Para que Morke recibiera el orden, no es que su esposa tenía que “consentir” o “estar de acuerdo”, sino que Diosito deseaba confiar el ministerio a esta familia entera. Por eso, el gesto más luminoso y emotivo de la celebración fue la imposición de los ornamentos diaconales: Lucía y Juan subieron al altar y revistieron a Morke con delicadeza y unción. Ahí, tras la imposición de las manos y la oración, quedó consumada la consagración de esta familia como servidora, y de este papá y marido como diácono de la Iglesia.