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Murió el nuncio del diálogo, Mons. Justo Mullor García

Guillermo Gazanini Espinoza / 30 de diciembre.- Justo Mullor García, segundo nuncio apostólico en México de 1997 a 2000 después del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre México y la Santa Sede en 1992, murió el 30 de diciembre en Roma a la edad de 84 años.

Sucesor de Girolamo Prigione, quien falleció el pasado mayo, Mullor García fue designado nuncio por Juan Pablo II el dos de abril de 1997. En junio de ese año llegó a México con el objetivo de realizar una misión “pascual y pentecostal” en este país el cual iniciaba una nueva era en las relaciones Iglesia –Estado.

El arzobispo Justo Mullor recorrió la mayoría de las diócesis del país encontrándose con los diversos sectores sociales en especial los pueblos y comunidades indígenas. Durante el mensaje a la LXIII asamblea plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), describió las líneas programáticas de su ministerio para cultivar la colegialidad episcopal y apoyar en la promoción y conocimiento de la doctrina social cristiana. Tal fue el reconocimiento del episcopado que, en el 2000, monseñor Luis Morales Reyes, presidente de la CEM, señalaría a Mullor como el nuncio del diálogo, “habla siempre con amor, igual a indígenas, campesinos, pobres en general, como a obispos, presbíteros, religiosas y laicos, abierto y transparente con todos…”

Y así fue durante los tres años en los que Mullor García se esforzó por conocer personalmente la realidad de las diócesis recorriendo el país; sin embargo, uno de los principales problemas que afrontó fue el de los Legionarios de Cristo y la doble vida del fundador el cual, al principio, dudó en cuanto a la veracidad de las acusaciones contra Marcial Maciel llevándolo a un enfrentamiento con su antecesor, Girolamo Prigione.

Después de su misión diplomática en México, Mullor García fue nombrado presidente de la Pontificia Academia Eclesiástica, la institución diplomática de la Santa Sede, cargo que ejerció hasta 2007 al haber alcanzado el límite de edad canónica.

En el 2000, cuando finalizó su ministerio en México, presentó su mensaje de despedida a los obispos. Un párrafo significativo podría resumir su paso por este país al cual llevó siempre en un lugar especial de su ser sacerdotal y misión como diplomático. Al dejar este mundo, es el justo epitafio que resume su paso por esta tierra: "Antes que escuchar o juzgar a un hermano, el Evangelio enseña a escucharlo, a estudiar sus razones. Siempre creí, y seguiré creyéndolo, que es preferible la ejemplaridad del hijo pródigo que sabe arrepentirse que la de su hermano mayor… Creo más en la fuerza del diálogo que en las unívocas condenas personales o en actitudes radicales de rechazo. Es el mismo Evangelio el que nos enseña a no apagar la mecha que humea (Mt 12,20). Jamás he tratado, en consecuencia, ser juez. Siempre he tratado de ser hermano de cada uno de ustedes…”

Descanse en paz.

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