En la mañana del 19 de septiembre de 1985
Guillermo Gazanini Espinoza / 19 de septiembre.- El 19 de septiembre de 1985 fue un parteaguas en la historia contemporánea de México. Nunca antes se había visto una tragedia como aquella hace veinticinco años. Sólo unos meses atrás, el 19 de noviembre de 1984, una explosión tremenda había cimbrado el norte de la ciudad de México haciendo de día, literalmente, esa oscura madrugada de otoño. Muchas personas murieron calcinadas a causa del gran incendio en una refinería de Petróleos Mexicanos.
Esa desgracia sería el anuncio fatal de una mayor. A las 07:19 horas la tierra se estremeció y los habitantes de la ciudad de México conocíamos el poder de la naturaleza cuando un sismo de 8.1 grados en la escala de Richter sacudía el centro y el occidente de un país vulnerable por los desastres naturales. Esa mañana de 19 de septiembre cambió para siempre nuestros estilos de vida que se conmocionarían por la pérdida de seres humanos y la destrucción al ver cómo los edificios del centro de la ciudad caían como hojas de árbol ante el gran movimiento telúrico.
Tardaríamos en enterarnos sobre lo ocurrido en la ciudad. No había Internet, Messenger, Facebook o celulares. Se rumoraba de grandes grietas que se habían tragado colonias enteras, de la caída de edificios y de incendios que rebasaron la capacidad de los sistemas de emergencias. En ese tiempo, bajo el gobierno priísta de Miguel de la Madrid, se evidenció la incapacidad de las autoridades para responder efectivamente y socorrer a una población con nulo conocimiento sobre protección civil. Un presidente tímido, confundido, timorato y gris iba y venía sin saber qué hacer ante la respuesta espontánea de la sociedad civil que comenzó la penosa labor de rescate de los sepultados entre los escombros de los edificios del conjunto habitacional de Tlatelolco, de Televisa Chapultepec, de la colonia Roma o del Eje central Lázaro Cárdenas.
Era la primera forma organizada de la sociedad que respondía ante la tragedia que conmocionó y paralizó al gobierno autoritario y corrompido del PRI de hace 25 años. A pesar de estos esfuerzos por rescatar al mayor número de personas, las imágenes perduran en la memoria de las generaciones que vivimos esas dramáticas horas: el desaparecido parque de béisbol del Seguro Social servía de morgue de cientos y quizás miles de cadáveres que provenían de las ruinas. Hoy, mientras veo el fabuloso centro comercial que se ha levantado ahí, el Parque Delta, me pregunto si las generaciones jóvenes tienen conciencia del lugar que pisan al visitar los locales que están sobre el suelo donde se depositaron los muertos del mayor desastre de nuestra historia moderna.
Todos nos conmovimos con los niños del temblor, los recién nacidos de las áreas de maternidad del hospital Juárez. Después de varios días fueron rescatados con vida… Sus cuerpecitos cubiertos de polvo, desnudos y frágiles, se abrían paso entre las grandes lozas de concreto y varillas retorcidas que no arrebataron su existencia.
1985 fue el año del temblor, del gran sismo que sacudió nuestras conciencias. A mi parecer fue el inicio de un cambio que condujo a una nueva forma de hacer la democracia. Y aunque nuestra conciencia histórica queda adormilada por el paso del tiempo, los que participaron en las labores de rescate fomentaron la solidaridad que poco a poco iría traduciéndose en el planteamiento urgente de un cambio que tardaría en llegar una década adelante. La sociedad civil comenzó a cuestionar a ese régimen que había estado gobernando a México por más de siete décadas para alzar su voz y decir al gobierno que es capaz de responder por sí misma cuando los políticos fallan.
Veinticinco años después los mexicanos creemos estar preparados para afrontar, con mayor organización y mejores elementos, un fenómeno natural que pudiera tener efectos desastrosos. La ciudad de México parece estar mejor construida y la corrupción de aquel tiempo parecería estar desterrada al observar y aplicar estrictos códigos y normativas de construcción. Hay una mayor conciencia de la protección civil y, año tras año, al recordar los sismos, los megasimulacros se realizan en edificios públicos y privados advirtiendo a los que habitamos en esta ciudad que, tarde o temprano, habrá un gran temblor.
Y es también una gran oportunidad para enseñar a las jóvenes generaciones que nacieron después de 1985 que, unidos y organizados, somos capaces de afrontar las adversidades del futuro.
En memoria de todos los que perdieron la vida en la mañana del 19 de septiembre de 1985.