jesús. De Jesús grita «Crucifícalo». Las voces se suman, se convierten en presión. Pilato se lava las manos. El agua corre. Es la condena.

Los soldados visten a Jesús con un manto, espinas, una caña. Una corona que hiere, un saludo que se burla. «Salve, rey». La escena es un ritual preciso. El poder se disfraza de juego. Luego lo sacan fuera.

La cruz está seca. «Lo crucificaron». Ningún detalle, solo el hecho. Vestimentas repartidas, dados lanzados. Gente que pasa, mira, habla. «Ha salvado a otros».

Mediodía. Oscuridad. Tres horas sin luz. El tiempo se detiene. Un grito: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Pregunta desnuda, sin respuesta. Alguien ofrece vinagre. Alguien espera. Otro grito. Luego, el silencio.

El velo se rasga. La tierra tiembla. Las rocas se abren. Un centurión mira. «De verdad». Una sola frase, fuera del coro, pronunciada por quien no pertenece.

El cuerpo es depositado. Manos que envuelven, sábana limpia, movimiento lento. Una tumba nueva. Piedra que rueda. Las mujeres miran. Desde lejos. No hablan, permanecen.

Al día siguiente. El miedo continúa. Un sello sobre la piedra. Una guardia delante. La muerte vigilada, encerrada, protegida. Todo quieto. Todo parece concluido.

El relato se detiene donde todo ha terminado, donde ya no se ve nada, donde el silencio pesa.

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