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Los Reyes, con el Papa

La meditación del clavo. El martillo me recoge, me centra y retorna a mí.

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Compartimos el gastado lápiz, la escandalosa sierra y el gusto por el silencio, sobre todo la compañía del bosque inmediato. Es más joven que yo, pero es mi maestro en muchos aspectos, por lo menos en la madera, también en vida sencilla, austera y sostenible. Pienso mucho en la novela de Paolo Cognetti, las “Ocho montañas”. Dos compañeros construyen, aún con todas las dificultades, un refugio en las alturas.

Nosotros también nos afanamos fuera del mundo, en mitad de la naturaleza virgen. Nosotros también construimos en soledad, también nos peleamos y corremos a reconciliarnos. Vienen amigos y descorchamos vino, abrimos la lata prohibida y celebramos avances.

El martillo me recoge, me centra y retorna a mí. Este fin de semana he bajado a la civilización a comprar materiales, a buscar también la sonrisa, a sentir el calor de quien amo, pero ya estoy deseando volver a la obra, a coger el martillo, a retomar la meditación que es lo mismo. El martillo y los mil y un clavos me dan una rutina, un empeño, una excusa para acertar más y mejor o lo que es lo mismo, un ideal, una razón por la que volcarse y donarse.

Las recias columnas se empeñan en doblar las puntas de acero que le intento meter. El clavo me está enseñando cosas que aún no alcanzo siquiera a ver. Espero que en los próximos días me lo revele de alguna manera. Por ahora valoro toda la atención, presencia y paciencia que me facilita. Cuando el clavo es en las alturas con vistas sobrecogedoras, cuando es preciso hincarlo en una dura madera tropical, la enseñanza aún se apura más.

La cocina humea, la mesa está bien nutrida de platos. No paran de danzar hermanos alrededor del centro. Visualizo la cabaña octogonal colmada de almas en comunión. Batallo en mi interior entre el aquí y ahora y el futuro; entre vivir el presente de cada clavo acertado y el mañana ya de refugio en la construcción; entre el gozo de cada instante y el anhelo irrefrenable de ver la construcción habitada.

Subido al tejado después de los mil y un clavos acertados y torcidos o imposibles, mi alma se desborda y rinde. Agradezco con fervor al Eterno la dicha de ese tejado y todo lo que desde él divisamos. Lo más importante es que quizás todo el esfuerzo, las crisis y las dificultades pretéritas podían incluso tener su profunda razón de ser.

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