Dejemos que la luz destruya nuestras cegueras
#LectioDivinaFeminista
Juan 9, 1-42
Lectio (Lectura)
En esta perícopa, Jesús y sus discípulos encuentran a un hombre ciego de nacimiento. Ante la pregunta de si su ceguera se debía al pecado de él o de sus padres, Jesús responde que ninguno pecó, sino que esa situación existía para que las obras de Dios se manifestaran en él, declarándose a sí mismo como la luz del mundo. Entonces escupe en el suelo, hace lodo, lo unta en los ojos del ciego y le ordena lavarse en el estanque de Siloé. El hombre obedece y recupera la vista.
Al regresar, sus vecinos y conocidos se muestran confundidos. El hombre confirma su identidad y narra lo sucedido, lo llevan ante los fariseos, quienes se escandalizan al descubrir que el milagro ocurrió en sábado. Divididos entre sí, algunos sostienen que Jesús no puede ser de Dios por violar el sábado, mientras otros se preguntan cómo un pecador podría hacer tales señales. El hombre sanado, por su parte, declara que Jesús es un profeta.
Los líderes religiosos, sin aceptar el milagro, llaman a los padres del hombre, quienes confirman que es su hijo y que nació ciego, pero evitan opinar sobre Jesús por temor a ser expulsados de la sinagoga. Entonces vuelven a interrogar al hombre exigiéndole que reconozca a Jesús como un pecador. Él responde con firmeza que no sabe si es pecador, pero que algo es indudable: era ciego y ahora ve. Ante la insistencia de los fariseos, el hombre los desafía señalando que nunca se había oído que alguien abriera los ojos de un ciego de nacimiento, lo que provoca la ira de los religiosos, quienes terminan expulsándolo de la sinagoga.
Al enterarse de esto, Jesús busca al hombre y le pregunta si cree en el Hijo del Hombre. El hombre, sin saber quién es, pide que se lo indiquen, y Jesús le revela que es él mismo quien le habla. El hombre proclama su fe y lo adora. Jesús concluye declarando que vino al mundo para que los ciegos vean y los que creen ver se vuelvan ciegos. Al escuchar esto, algunos fariseos preguntan irónicamente si también ellos son ciegos, a lo que Jesús responde que, precisamente porque afirman ver, su pecado permanece.
Meditatio (Meditación)
Iniciamos esta meditación invocando a la divina Ruah, para abrir nuestra mente y corazón a la reflexión sobre las lecturas de este domingo.
Juan nos presenta uno de los episodios narrativos más completos de los Evangelios. A manera de catequesis, no se limita a proclamar que Jesús es verdaderamente "la luz del mundo", sino que lo pone en práctica al ejecutar el signo en un hombre ciego de nacimiento.
Al salir del templo, los discípulos le preguntan a Jesús si la ceguera de aquel hombre era consecuencia de su propio pecado o del de sus padres, pues se daba por sentado que todo mal que aquejara a alguien era fruto de alguna culpa. Jesús quiere dejar claro que no es así, y decide curarlo de su ceguera física. Este gesto llama la atención por dos razones. La primera: Jesús escupe, hace barro —palabra que se repite cuatro veces en el capítulo— y con él unge los ojos del ciego. A diferencia de otros signos, no parece preguntarle si quiere ser curado ni interactúa con él hasta el momento en que, ya ungido, lo envía a lavarse en la piscina de Siloé —curiosamente, Siloé significa enviado—, donde de nuevo aparece el elemento del agua como instrumento de purificación y sanación. La segunda razón es la imagen misma de Jesús moldeando el barro, que nos remite al Espíritu de YHWH en el Edén dando forma a la humanidad desde la tierra. Jesús está moldeando una nueva manera de ver la vida y, con ella, un nuevo nacimiento: la oportunidad de recibir la luz en Él y, desde ahí, iluminar el mundo.
El hombre obedece en silencio. Parece un personaje secundario en la escena, hasta que regresa con la vista sanada y dice simplemente: "Soy yo." En esas dos palabras se cumple algo esencial en la obra de Jesús: Él nos devuelve la identidad. No porque necesitemos reconocernos en Él para existir, sino porque a través de su sanación nos abrimos a la dimensión más profunda de nuestra propia existencia en el mundo.
A partir de ese momento, el hombre narra lo ocurrido, y ante la incredulidad de quienes lo conocían, es llevado ante los fariseos, pues el milagro había sucedido en sábado. Comienza entonces un largo interrogatorio. Los fariseos se dividen entre sí, y él responde con claridad que cree que Jesús es un profeta. Luego es el turno del pueblo —ya no los guardianes de la ley, sino la comunidad misma— que increpa y cuestiona a sus padres. Ellos, por temor a ser expulsados de la sinagoga, se desentienden y dicen que su hijo es mayor de edad y puede hablar por sí mismo. Vuelven a interrogarlo, y él se muestra sereno y firme en sus respuestas, incluso irónico ante la insistencia de sus acusadores. Al no ceder, lo sentencian brutalmente: "Tú naciste lleno de pecado."
Expulsado de la sinagoga, se reencuentra con Jesús. Este le pregunta si cree en el Hijo del Hombre —primera y única vez en el Evangelio en que lo pregunta de forma tan directa y absoluta— y el hombre responde que sí, que cree, y se postra ante Él al reconocer que es el Mesías.
Al final, Jesús traza una distinción reveladora entre los distintos tipos de ceguera que pueden habitar en el ser humano. La ceguera física, que es curada y se convierte en signo de la presencia de Dios. Y la ceguera espiritual, que sí es consecuencia del pecado, del ego distorsionado que se niega a ser sanado y que, si permanece cerrado a la luz, se perpetúa a sí misma.
Vale la pena releer esta narración con calma y en silencio, dejando que sus imágenes nos interpelen desde adentro. ¿De qué lado estamos? ¿Somos de quienes señalan el pecado ajeno, expulsan al diferente y se quedan tranquilos en la ceguera de su propio egoísmo? ¿O nos parecemos a los padres que, por miedo al qué dirán, esconden su fe y prefieren no comprometerse? ¿O aspiramos a ser como aquel hombre, que sin títulos ni argumentos teológicos, simplemente confió, obedeció y terminó adorando a quien lo había liberado de su oscuridad? La invitación es quizá, a dejarnos tocar por aquel que quiere liberarnos y darnos la luz, porque quizá todos somos ciegos de nacimiento en el espíritu y necesitamos dejarnos guiar, conducir por el Señor para que como aquel hombre, llegue a nosotros la luz y podamos decir: Yo soy.
Oratio (Oración)
Señor Jesús, tú que eres la luz del mundo, aquí estoy ante ti, con mis ojos abiertos y tantas cegueras adentro.
Reconozco que muchas veces he sido como los fariseos: convencida de que veo con claridad, segura de mis juicios sobre los demás, señalando la paja en el ojo ajeno sin advertir la viga en el mío. Perdóname, Señor, por las veces que he expulsado en lugar de acoger, por las veces que he condenado en lugar de escuchar, por las veces que he preferido tener razón antes que encontrarme contigo.
Reconozco también que a veces me he parecido a los padres de aquel hombre: sabiendo bien quién eres, pero callándome por miedo, ocultando mi fe para no incomodar, para no perder algo, para no parecer demasiado. Dame valentía, Señor, para no avergonzarme de ti cuando más se necesita dar testimonio.
Pero sobre todo, Señor, quiero ser como aquel hombre. Quiero aprender de su silencio obediente, de su confianza sin preguntas, de su claridad sencilla: "Una cosa sé: que era ciego y ahora veo."
Toma también mi barro, esa mezcla de debilidades, heridas y miedos que me impiden ver con claridad. Úngeme con tu misericordia. Envíame a lavarme en tu Palabra. Y cuando regrese, ayúdame a reconocerme en ti, a decir con certeza quién soy porque tú me has mirado y me has llamado.
Que pueda ver, Señor, no solo con los ojos del rostro, sino con los del espíritu. Y que esa luz que me das no la guarde para mí, sino que alumbre también el camino de quienes me rodean.
Amén.
Contemplatio (Contemplación)
Llegamos ahora al momento del silencio…
No hay nada más que decir, nada más que analizar ni que pedir. La Lectio nos dio la Palabra. La Meditatio nos ayudó a comprenderla. La Oratio nos permitió responder desde el corazón. Ahora simplemente... nos quedamos. Cierra los ojos. Respira despacio.
Imagínate a aquel hombre después de lavarse en Siloé. Ambiéntate en el lugar, estás en el clima desértico de Judea, el sol apremia y estás en el siglo I.
Observa al hombre. No habla. No explica. No corre a contarle a nadie lo que acaba de ocurrir. Solo abre los ojos, y por primera vez en su vida, ve la luz.
¿Cómo se contempla algo que nunca se ha visto?
No con palabras. Solo con asombro. Solo con presencia.
Eso mismo se te invita a hacer ahora.
Permítete estar, sin más, ante Aquel que te ha mirado antes de que tú lo buscaras. Ante Aquel que se arrodilló en el polvo para hacer barro con tus heridas. Ante Aquel que conoce tu nombre, tu historia y tu ceguera, y que aun así te dice: ve y lávate.
No tienes que resolver nada en este momento. No tienes que entender todo. No tienes que ser mejor de lo que eres.
Solo recibe.
Deja que el silencio no sea vacío, sino presencia. Deja que la luz no sea concepto, sino calor. Deja que Jesús no sea solo personaje del texto, sino el que ahora mismo está frente a ti, preguntándote suavemente:
¿Crees tú?
Y quédate con esa pregunta. No para responderla con palabras, sino para habitarla, para dejar que ella te habite a ti.
Permanece en silencio el tiempo que necesites.
No hay prisa. Estás en buenas manos.
Actio (Acción)
Te propongo que esta semana, de manera sencilla y sin dramatismos, elijas al menos una de estas tres acciones concretas:
Si te reconociste en los fariseos: Identifica a alguien a quien hayas juzgado, excluido o condenado en silencio, ya sea en tu familia, en el trabajo o en tu comunidad. No se trata de una conversación elaborada ni de un gesto grandioso. Basta con un cambio de actitud: una mirada diferente, un saludo que antes evitabas, un juicio que conscientemente decides soltar. Que tu ceguera reconocida se convierta en el primer paso hacia la libertad.
Si te reconociste en los padres: Busca una oportunidad concreta para dar testimonio de tu fe donde normalmente la escondes. Puede ser tan simple como hablar con honestidad de lo que esta oración te movió, compartir esta Lectio con alguien que crees que la necesita, o simplemente no callar cuando en una conversación se presenta la ocasión de decir en qué y en quién crees. El miedo se vence dando un paso, no esperando que desaparezca.
Si quieres parecerte a aquel hombre: Elige hoy un área de tu vida en la que sabes que necesitas que Jesús te unja y te envíe. Un hábito que te ciega, una herida que no has querido lavar, una decisión que llevas postergando por falta de confianza. Ponla en sus manos con la misma sencillez con que aquel hombre puso su rostro. Y da el paso que te corresponde dar, aunque no veas todavía el resultado completo.
Porque al final, la pregunta no es solo teológica ni espiritual.
La pregunta es esta:
¿Qué va a ser distinto en tu vida a partir de hoy, ahora que has visto la luz?
Que la luz del Señor te acompañe en este tiempo de Cuaresma.