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Que acabe ya la guerra

"Paseo nuevo", elogio antiguo. Honrando la espiritualidad de nuestros mayores

paseo nuevo

Cuando mis padres tenían que tomar importantes decisiones, arrancaban el “mil quinientos” familiar e iban en busca del mar. Era también una forma de cobrar puntual distancia de la “jauría” que ellos mismos habían engendrado. Se dirigían a un “Paseo Nuevo” que no sabía aún de turistas, ni estaba inundado de caravanas.

Aparcaban frente al oleaje. En verano bajaban sin ningún motor la ventanilla. Dejaban que el Cantábrico les hablara. El mar siempre susurra a quienes se apostan ante él, se recogen y le demandan consejo. A menudo no es una respuesta inmediata, ni matemática, es una brisa de pensamientos, una intuición cargada de salitre que poco a poco de irá posando en el corazón abierto.

Nunca fueron a terapia. No hicieron nunca cola en la sala de ningún psicólogo. Corrían al océano y no eran chamanes. No sabían inglés y el “coaching” apareció cuando ellos ya habían cumplido. No alcanzaron a preguntarle nada.

A menudo sistematizamos, extraemos teorías, elaboramos método, generamos terapias…, pero olvidamos los kilómetros de costa de que goza el mar, pasamos por alto su generosidad ancestral, sus dádivas sin fin. Desoímos sobre todo que el amor vence todos los abismos. Algo de ese amor, siquiera en su más limitada y parca expresión, mora en todo ser humano. Ellos salieron al paso con la ayuda de esos corazones y esos mares anchos. Yo he querido honrar esa generación que no racionalizaban y conceptualizaban tanto. Se abandonaban más a un Horizonte que sabían eterno y menos a una pantalla siempre más chica y caduca.

Su espiritualidad no alcanzó las nieves de los Himalayas, pero sin embargo hundió bien adentro. No prendieron ningún sándalo, no quisieron importunar siquiera con nuevas resinas. No llevaron ningún “mantram” en sánscrito a sus labios. Ningún Maestro oriental les colgó del cuello ningún mala. El último aliento les cogió con el mismo nombre con el que vinieron al mundo.

No contestamos nuestra hora, sólo pedimos para nosotros, para el mundo y este momento, más mar, más fe llana, más “Paseo Nuevo” y menos “Tik Tok”, menos retórica espiritual, devoción de tendencia. A la vuelta de todos nuestros cursos y costosos “trainings” estamos aquí sencillamente honrándoles, buscando su atalaya, concluyendo que, en muy grande medida, tenían razón.

Tenían menos, pero eran más agradecidos y por ende felices. No ahorraron postración ante el Dios de todos los océanos. Han partido y nosotros estamos preguntando por las olas más cercanas, por la costa con más aparcamiento y oídos. Volvemos al mar, a su fuente de Vida e inspiración eterna. No han caducado sus atalayas, sólo necesitan más ventanas para asomarnos a ellas. Si no honramos a quienes ayer nos dieron vida y horizonte, si no incluimos sus miradas sencillas, inocentes, sus campanarios de vieja sillería…, nadie se moleste en soñar futuro.

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