Una gran clausura para un gran año
Pbro. Roberto García de la Mora. Formador del Seminario Diocesano / El Semanario. Arquidiócesis de Guadalajara. 24 de junio.- Todo comenzó con el anuncio de un año dedicado a los sacerdotes ¡Feliz ocurrencia del Papa Benedicto!; mas ahora decimos: atinada convocatoria con visión profética. Los acontecimientos han dado la razón y justificado suficientemente la dedicación de un año consagrado al sacerdocio, puesto que, como el mismo Pontífice dijera, lo que hubiera podido destruirnos, por los acontecimientos vividos, ha sido causa de fortalecimiento y renovación, gracias al espíritu con el que se ha vivido este año.
Por mi parte, me siento sumamente agraciado y bendecido inmerecidamente por Dios al concederme participar en la Ceremonia de Clausura de este Año Sacerdotal, unido a toda la Iglesia y en particular a mis hermanos sacerdotes. Desde el momento que confirmé mi participación, me supe portador de la gratitud y la solidaridad de los sacerdotes de mi Arquidiócesis, y en particular del Seminario, al cual, sin pretenderlo, iba representando indignamente. Todos hubieran querido estar en Roma en esos días; y, aunque no pudieron hacerlo físicamente, sí estuvieron en espíritu.
Emotivas vivencias
La cifra de los sacerdotes que estaba prevista no alcanzaba los diez mil, pero al final la organización tuvo que desdoblarse, pues la Basílica de San Pablo Extramuros, en donde fue la sede de las actividades conclusivas, no fue suficiente, de tal manera que tuvo que añadirse la Basílica de San Juan de Letrán en donde, pletórica también de obispos y presbíteros, se recibió por medio de video-conferencia el mensaje de los Cardenales Joachim Meisner, Arzobispo de Colonia, y Marc Ouellet, Arzobispo de Quebec, invitando a la conversión y a cultivar la fraternidad junto con María.
Estos mismos purpurados fueron quienes iniciaron respectivamente las jornadas de los días 9 y 10 de junio, seguidas de un momento de Adoración al Santísimo, durante el cual se abrió la posibilidad para que todo sacerdote pudiera escuchar en confesión al hermano que se lo pidiera dentro de las Basílicas Romanas, pues es conocido que la absolución está reservada sólo a los Penitenciarios de dichas localidades. Acto seguido, se oficiaron las oportunas Concelebraciones Eucarísticas en cada Basílica. Dichas Misas fueron presididas, el miércoles, por el Cardenal Claudio Hummes, de la Orden de Frailes Menores, y el Arzobispo Mauro Piacenza, Prefecto y Secretario de la Congregación para el Clero, respectivamente, en San Pablo Extramuros y en San Juan de Letrán. La del jueves fue encabezada por el Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado, y por el Arzobispo Robert Sarah, Secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, igualmente en sendas basílicas.
Ese mismo día por la tarde-noche, se nos vio llegar con mucho orden y comenzar a llenar la Plaza de San Pedro para la Vigilia de Oración con Su Santidad Benedicto XVI, misma que fue precedida por testimonios sacerdotales de diferentes Continentes, mostrando las distintas realidades en donde se desempeña el ministerio ordenado. Asimismo, se escuchó el testimonio de una familia alemana con seis hijos, entre los cuales se cuentan un sacerdote, un seminarista y una virgen consagrada.
El Vicario de Cristo, por su parte, dio respuesta a la pregunta planteada por un sacerdote de cada Continente, concluyendo con la Bendición con el Santísimo Sacramento.
Acontecimiento que compromete
Quienes tuvimos la dicha de estar allí sentimos la obligación moral de compartir el don de esta experiencia sumamente enriquecedora, pues fue toda una fiesta de fraternidad, de oración y comunión con el Papa, Cardenales, Obispos y Sacerdotes de los cinco Continentes (97 países), que inundaron la Ciudad de Roma, misma que se vio sobrepasada en los preparativos para la terna de los días conclusivos.
Fue así como, superando el número de 20,000 sacerdotes (198 de ellos de México), se nos vio accediendo a las basílicas señaladas, caminando por las calles, abordando los autobuses, comiendo pastas y pizzas, con una sonrisa en el rostro y satisfechos de encontrar a aquéllos que, por igual, han dejado casa, padres, hermanos… por seguir la invitación de Cristo.
Sería imposible relatar el sinnúmero de detalles, sucesos y anécdotas que fueron conformando esta imborrable experiencia, que fueron haciendo que cada uno la viviera de manera particular, propiciando que la propia vocación se viera fortalecida por la confirmación del llamado recibido del Maestro, por la comunión fraternal con los hermanos sacerdotes e impulsada por la necesidad de continuar llevando la voz del Evangelio y la esperanza de la salvación no sólo a los fieles de la Iglesia, sino a todo hombre redimido por la sangre de Cristo.
El Papa lo dijo en la Misa conclusiva: El Año sacerdotal se termina, pero hemos de continuar unidos en la oración y en la Misión sacerdotal.
Y al final de la Celebración, todos hicimos el acto de ofrecimiento y consagración al Corazón Inmaculado de María.