“Es de bien nacidos ser agradecidos”: Fallece el doctor José Antonio Bustos
Me acaban de comunicar el fallecimiento del doctor neurocirujano José Antonio Bustos, que ha trabajado muchos años, la mayor parte de su vida, en el hospital san Francisco de Asís cuando era regentado por la hermanas franciscanas misioneras. Para quien esté leyendo estas líneas y no lo haya conocido, seguramente esto no tiene mayor interés, pero para mí que me salvó la vida, con todo su equipo, cuando me extirpó, hace ahora unos quince años, un tumor cerebral que me auguraba lo peor, el doctor Bustos será siempre una referencia muy valiosa y con el que me sentiré siempre en deuda inmensa de gratitud. No podía ser menos. El doctor Bustos era grandullón, preparado para poder acoger tanta humanidad como siempre le caracterizó.
-¿Cómo está el padre? Me decía todas las mañanas cuando me visitaba durante mi recuperación, con su sonrisa amplia y generosa. En una ocasión, antes de mi operación le pregunté para saber en manos de quién me ponía: -¿Es usted creyente ? Me miró por encima de sus gafas y me dijo: llevo toda una vida trabajando en el cerebro y puedo asegurarte que un mundo tan perfecto solo puede entenderse como fruto de un creador inteligente, sabio y bueno. Y me señaló un crucifijo quetenía colgado en la pared de su despacho. No te preocupes. Hijo, antes de cada operación yo hago mi pequeña oración para que Dios guie mis manos, sabiendo que mi trabajo es muy delicado y solo Dios puede conducirme por el lugar adecuado. Estoy escribiendo un libro sobre el cerebro y sus maravillas y cuando lo publique te los voy a dedicar. Salí de aquella consulta muy reconfortado y dispuesto a ponerme en su manos cuanto antes. No se podía perder mucho tiempo porque los síntomas avanzaban más deprisa de lo esperado. Al fin la operación se realizó y parece que todo fue un éxito aunque hubo que hacer dos operaciones más en un intervalo de veinte días por otras complicaciones que no estaban previstas: infección, hidrocefalia… El doctor Bustos, junto a los doctores López y Gutiérrez, fueron explicándome día a día, toda la evolución y sus consecuencias hasta lograr el alta definitiva. El me pidió que visitara a un enfermo muy joven que había en la habitación contigua a la mía, operado de lo mismo que yo, pero en su caso con un tumor maligno, y allí estuve con él y su esposa un rato hasta que vi que se cansaba mucho hablando y me marché con mi bastón y apoyándome en la pared porque mi estabilidad era todavía muy escasa. Esa misma noche murió y esto me sumergió en una terrible crisis que solo la amabilidad y simpatía del doctor Bustos, junto a mi madre siempre allí presente y mis hermanas, conseguí superar. Soy un Lázaro en sus manos. Jamás olvidaré su profesionalidad en mí y, sobre todo, su humanidad para conmigo, algo tan necesario para quien vive una situación tan dura en el mejor momento de su vida. Cuando al fin publicó su libro sobre el cerebro, que aún conservo, me impresionó leer su dedicatoria escrita de su puño y letra: “Al P. Alejandro, que tanto me acercó a Dios cuando más falta me hacía”. Por eso hoy al recibir la noticia del fallecimiento del doctor Bustos he vuelto a sentir, como en la muerte de mi padre, un hondo sentimiento de orfandad. Descanse en paz el doctor Bustos y su humanidad inmensa se encuentre con la ternura infinita de Dios en quien creyó y a quien amó. De vez en cuando nos encontramos con hombres de ciencia que conjugan su saber con su fe sin estridencias y con suma naturalidad. Porque al fin y al cabo todo saber nos viene de Dios y el doctor Bustos lo sabía. Como dice el salmo 112: “El hombre de bien será bienaventurado, es clemente, misericordioso y justo. En memoria eterna será el justo, su justicia permanece para siempre Asegurado está su corazón, no temerá”.
Hoy es un día de memoria agradecida para mí, de esperanza. El doctor Bustos que tantas vidas salvó y muchas otras a la que le devolvió la movilidad, se encuentre ahora con la Vida plena que saldrá a su encuentro con las sandalias y el manto de la dignidad de hijo amado del Padre. Lloro y oro con toda su familia convencido de que el Padre bondadoso prepara las bodas del cordero para las que se vistió durante su vida con sus buenas obras.