La procesión continúa. Una reflexión elogiosa de la visita del Papa.
“Hoy, en las calles de Madrid, el Papa a la cabeza, más de un millón de personas caminaron detrás de una luz. Mañana, en cada ciudad, en cada hospital, en cada hogar donde alguien escucha con atención, donde alguien perdona, donde alguien cuida la tierra con sus manos, esa misma procesión continúa.” Jorge Carvajal.
Nos ponemos al teclado todavía noqueados por la muy positiva impresión de lo que está representando la visita del León XIV. En medio de una era de vacío existencial, significada por la hegemonía del materialismo se ha manifestado una sed de lo trascendente de dimensiones desconocida. En medio de una sociedad fuertemente polarizada, ha habido un impasse de reflexión profunda, un paréntesis de mutuo acercamiento que ha propiciado el Sumo Pontífice y que ojalá se prolongue. Todos sus discursos han sido muy elaborados, impecables y oportunos y se ha manifestado como líder no sólo religioso, sino planetario de gran altura.
Nos sobran años para correr detrás de “Hakuna”, pero ello no nos ha impedido tararear en la penada soledad frente al televisor “El único Rey…”. He permanecido pegado a la pantalla, seguido muy de cerca los pasos del obispo de Roma por nuestra geografía. No es preciso ser ferviente católico, suscribir los enteros postulados de la Iglesia de Roma, adherirse a sus dogmas a menudo tan fuera del tiempo…, para constatar el bien que ha hecho a su paso su máxima jerarquía.
Los sufrientes cargaron literalmente con una cruz que seguramente nunca se les manifestó tan ligera. Fueron arropados, abrazados por decenas de miles de personas desde la grada. En realidad, todas las gradas en Madrid y Barcelona sintieron el calor de una solidaridad genuina, vivieron el anhelo de revelarse como comunión de almas, no sólo como seguidores de un equipo atentos al mismo marcador, al luminoso de siempre. León XIV ha procurado mucho amanecer, abierto innumerables corazones a la fe y a la esperanza. Los propios jóvenes, heridos ya desde edad temprana por la vida, sus colmillos y circunstancias, lo confirmaron.
Evidentemente hubo ausencias. Ha excedido, mayormente al principio, un punto de hieratismo, faltado más abrazo físico, mediterráneo, el abrazo como representación de una comunión sincera de almas llamada a saltarse el siempre sobrante protocolo. Ha faltado la mujer en medio de esas interminables filas ocupadas exclusivamente por purpurados. Hubiéramos deseado un encuentro con las víctimas más dolidas de los abusos…, pero no nos quedaremos solo en ello. Ha habido colección de momentos entrañables que no podremos reseñar. El que está preso, el que llegó en “patera”, la que estuvo a punto de acabar con su propia vida, la que sufrió maltrato, la que pudo salir de la miseria y rehacer sus días gracias a Cáritas…, han hallado un consuelo que quizás no conocían antes de hallarse ante el Papa norteamericano.
Ha podido sobrar un exceso de “¡vivas!”. Hubo tal vez más aclamaciones de las necesarias, bordeando a veces una veneración cuestionable, pero el silencio y el recogimiento han prevalecido sobre la exaltación personalista. La Iglesia aún con todos los defectos y errores que puede arrastrar, como cualquier otra institución humana, sigue siendo portadora de urgentes máximas, depositaria de futuro.
En el Congreso los diputados aplaudieron muy larga, viva y unánimemente, ahora sólo les resta encarnar la palabra, llevar a buen término la encomienda. Prevaleció la fuerza de los valores sobre la ideología siempre separatista. En la ciudad condal el catalán estuvo largo tiempo en los labios del pontífice. Ese tacto plurilingüe, esa generosidad manifiesta, esa voluntad sincera de llegar al alma de Catalunya no pasen desapercibidos.
No hay unas torres de cristiandad más altas que las otras, por más que elevarlas demore muchos decenios. Prima que apunten a la misma luz azulada, que hagamos de la tierra algo de ese Cielo de gloria compartida y en verdad fraterna. Al ponerme con estas letras, el líder de la Iglesia todavía no ha tomado el avión de vuelta a Fiumicino y ya el agradecimiento se desborda. El Papa nos ha dado la oportunidad de revelar lo mejor de nosotros mismos, de una España palpitante y viva, demasiado a menudo devorada por la confrontación cainita. Ha evidenciado que, de alguna manera, la nación desea inaugurar nuevo tiempo, atender a preguntas más esenciales que había en exceso postergado. La exaltación de superiores y universales principios, que en todo momento ha estado en boca del sucesor de Pedro, siga permeando los corazones.