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Salvemos nuestro patrimonio

Editorial Desde la fe / 09 de agosto.- Se ha levantado en el país una gran controversia por la demolición, en San Pablo del Monte, Tlaxcala, del templo del Santo Cristo, construido por evangelizadores franciscanos del siglo XVIII; de la noche a la mañana, un inmueble que es patrimonio histórico fue reducido a polvo y escombros.

Justo después de difundirse el agravio, en arrobamiento e indignación inusitados, Conaculta y el Inah han amagado con la denuncia correspondiente ante la Procuraduría General de la República por tratarse de un bien catalogado en el Registro Público de la Propiedad Federal. La demolición –dicen– fue injustificable ya que la construcción moderna y antigua “convivían de manera armoniosa”.

Sin embargo, han sido estas mismas autoridades, que calificaron el hecho en Tlaxcala como un “acto de barbarie”, las que han permitido que varios inmuebles considerados patrimonio de la nación se conviertan en polvo. Basta hacer un recuento de las casonas coloniales en el Centro Histórico y en otras colonias del Distrito Federal, incluidas en los catálogos de bienes inmuebles protegidos, que han terminado por ser demolidas para levantar en dichos terrenos edificios de departamentos.

Si esto lo han permitido, no debería extrañarnos que gran parte de los monumentos históricos propiedad de la nación se encuentren en situación ruinosa. El caso más representativo es el de templos e iglesias de la Ciudad de México, pletóricos de historia, pero en abandono. En el centro de la capital, 26 recintos requieren de intervención urgente ante las deplorables condiciones que ponen en riesgo la seguridad e integridad física de fieles y turistas. En una iniciativa reciente, las autoridades eclesiásticas, ante la penuria económica e incapacidad material para la conservación de las antiguas construcciones, pedían ayuda inmediata de empresarios –como se hace en varios países de Europa– para apadrinar y salvar sitios propiedad de la nación.

De nuevo aparecen omisiones y reluce la maraña burocrática más destructora que el paso de los siglos. No es extraño saber que, a pesar del cumplimiento estricto de requisitos y formalidades por los poseedores, las autoridades dan argumentos increíbles impidiendo el cuidado efectivo de lugares históricos. A mayor abundamiento, el abandono observa la nimia importancia y desprecio cuando, en las discusiones del presupuesto anual, se escatiman recursos para conservar el patrimonio o en beneficio del fomento de ciencia y tecnología. En pocos días, la Cámara de Diputados de LXIII Legislatura del Congreso de la Unión discutirá el Presupuesto 2016, por lo que es imprescindible un enérgico y dramático llamado para destinar recursos a lo que vale la pena por el bien de México, pues no hay que olvidar que los templos no son propiedad de la Iglesia, sino de la federación, es decir, de toda la nación.

En el pasado, iglesias y templos representaron el entusiasmo y esplendor de la civilización para suscitar impresiones fuertes, sentimientos para huir del mal e incitar al bien, eran puertas al cielo. La demolición de la capilla del Santo Cristo es histórica por la burocracia de autoridades que lloran lo que no han sabido preservar: el patrimonio cultural, histórico y espiritual de nuestra nación.

La Arquidiócesis de México invita a los señores senadores y diputados, y a las autoridades del Distrito Federal a que hagan un recorrido por los extraordinarios templos del Centro Histórico y constaten, por un lado, el maravilloso patrimonio artístico que poseen, y por otra parte, la urgencia de destinar una partida razonable no sólo para su mantenimiento, sino para la salvación de un patrimonio –en riesgo de colapso– que no sólo es de los mexicanos, sino también de la humanidad.

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